jueves, 5 de diciembre de 2013

ALABANZA: EL REINO DE LAS MATEMÁTICAS - Jesús Mate

Una vez que llegaron al lado de la cama en la que se encontraba el visir Faur, éste apartó el dosel para que pudiesen ver mejor al rey y el estado en que se hallaba.

—Bien, escucha muchacho, te voy a contar lo que ha sucedido. Estate atento.

—Sí, señor.

El visir se llevó una mano a la boca y carraspeó un poco, antes de empezar su historia.

—El rey no había comido nunca jamás cacahuetes, hasta que hace unos días recibió una cesta llena de ellos. El primer día comió 10 cacahuetes, y cada día que pasaba aumentaba esta cantidad en 3 cacahuetes. Ocurre que nos hemos enterado, ya demasiado tarde, que los cacahuetes estaban envenenados.

—¡Oh no! —Exclamó el señor Torralba.

—Sí, Sancho, sí. Así que queremos saber cuántos días lleva el rey comiendo cacahuetes para administrarle la cantidad exacta de antídoto. Si nos equivocamos, el antídoto puede llegar a ser más peligroso aún que el propio veneno. Lo único que hemos podido calcular son los cacahuetes que se ha tomado en total. Como he dicho antes, vinieron en una cesta de 1000 cacahuetes y hemos contado los que aún quedan. Por tanto, si restamos a mil esa cantidad, sabemos que el rey se ha tomado un total de 318 cacahuetes.

Un silencio incómodo invadió el momento.

—Bien, Sebastián, dijiste que podrías ayudar —dijo Faur.

—Yo…, yo no sé cómo puedo ayudar.

—Pero, ¿qué dices tú? —Se sobresaltó el señor Torralba— Si me dijiste ayer mismo que este problema lo podías resolver. ¿Qué dices?

—¿Yo dije eso?

La respuesta fue una nueva colleja. Aquel hombre, a pesar de ser bajito, se crecía cuando se enfadaba.

—Sebastián, escucha, te comprometiste a ayudar y por ello no hemos acudido al reino vecino a por ayuda de los sabios. Serás tú, por tanto, el responsable de la muerte del rey.

Tras pensar unos segundos, Sebastián decidió buscar alguna solución. Aunque estaba seguro de que todo era un sueño, cada vez que le hablaba el visir sentía pánico.

—Bien... —contestó Sebastián—, este problema me recuerda a uno de series aritméticas, pero no recuerdo las fórmulas.

—¿Cómo que no te acuerdas? —Le cortó el señor Torralba. —¡¿Cómo que no te acuerdas?!

—Déjale pensar, Sancho.

El señor Torralba se pudo tan colorado que hasta el bigote parecía rojo.

—Como decía, no me acuerdo, pero voy a intentarlo. ¿Me pueden dar algo con que escribir y papel?

Unos segundos después Sebastián estaba sentado ante un buró, teniendo a su disposición papel y una pluma de ganso para escribir. Empezó a hacer cálculos e intentar recordar lo que aprendió en clase de matemáticas.

—¡Oh! —Exclamó sorprendido el visir.

—¿Qué pasa? ¿Qué está haciendo? —Saltó el señor Torralba que ya se había perdido con lo que Sebastián había dicho.

—Calla Sancho, y no interrumpas a tu ayudante.

—Bien, he escrito la suma total de dos formas. Si ahora sumo ambas expresiones me quedará… ¡Claro!

—¿Pero esas letrejas qué son, niño? —Tuvo que gritar el señor Torralba.
Seba se giró asustado, pero la mano del visir le tocó el hombro para calmarlo.

—Querido amigo —le contestó—, esas letrejas, como tú les llamas, son las variables de nuestro problema. Ahora sólo tendremos que sustituir los datos que tenemos, ¿verdad Seba?

—Sí, claro.

El visir le seguía defendiendo de su jefe, pero había algo en su forma de hablar que a Sebastián le causaba desconcierto. Dejó de pensar en ello para terminar de una vez el problema y conseguir que así le dejaran tranquilo. Entonces —pensó en voz alta—, como sabemos que el rey ha comido un total de 318 cacahuetes, y que el primer día comió 10 cacahuetes… ¡Oh, vaya!

—¿Qué te ocurre Seba? —Le preguntó el visir.

