martes, 8 de octubre de 2013

EN BUSCA DE KLINGSOR - Jorge Volpi

Fue una tarde de junio cuando su madre decidió enseñarle a contar. Lo acomodó en su regazo y con la misma voz indiferente con la cual narraba historias de ángeles y bestias le reveló el secreto de las matemáticas, susurrando cada cifra como si se tratase de una estación más en el vía crucis, o un salmo inserto en sus plegarias. Detrás de los cristales, la arboleda se estremecía con la primera tormenta del verano; su violento martilleo les recordaba la presencia de Dios y el tamaño de su misericordia. Ese día, Frank obtuvo un remedio contra las tempestades y aprendió, además, que los números son mejores que las personas. A diferencia de los seres humanos —pensaba en la repentina cólera de su padre o en la distante soberbia de su madre—, uno siempre puede confiar en ellos: no se alteran ni mudan su ánimo, no engañan ni traicionan, no te golpean por ser frágil.

Pasaron varios años antes de que descubriera, durante un ataque de fiebre, que la aritmética oculta sus propios trastornos y manías, y que no forma, como creyó en un principio, una comunidad tenue e inconmovible. Entre delirios —el médico había bañado su cuerpo desnudo con trozos de hielo—, el pequeño Frank observó por primera vez sus pasiones secretas. Al igual que los hombres que conocía hasta entonces, los números luchaban entre sí con una ferocidad que no admitía capitulaciones. Luego comprobó la variedad de sus conductas: se amaban entre paréntesis, fornicaban al multiplicarse, se aniquilaban en las sustracciones, construían palacios con los sólidos pitagóricos, danzaban de un extremo a otro de la vasta geometría euclidiana, inventaban utopías en el cálculo diferencial y se condenaban a muerte en el abismo de las raíces cuadradas. Su infierno era peor: no yacía debajo del cero, en los números negativos —odiosa simplificación infantil— sino en las paradojas, en las anomalías, en el penoso espectro de las probabilidades.

Desde entonces, las invenciones numéricas fueron su mayor consuelo; en ellas se encontraba, para él, la única existencia verdadera. Sólo quienes no estaban acostumbrados a escucharlas —como su padre y los doctores— podían creer que eran criaturas perversas y ambiciosas. No era cierto que le devoraban el cerebro, haciéndole imaginar al mundo como una torpe conjetura matemática. Tampoco era verdad que sólo obedeciese los dictados de la lógica, rebelde a las leyes de los hombres. Simplemente se resistía a abandonar el reino de la geometría para volver, resignado, a la sórdida rutina de su hogar.

La primera de las muchas veces que fue raptado por los demonios del álgebra, Frank tenía cinco años. Su madre lo encontró en el sótano, aterido por las heladas de noviembre, con la vista fija en las tuberías. De sus labios manaba una saliva correosa, espumante, y su cuerpo había adquirido la consistencia del cáñamo. Tras consultarlo con un neurólogo, el médico que lo atendía concluyó que el único remedio era la paciencia. «Es como si estuviese dormido», añadió, incapaz de explicar ese estado similar a la hipnosis o al autismo. Pasó un día y medio antes de que se cumpliera la predicción del facultativo. Tal como éste había afirmado, Frank comenzó a arrastrarse por la cama como una mariposa que sale de su capullo. La madre, que dormitaba a su lado desde el inicio de la enfermedad, lo abrazó convencida de que su amor lo había salvado de la muerte. Minutos más tarde, cuando al fin movió los labios con soltura, el pequeño la contradijo. «Sólo resolvía un problema», confesó para sorpresa de todos. Luego sonrió: «Y lo he conseguido».


SINOPSIS

Es difícil encontrar hoy en el mundo hispánico a un escritor joven capaz de concebir y ejecutar una obra de tan vasta ambición como En busca de Klingsor, a la vez perfectamente documentada en sus complejos referentes culturales e históricos y perfectamente diseñada en su plan general y en cada detalle en particular. El tema no puede ser ni más amplio ni más trascendente: la relación entre la ciencia y el mal, por una parte; el papel concreto del nazismo, en cuanto encarnación del mal, y su capacidad de seducción sobre regiones oscuras de la personalidad humana, por otra parte.
 
