viernes, 31 de mayo de 2013

LOS CRÍMENES DE OXFORD - Guillermo Martínez

[En Oxford han ocurrido tres asesinatos y su autor, antes o después de cometer cada uno, le ha enviado a un profesor de matemáticas un símbolo. Un joven que le ayuda en la investigación de estos sucesos trata de descubrir el cuarto símbolo, pues piensa que convenciéndolo tal vez se pueda evitar el cuarto crimen.]

Fui a la sección de historia de la matemática, y seguí con un dedo los títulos en los lomos. Un libro sobresalía un poco de los demás, como si alguien lo hubiera consultado recientemente y no hubiera sido lo bastante cuidadoso al volverlo a su lugar. [...] La ilustración de la tapa era una pirámide de diez puntos envuelta en llamas. El título -"La hermandad de los pitagóricos"- quedaba por muy poco fuera del alcance del fuego. [...]

Fui hasta uno de los escritorios de la biblioteca y lo abrí bajo la lámpara. No tuve que pensar más de dos o tres páginas. Allí estaba. Allí había estado todo el tiempo, en su simplicidad abrumadora. Las nociones más antiguas y elementales de la matemática, no separadas del todo todavía de sus vestiduras místicas. La representación de los en la doctrina pitagórica como principios arquetípico de las potencias divinas. El círculo era el Uno, la unidad en su perfección, la mónada, el principio de todo, encerrado y completo en su propia línea. El Dos era el símbolo de la multiplicidad, de todas las oposiciones y dualidades, de los engendramientos. Se formaba con la intersección de dos círculos y la figura oval, como una almendra, encerrada en el centro, era llamada "Vesica Picis", la vejiga del pez. El Tres, la tríada, era la unión entre dos extremos, la recta que unían dos puntos, el Tres era el triángulo y era al mismo tiempo el plano. Uno, dos, tres, aquello era todo, la serie no era más que la sucesión de los números naturales. Di vuelta a la página para estudiar el símbolo que representaba al número Cuatro. Era la "tetractis", la pirámide de diez puntos que había visto en la tapa, el emblema y la figura sagrada de la secta. Los diez puntos eran la suma de uno, más dos, más tres, más cuatro. Representaban a la materia y a los cuatro elementos. Los pitagóricos creían que toda la matemática estaba cifrada en aquel símbolo, que era a la vez el espacio tridimensional y la música de las esferas celestes.

SINOPSIS

Un estudiante de matemáticas argentino viaja a Oxford con fines académicos. Pero poco después de su llegada se encuentra con el cadáver de la anciana que lo alojaba, junto con un desafío matemático del asesino. Inicia así, paralelamente a la policía, su propia investigación, guiado por su maestro, el eminente lógico Arthur Seldom. Los juegos de lenguaje de Wittgenstein, el teorema de Gödel y las sectas matemáticas antiguas se conjugan en esta espléndida novela negra con los sombríos hospitales ingleses, los arrebatos de la pasión y la vida universitaria de Oxford como escenario. Una novela policíaca de trama aparentemente clásica que, en su sorprendente desenlace, se revela como un magistral acto de prestidigitación.

jueves, 30 de mayo de 2013

EL TEOREMA - Adam Fawer

Caine miró su mano y luego otra vez las cartas descubiertas. [...]

- Deja ya de calcular las probabilidades y apuesta —dijo Walter, que se tiraba de un padrastro.

Caine era famoso por hacer mentalmente complejas operaciones para calcular las probabilidades de casi todo. La única variable que Caine no podía cuantificar era la probabilidad de que sus oponentes se estuvieran echando un farol, pero de todas maneras lo intentaba. Caine tenía la sensación de que Walter intentaba meterle prisa, así que dedicó al viejo una mirada aburrida y continuó analizando la mesa.

Jugaban al póquer abierto, el Texas Hold 'Em y las reglas eran sencillas. Cada jugador recibía dos cartas, y luego seguía «el montón» que eran las tres cartas que se colocaban boca arriba para que todos las vieran. Entonces el crupier giraba una cuarta carta, conocida como «la vuelta», y a continuación la quinta y última carta, conocida como «el río». Se apostaba en cada ronda, en la que se repartían cartas, y luego los jugadores mostraban sus cartas. Aquel que tuviera la mejor mano —combinando las cinco cartas del centro de la mesa y las dos que tenía en la mano— ganaba.

