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miércoles, 19 de septiembre de 2018

LA SALA 77 - Sam Baker

—Profesora, si la información que tengo no está equivocada usted es licenciada en humanidades ¿verdad?

—Así es, comisario —afirmó mirándole con gesto preocupado.

—Bien, en ese caso quizá pueda contarnos algo acerca del símbolo que ese hombre tiene grabado en su pecho. Algo que nos ayude a descubrir qué significado puede tener para la persona que lo ha asesinado.

Margaux se reclinó sobre el respaldo del banco sorprendida por la petición que le estaba haciendo. En aquel momento sentía que su cabeza estaba completamente bloqueada, incapaz de centrarse en algo que no fuera tratar de comprender por qué ellos se veían envueltos en una situación como aquella. Aún así, hizo un gran esfuerzo por tratar de responderle lo mejor que pudo.

—En realidad, comisario, es muy difícil contestar a esa pregunta del modo que usted está buscando —inició insegura—. Esa espiral que le han marcado en el pecho es uno de los símbolos más utilizados por las distintas civilizaciones a lo largo de la historia. Siempre se ha utilizado con un fin decorativo como en las columnas de los templos griegos, por ejemplo, que es de donde seguramente a ustedes les suene.

Milanelli notó la dificultad con la que la profesora Margaux estaba respondiendo aquella pregunta, de modo que se llevó la mano derecha a la boca e hizo un ligero ronroneo que no pasó desapercibido para Chavrier.

—¿Desea añadir alguna cosa, profesor?

—En realidad sí, comisario —respondió satisfecho de comprobar que había conseguido su objetivo—. Verán, dentro de las matemáticas la espiral tiene un significado algo diferente del que nos está exponiendo la profesora. Creo además, que se trata de un significado mucho más concreto, y dada la situación en la que nos encontramos, tal vez sea más interesante.

Ahora todos le escuchaban atentamente.

—La espiral ha sido desde el principio de los tiempos uno de los enigmas que más nos ha fascinado a los matemáticos y muchos han sido los que han intentado encontrar una ecuación que les permitiera establecer su trayectoria y su longitud. Arquímedes en el siglo III a. C. fue el primero en proponer una ecuación cartesiana que la describiera. Muchos siglos después, otros científicos como Descartes, Torricelli o Bernoulli, utilizaron el cálculo infinitesimal para estudiarla a la vez que describieron nuevos tipos de espirales como la logarítmica de Descartes, la áurea de Durero o la espiral parabólica de Fermat.

El comisario y Sanoir le miraban sin comprender.

—No entiendo a dónde quiere ir a parar, profesor —dijo molesto Chavrier.

—Tenga paciencia, comisario —contestó Milanelli—. El caso es que su querido René Descartes dedicó gran parte de su trabajo a estudiar la espiral uniforme descrita por Arquímedes para intentar dar solución al problema que su colega Galileo Galilei propuso sobre la trayectoria de caída de los cuerpos debida al movimiento de rotación de la tierra.

Al terminar, Milanelli les miró con una gran sonrisa dibujada en su rostro. Sanoir observó con extrañeza a Chavrier que no dejaba de mirar fijamente al profesor.

—¿Y bien?

—Se lo acabo de decir, comisario. Galileo es la respuesta que explica por qué ese hombre lleva ese símbolo grabado en el pecho.

Campbell, que hasta entonces había escuchado atentamente las explicaciones de los dos profesores, se dirigió a ellos sin estar completamente seguro de lo que estaba a punto de decir.

—En realidad —comenzó dubitativo— creo que lo que nos está queriendo decir el profesor con esa historia de Galileo y Descartes es que la espiral podría reflejar metafóricamente una trayectoria. En este caso una trayectoria vertical.

Campbell era consciente de que Chavrier y Sanoir estaban percibiendo la poca convicción que transmitían sus palabras. En cualquier caso, ya era demasiado tarde para dar marcha atrás.

—Como bien ha dicho la profesora, la espiral es un símbolo que ha estado presente en muchas civilizaciones diferentes a lo largo de la historia.

SINOPSIS

París, 12 de junio de 2013, 17:00 horas. El hijo del presidente de la República Francesa, Jean Marie Deneux, ha desaparecido. El departamento de seguridad de la policía nacional recibe una grabación donde se le puede ver amordazado y con los ojos vendados. Junto a esa grabación, también reciben una sencilla carta en la que figuran los nombres de tres profesores universitarios, Emilie Margaux, James Campbell y Fabricio Milanelli. El jefe del departamento, el comisario Laurent Chavrier, junto con el jefe del servicio secreto, Jean Paul Sanoir, deciden trasladar a París a los tres profesores y reunirles en el Palacio del Elíseo antes de medianoche.
A su llegada, los profesores descubrirán la verdadera razón por las que se les ha trasladado a París y se verán atrapados en una situación en la que el máximo responsable del servicio secreto quiere incriminarles. Sorprendidos por el repentino giro que sufren sus vidas en pocas horas, los tres profesores aceptan colaborar con la policía para intentar descubrir el paradero del hijo del presidente. A lo largo de toda la noche, se verán inmersos en el macabro juego que los secuestradores han organizado. Cada uno de ellos irá descubriendo, poco a poco, cuál es la razón por la que su nombre figuraba en la carta recibida por la policía. La profesora Margaux y el profesor Campbell tendrán que utilizar todo su conocimiento en arte e historia para resolver los problemas que los secuestradores les van planteando. El profesor Milanelli, catedrático de cálculo infinitesimal, será, por su parte, la pieza clave para intentar descubrir el paradero del hijo del presidente y el primero en darse cuenta de que lo que está ocurriendo esa noche en París va mucho más allá de un simple secuestro.
Con el museo del Louvre como epicentro y ayudados por los inspectores Paccaud y Bingleau, los tres profesores, Chavrier y Sanoir se verán inmersos en una frenética búsqueda contrarreloj donde se entrelazan las historias contenidas en algunos de los cuadros más importantes del Louvre con los edificios más emblemáticos de la ciudad como la catedral de Notre Dame, el Panteón y la basílica del Sagrado Corazón en busca de la información necesaria para intentar salvar la vida de Deneux antes de que sea demasiado tarde.