—Pues que necesito más datos. Como ve usted aquí, me he quedado con dos incógnitas.

—Sí, eso es un problema —dijo el visir sin poder disimular una media sonrisa—. Y el rey no nos ha dado más información.

—¡Sabía yo…! —Volvió a gritar el señor Torralba, poniéndose esta vez los puños en la cadera—. Si es que lo sabía.

—Tranquilícese, no es culpa del muchacho.

Seba se sonrojó, hasta que se le vino una idea a la cabeza.

—¡Un momento! Creo que todavía podemos resolver el problema.

—¿Pero quién te ha dado la palabra, niño? ¿Quién…?

—¡Sancho! ¡Cállese!

Sebastián no pudo reprimir una risa, que se le fue enseguida al ver la desagradable cara del visir Faur.

—Habla muchacho.

—Bien, tenemos lo siguiente —dijo escribiendo en el papel que le habían dado—. Como sabemos que el primer día comió diez cacahuetes, trece el segundo, dieciséis el tercero,… Creo que voy a poder quitarme una de las incógnitas.

—Interesante…

—Sí, porque ya tenemos así dos ecuaciones con dos incógnitas. Y resolviendo el sistema nos dará dos soluciones: 12 ó -17.6. La segunda solución no puede ser. Así que han pasado un total de doce días desde que el rey empezó a comer cacahuetes.

—Muy bien chico —le felicitó el visir—. Como ves Sancho, hay que ser paciente con los jóvenes.

El visir dio unas palmadas y, con la ayuda de unos sirvientes, empezó a preparar el antídoto. Iban a salvar al rey gracias a sus cálculos.

SINOPSIS

Sebastián se encuentra en Alabanza, una especie de mundo medieval lleno de curiosos personajes. Sólo recuerda que se fue a la cama, después de haber estado estudiando toda la tarde para el examen de matemáticas del dia sigueinte, y que despertó allí sin más. Es consciente de que todo debe ser un sueño. Pero el mundo de Alabanza se empeña en hacerle resolver distintos problemas matemáticos para poder sobrevivir.

La lectura de esta pequeña novela requiere de haber superado las matemáticas de toda la Educación Secundaria Obligatoria. No obstante, hasta los más pequeños podrán disfrutar de los personajes y aventuras de Alabanza. 

miércoles, 4 de diciembre de 2013

MEMORIAS DE UN HOMBRE DE PALO - Antonio Lázaro

Antes de proceder a la visita guiada del acueducto o castillo del agua, Ambrosio de Morales y Juanelo Turriano compartieron unas tazas de chocolate en la oficina del relojero y matemático mayor. Allí el lombardo le mostró al ilustre viajero real la maqueta, o «modelo en pequeñita forma», de la que se había servido para la ejecución del artificio. Admirado por lo que escrutaba de él a través de sus gruesos anteojos de oro, el cronista comentaba:

—¡Hum! Es manifiesta la grandeza y extraña profundidad de vuestra invención, Turriano.

Aguzó la vista el historiador y advirtió cómo los maderillos del modelo tenían asentadas unas sumas tan complejas que no fue capaz de entenderlas. Al ver esto, le dijo:

—Señor Juanelo, esta manera de proporciones es muy diferente de la que conocemos.

—Así es —respondió Juanelo, que pareció alegrarse con la observación—. ¿Veis todo lo que he hecho con los relojes? Sinceramente, conozco personas que saben tanta o más astronomía y geometría que yo; pero creedme: hasta ahora no he conocido a nadie que sepa tanta aritmética como yo.

Juanelo mostró a don Ambrosio todas las fases y mecanismos de su ingenio. El cordobés lo escrutaba todo con avidez de rapaz cordial y ocasionalmente tomaba notas en un cuaderno de tapas flexibles de pergamino español. Al llegar al busto en mármol del relojero, que habría de ponerse a los pies del acueducto, Morales reparó en el lema que lo rubricaba:

«VIRTUS NUNQUAM QUIESCIT».

Literalmente: «El valor [o la virtud] nunca reposa».

—Sencillo lema a la par que profundo, como deberían serlo todos —comentó el cordobés—. ¿Fue idea del escultor?

—No, me pidieron alguna sugerencia propia y quise que grabaran esa simple frase.