Lo bueno del juego era que en cualquier momento, un jugador inteligente podía mirar las cartas en la mesa y saber cuál era la mejor mano que se podía hacer. Cuando Caine miró el montón, no vio tres cartas. Vio centenares de probabilidades. La que más le importaba era la que le indicaba si podía ganar. Con las cartas que tenía, Caine juzgó que la probabilidad era alta. Tenía un par de «balas»: el as de corazones y el as de diamantes. El montón consistía en el as de trébol y un par de picas: la jota y el seis. El trío de ases de Caine era la mano más alta posible en la mesa, pero aún quedaban un montón de cartas ocultas.

Comenzó a calcular todas las probabilidades posibles. Durante los pocos y preciosos segundos que Caine dedicó a los cálculos, las neuronas que insistían en que el aire olía a carne quemada tuvieron la bondad de permanecer calladas.

Cualquiera con dos picas tenía un total de cuatro picas: dos en la mano, dos en la mesa. Dicha persona necesitaría otra pica en la mesa para completar un color. Caine hizo el cálculo. Su mente jugaba con los números con la facilidad de un niño que recitaba el abecedario.

Había un total de trece picas en la baraja, así que si alguien tenía dos picas en la mano, como máximo sólo podían quedar nueve picas (las ocultas). La probabilidad de que una de las dos cartas siguientes fuese una pica era del 38 por ciento. Alta, pero las probabilidades de que a alguien le hubiesen tocado dos picas era sólo del 6 por ciento.

Caine activó el mecanismo mental para obtener la respuesta final, las probabilidades de recibir dos picas y de que aparecieran tres en la mesa. Exhaló un suspiro cuando el número apareció en su cabeza, como un resplandeciente letrero de neón: apenas un 2,3 por ciento. Aceptable.

Repitió el ejercicio. Esta vez calculó la probabilidad de que alguien recibiera una pica y completara un color: sólo el 1,6 por ciento. Las probabilidades de que alguien consiguiera un color con tréboles en lugar de picas era todavía menor: 0,2 por ciento. No había que preocuparse por ese lado.

La escalera era más preocupante. Con un as y una jota en la mesa, y sin otra figura o un diez a la vista, significaba que había doce ocultas que podían hacer una escalera (cualquiera de los cuatro reyes, reinas o dieces). Sin embargo, sólo había una probabilidad del 3,6 por ciento de que alguien ya tuviera las otras dos cartas necesarias para ligar una escalera. Teóricamente, todavía estaba viva la escalera de color, pero era tan difícil que ni siquiera se molestó en calcular las probabilidades.

Dado que Caine ya tenía tres ases, lo que necesitaba de verdad era otro as, una jota o un seis. Si conseguía el as, tendría póquer. Una jota o un seis le darían un full, ya fuera de ases y jotas o ases y seises. Con siete ocultas (un as, tres jotas y tres seises) las probabilidades de conseguir cualquiera de las cartas necesarias era del… Caine parpadeó, se le aceleró el pulso… 28 por ciento. Nada mal.

[...]

Caine cogió las fichas y las arrojó ciegamente al bote.

- Subo veinte.

- Veo.

La hermana Straight estaba dentro. Caine confiaba en que tuviera una pareja de jotas y que no estuviese buscando la escalera como tenía por costumbre.

- Veo.

Mierda. Stone también estaba dentro. Como siempre, permanecía inmóvil como una estatua. Casi nunca se movía, pero no se había ganado el apodo por eso; se lo había ganado porque era una maldita piedra. Stone siempre jugaba de acuerdo con las reglas, nunca entraba por capricho o una intuición, y se atenía a las probabilidades. No había manera de que entrara a menos que tuviera cartas para una escalera o color.

Caine se maldijo a sí mismo por no haber apostado fuerte antes para eliminar a todos los que buscaban una escalera. No hubieran entrado si él los hubiera asustado desde el principio. [...]

Walter jugó con las fichas, las hizo deslizar sobre sus nudillos con una facilidad rutinaria. Por un segundo, Caine creyó que Walter iba a subir, pero sólo vio. Sí, todos estaban esperando la ronda, aguantaban con lo que tenían hasta tener una idea más clara de lo que venía.