martes, 18 de septiembre de 2018

EL FRÍO MODIFICA LA TRAYECTORIA DE LOS PECES - Pierre Szalowki

Boris Bogdanov era un apasionado de la topología o, mejor dicho, de una de sus disciplinas. La teoría de los nudos es una ciencia matemática compleja que permite explicar cosas muy simples de la vida. Cuando se tira del hilo de un ovillo de lana enmarañada, unas veces se deshace de golpe, otras veces se enreda aún más. Es como la vida: pequeños gestos pueden tener grandes consecuencias. Y a veces el mismo gesto no tiene el mismo efecto.

Los peces exóticos de Boris Bogdanov le permitían reflexionar sobre su nueva teoría. Un pez en un acuario siempre sigue el mismo recorrido, tira de su propio hilo. Lo desenrolla en función de la presencia de los demás peces, amigos o enemigos, en el acuario. Asimismo, debe modificar su camino ritual cuando llega un nuevo inquilino. Para Boris, estos itinerarios eran hilos que se anudaban y se desanudaban.

—Tú no escoges tu camino, los demás lo hacen por ti.

Su tesis de doctorado estaba ahí, ante él, en un agua que mantenía a treinta y dos grados. Aquello era vital. Su supervivencia universitaria dependía de que siguiera a la misma temperatura. Si descendía, algunos peces podrían modificar su camino y echar por tierra toda la teoría defendida en su tesis.

Sus trabajos no habían dejado indiferente al presidente de la Sociedad Matemática de Canadá, con sede en Calgary, en Alberta, donde hace tanto frío.

—Venga a vernos cuando termine con sus peces. ¡Las matemáticas térmicas serán un cambio para nosotros!

SINOPSIS

Querido lector:A lo mejor le parece raro que le escriba una carta un niño de once años, pero los editores me han animado a que lo haga. Soy el protagonista de la novela El frío modifica la trayectoria de los peces (vaya título, ¿no?) Bueno, pues vivo en Quebec, y quería contarle que 1998 fue el peor y el mejor año de mi vida.Casi todos mis compañeros de clase tenían a los padres separados y como los míos seguían juntos, yo les parecía un bicho raro, pero a mí no me importaba. Yo era feliz. Hasta que un día mis padres me dijeron que iban a divorciarse. Entonces me enfadé muchísimo (y lloré mucho a escondidas) Nunca había estado tan enfadado y tan triste. ¿Qué podía hacer?Desesperado, miré por la ventana, y vi el cielo gris y negro, y se me ocurrió pedirle ayuda. Esa noche hubo una gran tormenta. Cuando me desperté toda la ciudad estaba cubierta por una espesa capa de hielo. Aquella tormenta iba a cambiar para siempre la vida de mi familia, y también la de mis vecinos.Esta historia se la conté al señor Pierre Szalowski, y él ha sabido escribirla muy bien. Los críticos de los libros han dicho que es un relato lleno de aire fresco, de ternura y de algo que ellos llaman optimismo. Yo sólo se que su lectura hace sentir bien y nos recuerda que, a veces, las situaciones inesperadas hacen que veamos todo diferente. Que nos veamos a nosotros mismos y a los que nos rodean de una manera distinta, como me pasó a mi en el año 1998.Por eso quiero que usted también lea este libro, porque creo que le hará sentir bien (como a mí).Adiós.Firmado: el niño protagonista de El frío modifica la trayectoria de los peces (en la novela nunca se dice mi nombre, vaya tontería)

