miércoles, 4 de diciembre de 2013

MEMORIAS DE UN HOMBRE DE PALO - Antonio Lázaro

Antes de proceder a la visita guiada del acueducto o castillo del agua, Ambrosio de Morales y Juanelo Turriano compartieron unas tazas de chocolate en la oficina del relojero y matemático mayor. Allí el lombardo le mostró al ilustre viajero real la maqueta, o «modelo en pequeñita forma», de la que se había servido para la ejecución del artificio. Admirado por lo que escrutaba de él a través de sus gruesos anteojos de oro, el cronista comentaba:

—¡Hum! Es manifiesta la grandeza y extraña profundidad de vuestra invención, Turriano.

Aguzó la vista el historiador y advirtió cómo los maderillos del modelo tenían asentadas unas sumas tan complejas que no fue capaz de entenderlas. Al ver esto, le dijo:

—Señor Juanelo, esta manera de proporciones es muy diferente de la que conocemos.

—Así es —respondió Juanelo, que pareció alegrarse con la observación—. ¿Veis todo lo que he hecho con los relojes? Sinceramente, conozco personas que saben tanta o más astronomía y geometría que yo; pero creedme: hasta ahora no he conocido a nadie que sepa tanta aritmética como yo.

Juanelo mostró a don Ambrosio todas las fases y mecanismos de su ingenio. El cordobés lo escrutaba todo con avidez de rapaz cordial y ocasionalmente tomaba notas en un cuaderno de tapas flexibles de pergamino español. Al llegar al busto en mármol del relojero, que habría de ponerse a los pies del acueducto, Morales reparó en el lema que lo rubricaba:

«VIRTUS NUNQUAM QUIESCIT».

Literalmente: «El valor [o la virtud] nunca reposa».

—Sencillo lema a la par que profundo, como deberían serlo todos —comentó el cordobés—. ¿Fue idea del escultor?

—No, me pidieron alguna sugerencia propia y quise que grabaran esa simple frase.

—No tan simple, maestro Juanelo. ¿Cómo la interpretáis vos?

—Admite varias versiones, es lo que me gusta de esas tres palabras. Primeramente, puesto que se refiere al artificio, vendría a aludir a la idea del movimiento perpetuo.

SINOPSIS

Toledo, 1560. El matemático lombardo Juanelo Turriano, antiguo relojero del emperador Carlos V, se propone llevar a cabo su sueño más ambicioso: la construcción de un ingenio para conducir agua desde el río Tajo al Alcázar de Toledo, aun cuando deba financiar el experimento con su propio dinero.
Veinticinco años después, el rey envía a su arquitecto Juan de Herrera para supervisar las obras de reconstrucción del Alcázar y los castillos de agua de Turriano, pero éste, amigo de Turriano, tiene por delante otro cometido: averiguar el destino de don Antonio, un soldado autómata invencible, cuyo diseño es codiciado por todos y fuente de problemas para su inventor.
Memorias de un hombre de palo ofrece al lector un fresco del siglo XVI deslumbrante tanto en sus luces como en sus sombras, lleno de peligros, conjuras y aventuras protagonizadas por un hombre íntegro. En definitiva, la materia de que están hechas las buenas historias de siempre.