La carta siguiente fue una visión gloriosa. Para Caine, era más bonita que un desplegable del Playboy y más hermosa que una puesta de sol en el Gran Cañón: el as de picas. Con un par de balas en la mesa y otras dos en la mano, tenía póquer.

La única mano que podía ganarle era una escalera de color, pero era poco probable. La siguiente carta tendría que ser el rey, la reina o el diez de picas, y además haría falta que alguien tuviese las otras dos picas altas para completarla. Imposible.

Sin embargo… Caine hizo un rápido cálculo mental, con los párpados entornados para ocultar los rápidos movimientos de sus ojos: las probabilidades de recibir cualquiera de las tres combinaciones de picas necesarias (rey-reina, rey-diez o reina-diez) era de 150 contra una. La probabilidad de recibir una de estas parejas y que saliera la tercera carta era de 3.500 contra una. Sí, era imposible.

El bote era suyo; ahora sólo era cuestión de saber hasta dónde podría aumentarlo antes de que acabara la mano. Si apostaba demasiado fuerte podría espantar a todas las presas. Pero si decidía esperar y jugar lento, entonces podría acabar desperdiciando su mano ganadora. Tenía que apostar una chocolatina: ni demasiado grande, ni demasiado poco… lo justo.

- Van veinte. —Walter arrojó cuatro fichas rojas al bote y se reclinó en la silla, como si se preparara para una larga espera.

Caine miró sus fichas y cogió lentamente un par de verdes.

- Que sean cincuenta.

- Paso —anunció la hermana Straight, disgustada, y arrojó sus cartas con una mano mientras que con la otra toqueteaba la cruz de plata que llevaba colgada al cuello.

- Yo, también —dijo Stone. No se movió porque ya tenía las cartas boca abajo, en la mesa. Probablemente ambos habían buscado la escalera y suponían que algún otro había conseguido un color en la ronda.

- Eso nos deja a ti y a mí —señaló Walter, mientras masticaba con aire distraído una patata fría—. Hagamos que resulte interesante. Subo otros cincuenta. —Dijo con voz melosa. Sus fichas tintinearon en el centro del bote.

Caine intentó controlar el olor y concentrarse. ¿Qué estaba haciendo Walter? Bien podía ser que no tuviera más que basura, pero Caine no lo creía. Con un par de balas en la mesa, no. Además, había algo en la mueca arrogante del hombre que le hizo creer que tenía algo. Entonces Caine lo adivinó: Walter tenía en la mano una pareja de jotas o una pareja de seises. Tenía un full, probablemente de jotas y ases; el único problema para Walter era que un full no podía ganarle al póquer de Caine.

- Cincuenta más. —Caine lanzó al bote una ficha de cien. El círculo negro mate llamó la atención de Nikolaev y se acercó para mirar el desarrollo de la mano. Walter echó una negra de su pila y retiró dos verdes para tener cambio. 

Entonces el crupier mostró el río —el rey de picas— y el estómago de Caine se contrajo.

Con el as, el rey y la jota de picas a la vista, la escalera de color estaba oficialmente vivita y coleando. Miró de nuevo sus cartas y después las de la mesa, mientras intentaba no hacer caso del olor. Dio un largo trago de su copa para espantarlo, pero no le sirvió de nada. [...]

Los números lo ayudarían. Ellos serían su guía. Los recitó en su mente, toda su energía en la letanía de las probabilidades. Tenía cuatro ases. Cuádruple. ¿Eso qué significaba? [...]

Hay 133 millones de manos posibles que se pueden hacer con siete cartas. De estos 133 millones de cartas, sólo 224.848 son cuatro del mismo valor. Por lo tanto, sólo hay un 0,16% de probabilidades de conseguir un cuádruple: 595 a 1.

¿Qué pasa con la escalera de color?

Sólo hay 17.238 combinaciones de siete cartas que pueden formar una escalera de color de cinco cartas. Un 0,013% de probabilidades. Una en 7.761 manos.