EL CUERPO Y LAS OLAS - Manuel Vicent

Un tabique liviano separa las dos aulas del instituto: a la misma hora, en una de ellas se explica el misterio de la Santísima Trinidad y en la otra se da el teorema de Pitágoras. Las voces de los profesores de religión y de matemáticas a veces se entrecruzan, y cuando ambos callan, entonces desde el patio llega el canto de los pájaros. En una de las pizarras está dibujado un triángulo equilátero con el ojo divino que todo lo ve. El misterio de la Trinidad con siste en que Dios son tres personas distintas con una sola sustancia y también lo contrario. Los alumnos repiten de memoria este enigma teológico sin que su cerebro estalle. En la clase de matemáticas también se halla dibujada otra figura geométrica. El profesor la explica señalándola en la pizarra con el puntero: en el triángulo rectángulo el cuadrado de la hipotenusa es igual a la suma de los cuadrados de los catetos. Con el teorema de Pitágoras se han levantado ciudades en la Tierra y se han medido las distancias estelares que nos permiten mandar nuestras naves a las esferas celestes; en cambio, después de miles de años, el ojo de Dios, enjaulado en el triángulo equilátero, sigue produciendo lágrimas de sangre hasta anegar el curso de la Historia. Me pregunto qué habría pasado si, desde el principio, ese ojo de Jehová se hubiera instalado en el interior del triángulo rectángulo de Pitágoras. Tal vez el fanatismo que habría generado sería racional y matemático. Al terminar las clases los dos profesores se largan por el pasillo, uno cargando con la fe y otro con la razón. Infinidad de fieles se han degollado por la interpretación de una sola palabra teológica; los credos religiosos han causado innumerables matanzas, pero también las matemáticas han servido para que las armas sean inteligentes y puedan exterminar con un rigor implacable a gente inocente y anónima. El tabique que separa las aulas del instituto no tiene apenas consistencia y durante estos días de primavera es percutido de un lado por los dogmas y de otro por los axiomas, por el paraíso terrenal y el álgebra, por el Espíritu Santo y la trigonometría, por la resurrección de la carne y la raíz cuadrada, por el cielo y las ecuaciones, por el infierno y los quebrados. Ninguno de los dos profesores duda, pero si quedan callados, en medio de su silencio se oyen los chillidos de los pájaros que están furiosos de amor. Esos pájaros son también los de Bagdad que ahora se persiguen para amarse en las palmeras entre el fanatismo de la religión y el racionalismo de las armas, dos fuentes inagotables de sangre.

SINOPSIS

Una vez más he caído en la tentación de darles una última oportunidad a las palabras que he escrito en el periódico antes de que se las lleve el viento. Uno espera que al convertirlas en libro suenen de otra forma y sorprendan al lector por un flanco inesperado. Tejer y destejer la manga del jersey de Penélope a lo largo de los días con un ovillo con el que juega el gato, en eso consiste en el fondo la literatura. Este libro contiene el fluido de la vida que uno ha visto pasar desde cualquier acera, a través de la ventanilla de un taxi, en la terraza de una cafetería o mirando al techo tumbado en el sofá. Pequeñas historias y sensaciones, balas perdidas que se han perdido en el mar. Día a día, ola a ola es como el cuerpo llega feliz a la orilla.

miércoles, 30 de noviembre de 2016

SEGUNDO DIARIO MÍNIMO - Umberto Eco

EL TEOREMA DE LOS OCHOCIENTOS COLORES

(En colaboración con Angelo Fabbri)

Un interesantísimo problema de topología cromática se impuso a la atención de los lógicos de todo el mundo hacia principios de los setenta. Conocido como «el teorema del mapa de ochocientos colores», responde a la pregunta: «¿Es posible construir un mapa de Europa subdividido en estados separados, utilizando ochocientos colores diferentes de suerte que cada estado esté coloreado de forma diferente de otro y no haya dos estados adyacentes que presenten el mismo color?».

Los matemáticos interesados en la cuestión pensaban que sí, pero no estaban seguros. Dada la extrema dificultad de formalización, el instinto les aconsejaba efectuar pruebas empíricas. Sin embargo, la ardua tarea de encontrar pinturas al pastel o rotuladores de ochocientas tonalidades cromáticas diferentes contribuía a hacer la cuestión en extremo penosa.

En 1974, Martin Rendrag, un colega del profesor Nicolas Bourbaky, propuso un brillante método de numeración de los colores, sugiriendo una reformulación del teorema que reza más o menos así: «¿Es posible construir un mapa de Europa subdividido en estados separados y numerados de uno a ochocientos, de suerte que cada estado esté marcado por un número diferente y no haya dos estados adyacentes marcados con el mismo número?». Esta nueva formulación no hace sino aplazar a un momento sucesivo la coloración y, por lo tanto, no resuelve las dificultades cromáticas del problema, pero ofrece un punto de partida excelente para una solución racional de la cuestión.

A pesar de ello, ningún matemático consiguió resolver el teorema con lápiz y papel, hasta que, en 1979, un equipo capitaneado por el Dr. Göthe, del MIT, consiguió dar una solución teórica parcial basada en la reformulación de Rendrag: programando una máquina del Touring Club de Estados Finitos, el Dr. Göthe consiguió subdividir Europa en ochocientos estados numerables, de suerte que satisfacían los requisitos lógicos del problema. Para obtener este resultado fue necesario computar como estados independientes todos los departamentos franceses, los cantones suizos, las provincias italianas, incluidas Isernia y Oristano, y algunas comarcas españolas, como La Mancha y el Penedés, además de las islas Feroe, Cabrera y Lampedusa.

En este punto, el problema, enormemente simplificado, consiste en asignar a cada número un color y sólo uno. Las dificultades prácticas son evidentes: una vez enumerados una docena de colores seguramente diferentes entre sí, empiezan los problemas de denominación, de determinación y de comparación de los colores.