—No tan simple, maestro Juanelo. ¿Cómo la interpretáis vos?

—Admite varias versiones, es lo que me gusta de esas tres palabras. Primeramente, puesto que se refiere al artificio, vendría a aludir a la idea del movimiento perpetuo.

SINOPSIS

Toledo, 1560. El matemático lombardo Juanelo Turriano, antiguo relojero del emperador Carlos V, se propone llevar a cabo su sueño más ambicioso: la construcción de un ingenio para conducir agua desde el río Tajo al Alcázar de Toledo, aun cuando deba financiar el experimento con su propio dinero.
Veinticinco años después, el rey envía a su arquitecto Juan de Herrera para supervisar las obras de reconstrucción del Alcázar y los castillos de agua de Turriano, pero éste, amigo de Turriano, tiene por delante otro cometido: averiguar el destino de don Antonio, un soldado autómata invencible, cuyo diseño es codiciado por todos y fuente de problemas para su inventor.
Memorias de un hombre de palo ofrece al lector un fresco del siglo XVI deslumbrante tanto en sus luces como en sus sombras, lleno de peligros, conjuras y aventuras protagonizadas por un hombre íntegro. En definitiva, la materia de que están hechas las buenas historias de siempre.

domingo, 1 de diciembre de 2013

1Q84 (LIBRO 1 y 2) - Haruki Murakami

Fukaeri se quedó mirándolo a la cara, sin devolverle el saludo.

—Te conozco —dijo poco después en voz baja.

—¿Que me conoces? —preguntó Tengo.

—Enseñas matemáticas.

 Tengo asintió.

—En efecto.

—Te he escuchado un par de veces.

—¿Mis clases?

  —Sí.

Su manera de hablar tenía ciertas peculiaridades. Oraciones desprovistas de cualquier ornamento, carencia absoluta de acento, vocabulario limitado (por lo menos daba la sensación de ser limitado). Ciertamente, era un poco extraña, como Komatsu le había dicho.

—Es decir, que eres una estudiante de la academia, ¿no? —preguntó Tengo.

Fukaeri negó con la cabeza.

—Sólo fui de oyente.

—Pero sin carnet de estudiante no puedes entrar en el aula.

Fukaeri se limitó a encoger ligeramente los hombros. Como diciendo: «Para ser un adulto, dices bastantes tonterías».

—¿Qué te parecieron las clases? —preguntó Tengo. De nuevo una pregunta absurda.

Fukaeri bebió un trago de agua sin apartar la vista. No le contestó. Tengo supuso que como había ido un par de veces, la primera impresión no habría sido tan mala. Si no le hubiera interesado, sólo habría ido una vez.

—¿Estás en tercero, en el instituto? —le preguntó Tengo.

—Más o menos.

—¿Te preparas para los exámenes de ingreso en la universidad?

Ella sacudió la cabeza.

Tengo fue incapaz de juzgar si eso quería decir «no quiero hablar de los exámenes» o «no voy a hacer los exámenes». Se acordó de que Komatsu le había dicho por teléfono que era una chica sumamente callada.

[...]

—Eres profesor y novelista —dijo Fukaeri. Aquello parecía una pregunta. Hacer preguntas sin entonación interrogativa debía de ser una de las características de su forma de hablar.

—En este momento, sí —respondió Tengo.

—No aparentas ninguna de las dos cosas.

—Puede ser —dijo Tengo. Pensaba sonreír, pero no fue capaz—. Tengo madera de profesor y enseño en la academia, pero no se puede decir que sea profesor formalmente; y escribo novelas, pero como no se han publicado, todavía no soy escritor.

—No eres nada.

Tengo asintió.

—Exacto. Ahora mismo no soy nada.

—Te gustan las matemáticas.

Tengo volvió a responderle, tras añadir los signos de interrogación a lo que ella acababa de decir.

—Sí. Siempre me han gustado.

—¿Qué te gusta?

—¿Que qué me gusta de las matemáticas? —Tengo completó sus palabras—. Pues, que, frente a los números, me siento muy relajado. Es como si las cosas volvieran a su cauce.

—La explicación sobre las integrales era interesante.

—¿Hablas de una de mis clases?

Fukaeri asintió.

—¿A ti te gustan las matemáticas?