Pero ¿cuáles eran las probabilidades de que salieran ambas al mismo tiempo? ¿Cuántas combinaciones había? La cabeza le daba vueltas. No podía pensar. ¿Cuántas combinaciones? No muchas. Pocas. Minúsculas. Insignificantes. Los cálculos lo superaban en su estado actual. Sólo sabía que había un pequeño resto de 17.238 manos que también podía incluir cuádruples. Probablemente algo así como 5.000 manos. Cinco mil combinaciones de siete cartas entre 133 millones posibles: 26.000 contra 1.

No había manera. Pero era posible. [...]

Ahora que se había destapado la última carta, el juego estaba limitado al bote; la apuesta no podía superar el monto del bote.

Walter miró a Caine en un intento de encontrar una pista de lo que llevaba. Si había alguna. Lo agudo del malestar de Caine las ocultaba. Todo lo que Walter sacó en limpio de la observación fue que Caine parecía un muerto viviente.

Después de un segundo, Walter murmuró volviendo la cabeza:

- Vitaly, haz la suma. —Nikolaev se acercó a la mesa y con gran rapidez apiló todas las fichas del bote. Cinco negras, ocho verdes y quince rojas: un total de 775 dólares—. Veo tus cien y subo el bote —anunció Walter y cogió diez billetes de cien dólares del billetero que tenía junto a sus fichas—. Tienes que poner 875 dólares para ver.

Walter quería que Caine creyera que llevaba una escalera de color, pero ni hablar. Era imposible según el cálculo de probabilidades. Walter sencillamente estaba intentando comprar el bote, pero Caine no se lo iba a permitir. Miró su pequeña pila de fichas y luego el trozo de papel que había debajo. Era una línea de crédito de quince mil dólares, para recompensar a Caine por pagar siempre sus deudas puntualmente. Cuando Nikolaev se la había dado, Caine se había jurado que nunca la utilizaría a menos que tuviera algo absolutamente seguro. Si cuatro ases no eran algo seguro, entonces que alguien le dijera qué lo era.

Le hizo un gesto a Nikolaev, pero podría haberse ahorrado la molestia. Nikolaev ya había llamado a su gigantesco guardaespaldas, que inmediatamente colocó una pila de diez fichas moradas delante de Caine. Si veía los 875 dólares, la mano se acabaría en cinco segundos. Si perdía, estaría endeudado con Nikolaev por mil dólares; no era algo deseable, pero podía reunirlos en pocas semanas. Caine intentó engañarse y decirse que estaba considerando esa opción, pero tenía claro que era mentira. No podía ver. Con cuatro ases, no. Después de que Walter intentara robarle el bote, no. Ver ya no era una opción. Tenía que subir.

Caine empujó lentamente cuatro fichas moradas hacia el bote y retiró cinco negras para tener cambio.

- Van 3.500 dólares. Tú hablas.

Se oyó una discreta exclamación de la hermana Mary. Incluso Stone estaba impresionado; Caine lo sabía por la diminuta arruga que había aparecido en su frente. Desapareció todo el aire de la habitación. Hasta el hediondo olor desapareció por un momento mientras Caine miraba los ojos llorosos de Walter.

- Tienes que poner 2.625 dólares, Walter. ¿Vas o pasas?

- Mañana querrás darte de bofetadas —replicó Walter despreciativamente. Miró a Nikolaev y le colocaron delante diez fichas moradas. Walter las acercó todas al bote, y luego añadió, una a una, cinco negras—. Subo. ¿Lo ves?

Caine sintió que el corazón se le detenía. No podía subir más. Ya estaba. Tenía que poner 7.875 para ver. Si perdía, la deuda con Nikolaev sería de once mil dólares, que eran 10.600 dólares más de lo que tenía en el banco. Era una deuda de cuidado con un acreedor de cuidado. Al menos a Caine ya no le hacía falta plantearse si tenía o no un problema con el juego. Su padrino en Jugadores Anónimos estaría muy orgulloso.

Pero nada de todo eso importaba. Si no utilizaba sus cuatro ases para llevarse el bote, que ahora era de 15.750 dólares, se pegaría un tiro.

- Voy —contestó con un débil suspiro y un nudo en el estómago. Acercó las ocho fichas moradas al bote y después añadió—: Enséñalas.