Después de haber intentado una solución racional, rigurosamente naturalista, basada en distinciones cromáticas tipo amarillo limón, amarillo leonado, amarillo pollito, verde guisante, verde esperanza, verde botella, verde esmeralda, verde lagartija, verde tabaco, blanco unicornio, etcétera, hubo que reconocer el fracaso del experimento: se descubrió, en efecto, que los limones varían de intensidad cromática hasta llegar a cambiar literalmente de color en concomitancia con una infinidad de factores, a menudo imponderables: clima, latitud, altitud sobre el nivel del mar, presión atmosférica, grado de maduración, estado de conservación, empleo de sustancias conservantes y muchos más. Y lo mismo sucedía con los pollitos, por no hablar de los guisantes, de las lagartijas y del tabaco.

Si encima se tiene en cuenta que algunos limones sicilianos presentan la misma idéntica gradación cromática que los pollitos portugueses, se verifica inmediatamente que el método cromático-naturalista para la nomenclatura de los colores no presenta ninguna credibilidad científica.

Es necesario, además, considerar que el mapa no puede ser consultado por individuos daltónicos, ni tampoco por algunos géneros y especies de animales, que presentan órganos visivos estructurados de forma particular, en concreto, asnos, pero también mulos y otros tipos de equinos.

Se ha propuesto adoptar una escala cromática estrictamente basada en las longitudes de onda de los espectros de la luz solar, de suerte que cada color resulte determinado inequívocamente por la medida y por la longitud de onda. De esa forma, bastaría sustituir cada uno de los ochocientos números del mapa por un número nuevo y luego verificar que no haya números adyacentes iguales.

Se desaconseja, también en este caso, efectuar pruebas empíricas, dada la dificultad de cotejar entre sí, de uno en uno, ochocientos números diferentes. Hasta hoy, no se ha dado una demostración completa y exhaustiva del teorema de los ochocientos colores: desgraciadamente, el problema queda abierto.

SINOPSIS

Siguiendo la línea iniciada en 1963 con su Diario mínimo, Umberto Eco nos ofrece ahora una nueva selección de textos en los que mediante una ironía destructiva y a través de pastiches de diferentes géneros literarios, ataca, tanto al mundo académico, como a las necesidades de la vida cotidiana, entre las que se incluye el diseño de objetos y los intrincados laberintos de la burocracia.

viernes, 26 de agosto de 2016

EN EL CORAZÓN DE LA CIUDAD LEVÍTICA - Baltasar Magro

Por lo que pudo deducir, posteriormente, en el texto del propio Herrera que había permanecido enterrado en los subterráneos del arzobispado toledano, el arquitecto, matemático, filósofo e ingeniero había reducido todas las figuras geométricas utilizadas por Raimundo Llull para alcanzar una especie de entendimiento racional de la Creación mediante formulaciones matemáticas —pienso, luego existo y, por lo tanto, existe Dios— a una sola: el cubo. Para Herrera, tal y como se comprobaba en las páginas amarillentas y bastante dañadas que había recogido Sebas a las puertas del horno incinerador, con el entendimiento del cubo se llegaba al entendimiento del Universo. «La matriz de existencia del cubo es el propio cubo —señalaba el arquitecto de Felipe II—, por ello nos lleva al nivel superior de la Creación con mayor perfección que cualquier otra figura o superficie.» 

Consideraba Herrera al cubo como la raíz del Arte, especialmente cuando maneja volúmenes como en la arquitectura. La exaltación del cubo, explicaba Herrera, genera una arquitectura de expresión severa. «Ha de ser una arquitectura de planos, de escuadra y arista, de huecos rotundos, de geometría contundente; una arquitectura de la determinación y permanencia, una obra telúrica que brote del paisaje, al igual que los templos de la Antigüedad, aquí, y más allá de los océanos, cuya máxima expresión son las pirámides egipcias: la obra de arte como resultado de una operación mágica.» 

En otro apartado del libro, exponía Herrera: «El cubo es fundamento de todo lo que existe porque la figura geométrica es el resultado de la triple operación sobre sí misma de una misma cantidad, lo que indica la profunda semejanza con la Trinidad y la Unidad Divina». La postura de Herrera se sustentaba en la filosofía de Llull y al igual que el maestro mallorquín concedía a las figuras geométricas una cualidad que permite entender tanto la realidad como la dimensión oculta de las cosas. 

Evocaba don Jaime, en esos instantes, con la lectura del texto del arquitecto, la postura del maestro Llull, que él había analizado en otro tiempo, al considerar que por el número somos instruidos para no equivocarnos, la hermenéutica matemática permite alcanzar la verdad revelada: la ciencia del número como la clave para interpretar el mensaje divino. Era algo extraordinario. Llull destacaba los números que resultan de la triple operación de una misma cantidad, pues son reflejo de muchas cosas, tales como el nueve. 

De hecho, calculaba, el nueve incluso contiene al ángel caído. 6+6+6=18=1+8=9. 