Fukaeri hizo un breve movimiento con la cabeza hacia los lados. No le gustaban.

—Pero la explicación sobre las integrales te pareció interesante, ¿no? —preguntó Tengo.

Fukaeri encogió ligeramente los hombros.

—Hablabas de las integrales como si fueran algo importante.

—¿Ah, sí? —dijo Tengo. Era la primera vez que alguien le decía tal cosa.

—Como si hablaras de alguien importante —dijo la chica.

—Cuando explico las progresiones, debo de hacerlo todavía con más entusiasmo —dijo Tengo—. Del plan de estudios de matemáticas en el instituto, las progresiones son mi parte preferida.

—Te gustan las progresiones —preguntó Fukaeri, otra vez sin entonar.

—Para mí son como "El clave bien temperado" de Bach. Nunca me canso de ellas. Siempre hay algo nuevo que descubrir.

—Conozco "El clave bien temperado".

—¿Te gusta Bach?

Fukaeri asintió.

[...]

—¿Que qué me gusta de las matemáticas? —se interrogó Tengo a sí mismo otra vez, para desviar la atención de los dedos y el pecho de la chica—. Las matemáticas son como una corriente de agua. Existen diversas teorías complicadas, es cierto, pero la lógica básica es muy sencilla. De igual modo que el agua fluye desde un lugar elevado hacia otro más bajo tomando la distancia más corta, sólo hay una corriente matemática. Al observar con atención, el curso se hace visible por sí solo. Basta con que mires fijamente. No tienes que hacer nada más. Si te concentras y aguzas la vista, todo se aclara. En este mundo no hay nada, salvo las matemáticas, que me trate con tanta amabilidad.

Fukaeri se puso a pensar durante un rato sobre lo que acababa de escuchar.

—Por qué escribes novelas —preguntó con una voz carente de entonación.

Tengo transformó la pregunta de Fukaeri en oraciones más largas.

—O sea, que si me gustan tanto las matemáticas, no tengo ninguna necesidad de esforzarme por escribir novelas; que podría dedicarme exclusivamente a las matemáticas. ¿Es eso lo que quieres decir?

Fukaeri asintió.

—Vamos a ver. La vida real es diferente a las matemáticas. En ella, las cosas no siempre toman el camino más corto. Las matemáticas son para mí…, cómo podría decirlo…, demasiado naturales. Son como un bello paisaje. Están ahí sin más. No es necesario sustituirlas por nada. Por eso cuando estoy inmerso en las matemáticas, tengo la sensación de que me estoy volviendo rápidamente transparente. A veces me da miedo.

Fukaeri miraba a Tengo fijamente a los ojos, sin apartar la vista ni un segundo. Como si pegara la cara al cristal de una ventana y espiara el interior de una casa deshabitada.

—Cuando escribo sustituyo mediante las palabras la realidad que me rodea por algo que encuentro más natural. Es decir, reconstruyo. De ese modo confirmo que existo, sin duda, en este mundo. Se trata de una operación completamente diferente a cuando estoy en el mundo de las matemáticas.

—Confirmas que existes —dijo Fukaeri.

—Aunque no quiere decir que ya lo haya logrado —admitió Tengo.


SINOPSIS

En japonés, la letra q y el número 9 son homófonos, los dos se pronuncian kyu, de manera que 1Q84 es, sin serlo, 1984, una fecha de ecos orwellianos. Esa variación en la grafía refleja la sutil alteración del mundo en que habitan los personajes de esta novela, que es, también sin serlo, el Japón de 1984. En ese mundo en apariencia normal y reconocible se mueven Aomame, una mujer independiente, instructora en un gimnasio, y Tengo, un profesor de matemáticas. Ambos rondan los treinta años, ambos llevan vidas solitarias y ambos perciben a su modo leves desajustes en su entorno, que los conducirán de manera inexorable a un destino común. Y ambos son más de lo que parecen: la bella Aomame es una asesina; el anodino Tengo, un aspirante a novelista al que su editor ha encargado un trabajo relacionado con La crisálida del aire, una enigmática obra dictada por una esquiva adolescente. Y, como telón de fondo de la historia, el universo de las sectas religiosas, el maltrato y la corrupción, un universo enrarecido que el narrador escarba con precisión orwelliana.