Caine notó que todos se inclinaban sobre la mesa ansiosos por saber si Walter tenía la reina y el diez de picas para hacer una escalera de color o si no era más que basura. Walter descubrió sus cartas una por una. Cuando Caine vio que la primera era la reina de picas, supo que Walter la había conseguido. Pero, con todo, ni se movió cuando el viejo destapó el diez negro. Escalera de color real. Era la única mano posible capaz de derrotar los cuatro ases de Caine. Lo había perdido todo. No parecía real. Las probabilidades eran tan bajas que casi se acercaban a lo imposible.

Caine intentó decir algo pero no pudo. Consiguió mover la boca, pero antes de que un sonido pudiese escapar de su garganta, el olor lo cubrió, lo engulló como una enorme ola. Notó cómo se le filtraba en la piel, se le metía en las venas, se abría paso a través de la nariz, la boca y los ojos. Era peor que nunca. Era el olor de la muerte.

El mundo se volvió oscuro mientras Caine caía al suelo. En la fracción de segundo antes de que perdiera el conocimiento Caine descubrió una emoción que le sorprendió: alivio.

SINOPSIS


David Caine es epiléptico, posee una espectacular capacidad para las matemáticas y el cálculo mental y pasa todas las noches jugando al póquer. A causa de sus frecuentes y terribles ataques de epilepsia ha perdido su trabajo de profesor de estadística en la universidad, ha recaído en su adicción al juego y su vida se ha convertido en un infierno. Confía en su don para calcular probabilidades y así ganar mucho dinero, lo que le permitiría empezar de nuevo, pero lo improbable no es imposible y acaba debiéndole una fortuna a un peligroso capo de la mafia rusa. A fin de librarse de su enfermedad y recuperar el control de su vida, Caine decide arriesgarse con un medicamento en pruebas, administrado por un misterioso doctor de oscuras intenciones que lo uliliza para un experimento sobre la predicción del futuro basado en la teoría matemática conocida como el demonio de Laplace. Desde que inicia el tratamiento, Caine tiene visiones alucinatorias, que podrían ser tanto un signo de su recién adquirida habilidad predictiva como síntomas de episodios psicóticos, efecto secundario de la medicación. Para escapar del enloquecido científico, Caine contará con la ayuda de su hermano gemelo, Jasper, y de la arisca agente de la CIA Nava Vaner. Los tres se verán envueltos en una trama de múltiples ramificaciones, y será la capacidad de Caine para ver el futuro lo que les permitirá resolver la compleja situación. Una auténtica golosina para cualquier curioso sobre las regiones más oscuras de la ciencia moderna, donde lo racional se confunde con lo paranormal.


martes, 28 de mayo de 2013

EL HOMBRE QUE CALCULABA - Malba Tahan

CAPÍTULO 11
Beremís inicia su curso de Matemática. El número y el universo. Una frase de Platón. La unidad y Dios. Que medir. Las partes que forman la Matemática. La Aritmética y los números. El Álgebra y las relaciones. La Geometría y las formas. La Mecánica y la Astronomía. Un sueño del rey Aldebazan. La “alumna invisible” eleva a Alah una oración.

La habitación en que Beremís debía realizar su curso de Matemática era espaciosa. Estaba dividida en el centro por una gran cortina de terciopelo rojo que descendía del techo hasta el suelo. El techo era de colores y las columnas doradas. Esparcidos sobre las alfombras se encontraban grandes almohadones de seda con leyendas del Corán.

Adornaban las paredes caprichosos arabescos azules entrelazados con hermosos versos de Antar[1], el poeta del desierto. En el centro, entre dos columnas, con letras de oro sobre fondo azul, se leía este notable dístico:
“Cuando Alah quiere bien a uno de sus servidores
abre para él las puertas de la inspiración.”

La tarde declinaba; en el aire flotaba un suave perfume de incienso y rosas.

Las ventanas, de pulido mármol, estaban abiertas, dejando ver el jardín y los frondosos pomares, que se extendían hasta el parduzco y triste río.

Una esclava morena, de clásica hermosura circasiana, estaba de pié, el rostro descubierto, junto a la puerta.

- ¿Vuestra hija se halla ya presente? –preguntó Beremís al sheik.

- Seguramente -respondió Iezid-. Le ordené estar en el otro extremo de la habitación, detrás de la cortina, desde donde podrá ver y oír, permaneciendo sí invisible para los que aquí se hallen.