Nueve es divisible por tres, número perfecto que representa la Trinidad. Nueve fueron los caballeros enigmáticos que fundaron el Temple. Y nueve son los sabios y maestros rishis quienes, desde los tiempos remotos del rey hindú Asoka, protegen el conocimiento secreto para salvar la humanidad, y son mencionados como los Nueve Desconocidos, ya que a muy pocos, más allá de ellos mismos, les está permitido saber dónde se encuentran en cada generación. 

Por suerte, concluyó el veneciano tras una somera lectura del texto de Herrera, la mathesis, la matemática hermética del arquitecto deudor de Llull, sería, al menos, salvada para las gentes gracias a la intervención de su criado. Pero no dejaba de preguntarse por las maravillas que aún permanecerían dentro del archivo secreto y que él debía recuperar cuanto antes.

SINOPSIS

Un incendio destruye casi por completo un hermoso palacio que había sido utilizado por los nazis como cuartel general durante la ocupación de Bohemia. Nikolài Punin, un joven capitán del Ejército Rojo, descubre junto a los restos calcinados de la inmensa biblioteca una sala reservada que contiene manuscritos del siglo XVI que, al parecer, provienen de la ciudad española de Toledo. A partir de aquí, inesperadas y sorprendentes revelaciones nos trasladaran por el pasado y el presente hasta dar con la respuesta de cómo llegaron al hermoso palacio de Duchcov cuadernos y carpetas con el diseño de inventos y avances tecnológicos que sorprenden, aún hoy, a quienes tienen la fortuna de conocerlos. Baltasar Magro construye una absorbente historia, mezcla de ficción y realidad, un viaje apasionante a las entrañas de Toledo de la mano del ilustrado caballero Seingalt, enviado a España por sus hermanos masones para cumplir con una misión secreta, y con quien el lector participará de un viaje hacia las entrañas de la ciudad levítica.

martes, 27 de octubre de 2015

EL VELO DE ISIS - Emilio Calderón

Sea como fuere, aquellos eran los mimbres que tenía a mi disposición, así que acabé preguntándole al oficial Munsch por el criado de Kaspar Schmitt y por la localización exacta de la mansión donde se guardaban aquellos tesoros egipcios y donde, al parecer, el prófugo había consumado su suicidio tras verse acorralado.

—El criado se llama Egon Lemper. En cuanto a la mansión, no tiene pérdida. Su nombre reza en una llamativa inscripción que semeja un jeroglífico: «Villa Isis». Está situada en Annaberg, en un lugar conocido como «Paradies»; una zona residencial vertebrada en torno a una enorme fuente que desciende por una fuerte pendiente. La casa está enclavada en una pequeña avenida llamada Friedrichshohe Zeppelin, y se distingue porque en la parte trasera del jardín hay una pirámide, cuyo vértice es visible desde la calle dada su gran altura.

—¿Una pirámide? —pregunté de manera instintiva, mientras tomaba apuntes en mi cuaderno de notas.

—De mármol. De veinte metros de altura por diez de lado, aproximadamente —respondió sin titubeos, como si él mismo hubiera efectuado la medición—. Se trata, según tengo entendido, de un mausoleo, de un panteón familiar. En mi opinión, el lugar es tan imponente como siniestro; al margen de que haya servido de residencia a un tipo tan abominable como Kaspar Schmitt.

No podía negar que mi suerte había cambiado por completo, que quizá había minusvalorado el potencial de un tipo como Kaspar Schmitt, cuyos antepasados, al parecer, yacían en el interior de una pirámide de mármol levantada en el corazón de la frondosa y verde Baden-Baden. Todo un hallazgo que podía proporcionarme el argumento para escribir uno de esos relatos morbosos que tanto interés suscitan entre los lectores. Incluso dejé volar mi imaginación más allá de lo que era razonable y acabé imaginando a Kaspar Schmitt viviendo oculto en las entrañas de aquella pirámide, que luego habría servido para inhumar sus restos mortales gracias a la intervención de su fiel criado, para mayor gloria del artículo que tenía encomendado escribir.


SINOPSIS



Ambientada de forma magistral al finalizar la segunda guerra mundial, El Velo de Isis es una intrigante historia de traición, reencarnaciones y antiguas creencias que conducirá al protagonista, y al lector, desde el antiguo Egipto hasta la Alemania nazi. El Velo de Isis es una intrigante historia narrada por el periodista Bastian Doisneau, reportero de Le Monde, enviado a cubrir la noticia de la muerte del oficial nazi y miembro de las SS, Kaspar Schmitt, también conocido como “El ladrón de Auschwitz”. Su investigación le conducirá hasta Villa Isis, una lujosa mansión de aspecto siniestro, propiedad de Herr Schmitt, en cuyo jardín posterior se yergue una imponente pirámide de mármol, mausoleo de los Von Zähringen. Egon Lemper, maestro en los secretos de la momificación, custodio y conservador de la valiosa colección de arte egipcio que alberga la misteriosa villa, le desvelará una apasionante historia de traición, reencarnaciones y antiguas creencias que conducirá al protagonista, y al lector, desde el antiguo Egipto hasta la Alemania nazi.