  En buena medida, los personajes y hechos evocados son reales, aunque coexisten en una arquitectura muy sabia, con seres y sucesos de ficción. De lectura a la vez turbadora y cautivadora, enteramente alejada de los patrones usuales de la narrativa hispánica, En busca de Klingsor es un asombroso examen del dilema faustiano que en nuestro siglo, ha encarado a muchos con la atracción del horror.

AXIOMÁTICO - Greg Egan


EL ASESINO INFINITO

Hay algo que jamás cambia: cuando un yonqui mutante puesto de S empieza a revolver la realidad, siempre es a mí a quien envían a la vorágine para arreglar el embrollo.
 
¿Por qué? Me dicen que soy estable. De fiar. De confianza. Después de cada interrogatorio tras la misión, los psicólogos de La Empresa (en cada ocasión completos desconocidos) agitan la cabeza asombrados de lo que indican los instrumentos, y me dicen que soy exactamente la misma persona que yo era cuando fui a la misión.
 
El número de mundos paralelos es innumerablemente infinito —infinito como los números reales, no simplemente como los enteros— lo que dificulta las cuantificaciones sin el uso de complejas definiciones matemáticas, pero en general, parece que soy extrañamente invariante: más similar de un mundo a otro que la mayoría de la gente. ¿Cómo de similar? Lo suficiente para ser útil. Lo suficiente para cumplir con el trabajo.
 
Nunca me han contado cómo sabe La Empresa todo esto, cómo me encontraron. Me reclutaron a los diecinueve años. Me sobornaron. Me entrenaron. Me lavaron el cerebro, supongo. En ocasiones me pregunto si mi estabilidad realmente depende de mí; quizá la verdadera constante es la forma en que me han preparado. Quizá un número infinito de personas diferentes, pasando por el mismo proceso, acabarían igual. Han acabado todas igual. No lo sé.
 
Los detectores esparcidos por el planeta han sentido los débiles comienzos de una vorágine, y han determinado su centro con una precisión de kilómetros, pero se trata de la posición más precisa que puedo esperar recibir por esos medios. Cada versión de La Empresa comparte libremente su tecnología con las otras, para garantizar una respuesta uniformemente óptima, pero incluso en el mejor de todos los mundos posibles, los detectores son demasiado grandes, y demasiado delicados, para dar una lectura más precisa.

SINOPSIS

Greg Egan nos brinda la que es, probablemente, la mejor antología de relatos de ciencia ficción publicada en los últimos 20 años. En este espectacular libro tenemos dieciocho relatos en los que el australiano explora con destreza y habilidad, temas como identidad personal, destino, manipulación genética, conspiraciones globales, o culpabilidad en una antología de referencia en la moderna ciencia ficción. Si alguien cree que la ciencia ficción está muerta es que no ha leído a Greg Egan, y, en particular, no ha leído esta antología. Las ideas son el motivo central de todos estos relatos. Dónde más brilla Egan es en los cuentos que tratan sobre el problema de la personalidad humana. Axiomático, Ver y Cercaníason otras tantas visiones de cómo nuestra biología y la estructura neurológica de nuestros cerebros dan forma a quiénes somos.

CIEN CARTAS DE AMOR - Nizar Qabbani

No tienes tiempo real fuera de mi ansiedad,
yo soy todo tu tiempo.
No posees dimensiones precisas
más allá de mis brazos extendidos.
Yo soy tus dimensiones por entero:
tus círculos, tus ángulos,
tus curvas
y tus rectas.
El día en que te adentraste en los bosques de mi pecho
fuiste a la libertad.
Cuando saliste de ellos,
fuiste esclava.
Pudo comprarte el jeque de la tribu.