Realmente, las cosas fueron dispuestas de tal manera, que ni siquiera se distinguía la sombra de la joven que iba a ser discípula de Beremís. Era muy probable que ella nos estuviera observando por algún pequeño orificio hecho en el terciopelo, e imperceptible para nosotros.

- Pienso que es oportuno comenzar ya la primera lección –advirtió el sheik.

Y preguntó con cariño:

- ¿Estás atenta, Telassim, hija mía?

- Sí, padre -respondió una voz femenina de agradable timbre, desde el otro lado del aposento.

Mientras tanto Beremís se había preparado para la lección; cruzó las piernas, sentándose sobre un almohadón, en el centro de la sala. Yo procuré ser discreto, colocándome a un lado; junto a mí vino a sentarse el sheik Iezid.

Toda investigación científica, es costumbre que sea precedida por una oración. Fue, pues, así, que Beremís comenzó:

- Nosotros Te Adoramos, Señor, e imploramos Tu divina providencia. Condúcenos por el camino de la verdad; por el camino de los iluminados y bienamados por Ti.

Terminada la oración, así habló:

- Cuando miramos, señora, hacia el cielo, en las noches límpidas y calmas, sentimos que nuestra inteligencia es pequeña para concebir las obras maravillosas del Creador. Delante de nuestra mirada sorprendida, las estrellas son una caravana luminosa que desfila por el desierto insondable del infinito; las nebulosas inmensas y los planetas giran según leyes eternas por los abismos del espacio. Una noción surge, entretanto, bien nítida, en nuestro espíritu: la noción de número.

Vivió otrora, en Grecia, cuando ese país era dominado por el paganismo, un filósofo notable llamado Platón. (Alah es, sin embargo, más sabio). Consultado por un discípulo sobre las fuerzas dominantes de los destinos del hombre, el gran sabio respondió: “Los números gobiernan el mundo”.

Realmente es así. El pensamiento más simple no puede ser formulado sin que en él se involucre, bajo múltiples aspectos, el concepto fundamental de número. El beduino que en medio del desierto, en el momento de la oración, murmura el nombre de Dios, tiene su espíritu dominado por un número: ¡La Unidad! Sí; Dios, según las verdades escritas en el Libro Santo y repetidas por el Profeta, es Uno, eterno e inmutable. Luego, el número Uno aparece en el cuadro de nuestra inteligencia como el símbolo del propio Creador.

Del número, señora, que es la base de la razón y del entendimiento, surge otra noción de indiscutible importancia: la noción de medida.

Medir, señora, es comparar. Por lo tanto, solo son susceptibles de medirse las magnitudes que admiten un elemento como base de comparación. ¿Será posible medir la extensión del espacio? De ningún modo. El espacio es infinito y, siendo así, no admite término de comparación. ¿Será posible evaluar la eternidad? De ninguna manera. Dentro de las posibilidades humanas, el tiempo es siempre finito, y en el cálculo de la Eternidad no puede lo efímero servir de unidad de evaluación.

En muchos casos, sin embargo, nos es posible representar una magnitud que no se adapte a los sistemas de medida, por otra que pueda ser evaluada con exactitud. Ese cambio de magnitudes, tendiente a simplificar los procesos de medidas, constituye el objeto principal de una ciencia, que los hombres denominan Matemática. Para alcanzar su objetivo, precisa la Matemática estudiar los números, sus propiedades y transformaciones. En esa parte ella toma el nombre de Aritmética. Conocidos los números, es posible aplicarlos a la evaluación de magnitudes que varían, o que son desconocidas, pero que se presentan expresadas por medio de relaciones y fórmulas. Tenemos así el Álgebra. Los valores que medimos en el campo de la realidad son representados por cuerpos materiales o por símbolos; en cualquier caso, esos cuerpos o esos símbolos están dotados por tres atributos: forma, tamaño y posición. Es necesario, pues, estudiar estos tres atributos; ese estudio constituye el objeto de la Geometría.

Estudia, además, la Matemática, las leyes que rigen los movimientos y las fuerzas, leyes que aparecen en la admirable ciencia que se denomina Mecánica.

La Matemática pone todos sus recursos al servicio de una ciencia que eleva el alma y engrandece al hombre. Esa ciencia es la Astronomía.