viernes, 9 de octubre de 2015

LOS HIJOS DE NOBODADDY - Arno Schmidt

«Una vez tuve (y aquí le apliqué el primer golpe)... un jefe muy inteligente» (¡Lo cual en modo alguno era cierto!) «que un día me explicó lo siguiente: supongamos que existen seres que solo pueden percibir y concebir un espacio de dos dimensiones y que vivieran, por ejemplo, aquí, en el plano de esta mesa (y entonces pasé la mano muy cerca de la superficie de la mesa); si ahora introduzco en el espacio vital de esos seres los cinco dedos de mi mano (y dejé colgar mis cinco dedos como los tentáculos de una medusa), los seres que viven en ese espacio bidimensional solo percibirían ... » «Cinco círculos», dijo el hombre con la frente fruncida por el esfuerzo (quería decir pues que hasta allí había comprendido). «Sí, cinco seres individuales, cinco individuos», dije yo sombríamente, «que no pueden presentir ni imaginar que esos cinco seres en el mundo tridimensional están subordinados a una unidad trascendente que es mi mano ... o bien, consideremos otro ejemplo; si apoyo mi pulgar en el plano que constituye el universo de esas criaturas (y en efecto así lo hice) y si luego lo retiro, para esas criaturas bidimensionales mi dedo habrá desaparecido. Si poco después meto mi dedo índice en alguna parte de su universo, para ellos mis dos dedos serán dos seres diferentes, separados en el tiempo y el espacio y sin embargo, como sabemos, los dos están ligados a la unidad superior de mi mano tridimensional» (El hombre arrugaba la frente y meditaba intensamente con cierta inquietud; pero yo proseguí imperturbable: Tu l'as voulu, George Dandin!)
 
 «Ahora bien, aquel señor» (¡Yo mismo era aquel señor!) «... daba a entender, no sin aducir suficientes fundamentos, que también nuestro universo de tres dimensiones estaba a su vez sobrepasado por otro mundo de cuatro dimensiones, el cual a su vez, según todas las posibilidades, estaría superado por otro de cinco dimensiones; por ejemplo, para representar el movimiento de los electrones, se recurre a la noción de un espacio de seis dimensiones, etcétera. Yo podría reconstituir ahora toda la argumentación (amenacé modestamente, pero continué luego diciendo con desenvoltura). Por mi cuenta me estudié la Geometría no euclidiana de Hilbert y otras obras de ese autor. A partir de esa época, considerando que estamos dotados de una inteligencia completamente inapropiada (¡una mala pasada que nos ha jugado el demiurgo!) y que estamos chapoteando en un mar de insondables misterios, perdí la costumbre de ocuparme de las cuestiones metafísicas. Ahora alguna vez se me ocurren fugaces pensamientos, pero sobre todo me contento con adoptar una actitud de observador y ver lo que esas ridículas y viejas señoras (las parcas) traman para mí y para el mundo». Él sacó la punta de la lengua entre los labios, (no muy ladylike) y se quedó largo rato reflexionando (seguramente pensaba que aquella «cosmovisión» no convenía, ciertamente, a un funcionario prusiano; pero de todas maneras parecía asimismo afligido por esa ignorancia crasa de las ciencias físicas y naturales de las que no tienen la menor idea los clásicos universitarios y humanistas, «de formación clásica»; se mostraba así y todo desconcertado, pero impresionado; todo esto te molesta un poquito ¿no? También puedo ser un poquito antiséptico: «Vote por el Partido Comunista Alemán» y me quedé mirándolo con redoblada obsequiosidad). 
 
SINOPSIS

Cargado de un sarcasmo feroz y una aguda observación de la realidad, este tríptico disecciona la vida en la Alemania durante la era nazi y los años de la posguerra, hasta llegar a un futuro apocalíptico. "Momentos de la vida de un fauno" detalla las cuitas de un oficinista que escapa de la ba nalidad que lo rodea investigando las hazañas de un desertor de las guerras napoleónicas. "El brezal de Brand" se centra en el caos de la posguerra y sigue las andanzas de un escritor que, tras salir de un campo de prisioneros, se integra en la pequeña aldea donde vivió el romántico Fouqué en pos de una nueva vida. Finalmente, "Espejos negros" nos sitúa en un futuro donde la civilización ha sido prácticamente destruida; el narrador, solo durante años en ciudades llenas de cadáveres, teme ser el último hombre en la Tierra hasta que un descubrimiento despierta en él nuevos temores. Arno Schmidt (1914-1979) es, junto con Heinrich Böll y Günter Grass, uno de los más importantes escritores de la Alemania de posguerra, quizá el más transgresor e innovador. Ocupa un lugar eminente en lahistoria de la sátira y la «comedia cruel», en la tradición de Rabelais, Swift y Joyce.Traducción de Luis Alberto Bixio, Fernando Aramburu, Guillermo Piro y Florian von Hoyer.
 