Hablan algunos de las Ciencias Matemáticas, como si la Aritmética, el Álgebra y la Geometría fuesen partes enteramente distintas. No es así, sin embargo. Todas se auxilian mutuamente, apoyándose unas en las otras, y, en ciertos puntos, se confunden.

Hay una ciencia única, la Matemática, la cual nadie se puede jactar de conocer, porque sus conocimientos son, por su naturaleza, infinitos, y de la cual todos hablan, sobre todo los que más la ignoran.

Entre los hombres que la estudian y la conocen hay, sin embargo, algunos que más se fijan en minucias que en las ideas generales, siendo, por lo tanto, sus descubrimientos de escasa importancia.

Nárrase que Moisés se encontró, cierta vez, en las playas de Judea, con El-Quíder[2], el más grande entre los sabios de la Tierra. Se hallaban los dos grandes Maestros conversando sobre los más altos problemas de la Vida y del Destino, cuando se acercó a ellos un pajarito que traía en el pico una gota de agua de mar. La pequeña avecilla, sin interrumpir el vuelo, dejó caer la gota sobre el hombro de El-Quíder. Él, que era sabio entre los sabios, dijo entonces a Moisés:

“¡Profeta de Dios! Ese pájaro acaba de enseñarnos una profunda verdad, mostrándonos de una manera elocuente, que la ciencia de Moisés, que es incalculable, acrecentada con paciencia de El-Quíder, que es bien poca, y la de todos los sabios de la Tierra –delante de la ciencia de Dios- es como una gota de agua comparada con el mar.”

La Matemática, señora, enseña al hombre a ser sencillo y modesto; es la base de todas las ciencias y todas las artes. Aldebazan, rey de Irak, descansando cierta vez en la galería de su palacio, soñó que encontraba siete jóvenes que caminaban por una ruta. En cierto momento, vencidas por la fatiga y por la sed, las jóvenes se detuvieron bajo el sol calcinante del desierto. Apareció, entonces, una hermosa princesa que se aproximó a las peregrinas, trayéndoles un gran cántaro de agua pura y fresca. La bondadosa princesa sació la sed que devoraba a las jóvenes, y éstas pudieron reanudar su interrumpida jornada.

Al despertar, impresionado con ese curioso sueño, decidió Aldebazan entrevistarse con un astrólogo famoso, llamado Sanib, a cual consultó sobre el significado de aquella escena en la que él –rey poderoso y justo- asistiera en el mundo de las visiones y fantasías. Dijo Sanib, el astrólogo “¡Señor! Las siete jóvenes que caminaban por la ruta, eran las artes divinas y las ciencias humanas: la Pintura, la Música, la Escultura; la Arquitectura, la Retórica, la Dialéctica y la Filosofía. La princesa que las socorrió representa la grande y prodigiosa Matemática. Sin el auxilio de la Matemática –prosiguió el sabio- las artes no pueden progresar, y todas las otras ciencias perecen.” Impresionado el rey por lo que oía, determinó que se organizasen en todas las ciudades, oasis y aldeas de su país, centros de estudios matemáticos. Elocuentes y hábiles “ulemas”, iban por orden del soberano recorriendo los bazares y caravanas, enseñando Aritmética a los caballeros y beduinos. En las paredes de las mezquitas y en las puertas de los palacios, los versos de los poetas famosos fueron sustituidos por fórmulas algebraicas y por cálculos numéricos.

Al cabo de pocos meses aconteció que el país atravesaba por una era de prosperidad. Paralelamente al progreso de la ciencia, crecían los recursos naturales del país, las escuelas estaban repletas; el comercio se acrecentaba en forma prodigiosa; multiplicábanse las obras de arte; levantábanse monumentos, y las ciudades estaban colmadas de turistas y curiosos. El país de Irak tenía abiertas las puertas al Progreso y a la Riqueza, si no hubiese la fatalidad, (¡Mactub!) puesto el término a aquel período de trabajo y prosperidad. El rey Aldebazan, acometido por repentina enfermedad, murió, siendo llevado por el maligno Azrail[3] para el cielo de Alah. La muerte del soberano abrió dos tumbas. Una de ellas acogió el cuerpo del glorioso Monarca, y la otra la cultura científica del pueblo. Subió al trono un príncipe vanidoso, indolente y de limitadas dotes intelectuales. Le preocupaban más las diversiones que los problemas Administrativos del Estado. Pocos meses después, todos los servicios públicos estaban desorganizados; las escuelas cerradas, y los artistas y “ulemas”, forzados huir bajo la amenaza de los malvados y ladrones. El tesoro público fue dilapidado en múltiples festines y desenfrenados banquetes. El país de Irak, llevado a la ruina por el desorden, fue atacado por enemigos ambiciosos, y vencido.

La historia de Aldebazan, señora, nos demuestra que el progreso de un pueblo se halla ligado al desenvolvimiento de los estudios matemáticos[4]. En el Universo todo es número y medida. La Unidad, símbolo del Creador, es el principio de todas las cosas, las cuales no existen sino en virtud de inmutables proporciones y relaciones numéricas. Todos los grandes enigmas de la Vida pueden ser reducidos a simples combinaciones de elementos variables o constantes, conocidos o desconocidos.

Para que podamos conocer la Ciencia es necesario tomar un número por fase. Veremos cómo estudiarlo con la ayuda de Alah, Clemente y Misericordioso.

- ¡Uaasalam!

Con estas palabras concluyó el calculista, dando por terminada su primera clase de Matemática.

Con agradable sorpresa oímos, entonces a la alumna, a quien hacía invisible la cortina, pronunciar la siguiente oración:

“¡Oh Dios Omnipotente, Creador del Cielo y de la Tierra! Perdona la pobreza, pequeñez y puerilidad de nuestros corazones. No escuches nuestros pedidos, pero oye el clamor de nuestras necesidades; no atiendas nuestros pedidos, pero ten en cuenta nuestros silenciosos gemidos. ¡Cuántas veces pedimos aquello que tuvimos y que dejamos perder! ¡Cuántas veces soñamos poseer aquello que nunca será nuestro! ¡Oh Dios! Nosotros te agradecemos por este Universo, que es nuestro grande hogar, por su vastedad y riqueza, y por la vida multiforme que en él existe y de la cual formamos parte. Loámoste por el esplendor del cielo azul y por la brisa de la tarde, por las veloces nubes y por las constelaciones de las alturas. Loámoste por los océanos inmensos, por el agua que corre, por las montañas eternas, por los árboles frondosos, por el suave césped en que reposan nuestros pies. ¡Nosotros te agradecemos los múltiples encantos con que podemos experimentar en nuestras almas las bellezas de la Vida y el Amor! ¡Oh Dios, Clemente y Misericordioso! Perdona la pobreza, la pequeñez y la puerilidad de nuestros corazones.”
 
[1] Antar o Antara – poeta árabe anterior al Islamismo. Se hizo famoso por haber sido presentado como símbolo de coraje, audacia y caballerosidad en la célebre epopeya árabe “Romance de Antar”. Antar el poeta y su apasionada Abla, son los héroes legendarios de Arabia.
[2] Quíder o Quidr, genio dotado de gran sabiduría que, según la creencia de los árabes, vivía en la tierra para enseñar y orientar a los profetas (M. T.)
[3] Astrail – Angel de la muerte.
[4] Cabe recordar aquí la frase de Napoleón: “El progreso de un pueblo depende exclusivamente del desenvolvimiento de la cultura matemática”

SINOPSIS
"El hombre que calculaba" (en portugués, "O homem que calculava") es una novela escrita por el brasileño Júlio César de Mello e Souza, bajo el seudónimo Malba Tahan. Esta obra puede ser considerada al mismo tiempo como una novela y como un libro de problemas y curiosidades matemáticas. El propio autor reconoció que uno de sus objetivos al escribirlo fue el de contribuir a popularizar las matemáticas, presentándolas para ello, no ya de forma abstracta, o en contextos meramente simbólicos, sino integradas a los acontecimientos y atravesadas por muchos otros aspectos, como cuestiones morales y de historia.
Publicado por primera vez en Brasil en 1938, El hombre que calculaba une matemáticas con ficción e historia.
Otra particularidad en la composición estética de esta obra es que el narrador toma parte en la historia que el mismo narra, pero no es el personaje principal.
A lo largo de la narración se muestra con frecuencia la devoción de los personajes a la religión musulmana.