viernes, 18 de septiembre de 2015

NOCILLA DREAM - Agustín Fernández Mallo

Robert, originario de Londres, ciudad de la que se separó en la primera juventud, es el único habitante de la ciudad de Carson City que tiene una avioneta. Pero aparte, en general, los objetos son unas cosas rarísimas: si los acercamos mucho a nuestro campo de visión, por ejemplo con un microscopio, se convierten en estructuras simples, totalmente organizadas y con una geometría matemáticamente tratable. Después, si nos alejamos lo suficiente, entramos en el orden de magnitud del día a día, donde tales objetos se solapan y mezclan para conformar un paisaje de geometría compleja y cotidiana, impura y difícilmente analizable, de la que sólo las teorías del caos y otras afines consiguen dar buena cuenta: es la escala humana. Y si nos alejamos más, como puede ser el caso de la visión de la Tierra desde un avión, volvemos a verlo todo asombrosamente simple y organizado, con una geometría muy parecida a aquella vista al microscopio. Desde la avioneta, Robert ya tiene confeccionada toda una clasificación de figuras urbanas y paisajísticas inspiradas en la Guía de Campo de la Con-Urbación de Dolores Hyden. El oficio de Robert es bancario, de ventanilla, también casi microscópica, pero los fines de semana coge el cacharro de una hélice y sale a sobrevolar Nevada con el único propósito de extasiarse en toda esa geometría urbano-humana que hasta ahora carecía de análisis y cabal clasificación.

SINOPSIS

Nocilla Dream, que puede soportar sin pesadumbre la etiqueta indie, es una de las apuestas narrativas más arriesgadas de los últimos años. Proliferan en ella las referencias al cine independiente norteamericano, a la historia del collage, al arte conceptual, a la arquitectura pragmática, a la evolución de los PCs y a la decadencia de la novela. Agustín Fernández Mallo se fija en los outsiders del siglo XXI y sobre todo en la misteriosa conexión entre algunas vidas alternativas y globalizadas que transitan por escenarios de Serie B: rubias de burdel que sueñan con que algún cliente las lleve hacia el Este, ácratas que habitan en extrañas micronaciones, ancianos chinos adictos al surf, un argentino que vive en un apartahotel de Las Vegas y construye un singular monumento a Jorge Luis Borges… Todos ellos atrapados en la metáfora conductora de los desiertos y en la belleza del vacío.

jueves, 16 de julio de 2015

EL ARQUITECTO - Antonio Cavanillas de Blas

Tras cumplir once años, Dinócrates parlamentó con su hijo y lo encaminó a Agatárcidas, escritor y matemático famoso en la ciudad. Discípulo de Eudoxo, el matemático y astrónomo que fuera profesor en la Academia que fundara en Atenas Platón, Agatárcidas era cronista de la villa y su principal valedor en las ciencias exactas. Su vida era un anecdotario. Había pasado algunos años en Alejandría, al lado de Euclides, el gran sabio alejandrino seguidor de Pitágoras. Compartía con el autor de los Elementos sus teorías y teoremas. A su lado, Sóstratos supo de líneas y planos, círculos y esferas, triángulos y conos, es decir, de formas regulares. Le explicó el célebre teorema de aquel sabio según el cual la suma de los ángulos interiores de cualquier triángulo da ciento ochenta grados. Conoció el compás, la regla, la escuadra y el cartabón. Entendió sobre geometría y axiomas euclidianos: sus teorías sobre el punto, la línea, la superficie, las paralelas, la palanca y las dimensiones. Agatárcidas simultaneaba la ciencia y el placer, pura matemática para él, pues presumía de haber yacido con mujeres de todas las razas y colores. Conocía la India y Samarcanda. Había recorrido el curso del Nilo desde el Delta a la primera catarata y visto los famosos monumentos funerarios que se extendían a su largo. Los ojos del mozo se dilataban de excitación al escuchar la descripción de tanta maravilla. El cronista era un hombre mayor, casado con Helena, una mujer encantadora y tan vieja como él. Le servía una esclava egipcia que había comprado en Alejandría, una silente muchacha con ojos de pantera y movimientos también felinos que ejercía como amante del otrora fogoso matemático en sus últimos estertores sensuales. Todo ello lo dedujo nuestro héroe al contemplar sus miradas ardientes a la bella, que lo era la egipciaca, y un cierto deje de impotencia en sus pupilas grises. Las matemáticas complacieron a Sóstratos, pero se trataba de una ciencia fría y sin afectos, no reflejada en hechos tangibles o palpables. ¿Qué se le daba a él que la tierra fuese o no centro del universo y los planetas diesen vueltas en su torno en líneas perfectas, círculos o combinaciones de ellos? Decidió reservar sus conocimientos matemáticos a la espera de poder aplicarlos en algo constructivo.

SINOPSIS

Knidos, 287 antes de Cristo.
Sóstratos de Knidos es un joven que vive en el seno de una familia normal y corriente y que lleva una vida como la de cualquier otro chico de su edad y de su tiempo: va a la escuela, ayuda a sus padres y a sus hermanos, tiene inquietudes filosóficas… Sin embargo, nuestro joven protagonista no imagina que su afición y su pasión por las matemáticas iban a acabar haciendo de él todo un arquitecto, y no un arquitecto cualquiera, sino uno de los más célebres de la época. Sóstratos trabajará bajo las órdenes del rey Ptolomeo y, entre otras construcciones célebres, será el arquitecto que diseñe el faro de Alejandría.
Antonio Cavanillas mezcla la ficción propia del relato y los hechos históricos, para crear una novela histórica absolutamente original y de gran ritmo narrativo.
En El arquitecto conoceremos la historia de Sóstratos de Knidos, un arquitecto de gran legado, pero muy desconocido. Creceremos con él y veremos cómo va descubriendo el amor, el sexo, la pasión… A su vez, conoceremos a la que será su futura esposa y la madre de sus hijos, Pitia, muy hermosa entre las mujeres y quien, pese a amarle, acabará sus días con Apolonio, el poeta amigo de Sóstratos de quien Pitia se enamorará fervientemente.

martes, 26 de mayo de 2015

EL FIN DEL MUNDO Y UN DESPIADADO PAÍS DE LAS MARAVILLAS - Haruki Murakami

El centro de la ciudad lo constituía una plaza semicircular que se extendía por el lado norte del Puente Viejo. La otra mitad del círculo, es decir, su parte inferior, estaba en el lado sur, separada por el río. Aunque a ambos semicírculos se los denominaba la Plaza Norte y la Plaza Sur, y eran concebidos como una unidad, de hecho eran tan distintos que casi podía decirse que causaban una impresión diametralmente opuesta. En la Plaza Norte reinaba una atmósfera extraña, densa y asfixiante, como si en ella confluyera el silencio de las calles circundantes. En la Plaza Sur, por el contrario, había poco que sentir; sobre ella flotaba una vaga sensación de pérdida. En comparación con la zona que se extendía al norte del puente, al sur los edificios escaseaban y las piedras redondas del pavimento y los parterres estaban poco cuidados.

En el centro de la Plaza Norte se erguía alta, apuntando al cielo, la gran torre del reloj. En lugar de torre del reloj, en realidad tal vez hubiera sido más exacto decir que tenía la forma de una torre del reloj. Porque, un día, sus agujas se inmovilizaron y el reloj perdió por completo su función.

Aquella torre cuadrada de piedra, con sus cuatro aristas apuntando a los cuatro puntos cardinales, se iba estrechando conforme ganaba en altura. En su cima había cuatro esferas, una en cada cara, con las ocho agujas señalando, para toda la eternidad, las diez y treinta y cinco minutos. Por los ventanucos que se vislumbraban un poco más abajo cabía suponer que la torre estaba hueca y que se podía ascender a la cima por una escalera o algo similar, pero no se veía entrada alguna. La torre era altísima, tanto que, para distinguir la hora que señalaban las agujas, era necesario cruzar el río y pasar al lado sur.

SINOPSIS

Dos historias paralelas se desarrollan en escenarios de nombre evocador: una transcurre en el llamado «fin del mundo», una misteriosa ciudad amurallada; la otra, en un Tokio de un futuro quizá no muy lejano, un frío y despiadado país de las maravillas.
En la primera, el narrador y protagonista, anónimo, se ve privado de su sombra, poco a poco también de sus recuerdos, e impelido a leer sueños entre unos habitantes de extrañas carencias anímicas y unicornios cuyo pelaje se torna dorado en invierno.
En la segunda historia, el protagonista es un informático de gustos refinados que trabaja en una turbia institución gubernamental, enfrentada a otra organización no menos siniestra en una guerra por el control de la información; sus servicios son requeridos por un inquietante científico que juguetea con la manipulación de la conciencia y de la mente y vive aislado en la red de alcantarillado, una red poblada por los tinieblos, tenebrosas criaturas carnívoras.

martes, 30 de septiembre de 2014

LOS SUEÑOS DE LA CASA DE LA BRUJA - H. P. Lovecraft

Se encontraba en la inmutable ciudad de Arkham, llena de leyendas, de apiñados tejados a la holandesa que se tambaleaban sobre desvanes donde las brujas se ocultaron de los hombres del Rey en los oscuros tiempos coloniales. Y en toda la ciudad no había lugar más empapado en recuerdos macabros que el desván que albergaba a Gilman, pues precisamente en esta casa y en este cuarto se había ocultado Keziah Mason, cuya fuga de la cárcel de Salem continuaba siendo inexplicable. Aquello ocurrió en 1692: el carcelero había enloquecido y desvariaba acerca de algo peludo, pequeño y de blancos colmillos que había salido corriendo de la celda de Keziah, y ni siquiera Cotton Mather pudo explicar las curvas y ángulos dibujados sobre las grises paredes de piedra con algún líquido rojo y pegajoso.


Posiblemente Gilman no debiera haber estudiado tanto. El cálculo no euclidiano y la física cuántica bastan para violentar cualquier cerebro, y cuando se los mezcla con tradiciones folklóricas y se intenta rastrear un extraño fondo de realidad multidimensional detrás de las sugerencias espantosamente crueles de las leyendas góticas y de los fantásticos susurros junto a una esquina de la chimenea, apenas puede esperar encontrarse completamente libre de una cierta tensión mental. Gilman era de Haverhill, pero sólo después de haber ingresado en el colegio universitario de Arkham empezó a asociar sus conocimientos matemáticos con las fantásticas leyendas de la magia antigua. Algo había en el ambiente de la vieja ciudad que actuaba oscuramente sobre su imaginación. Los profesores de la Universidad de Miskatonic le habían recomendado que fuera más despacio y habían reducido voluntariamente sus estudios en varios puntos. Además, le habían prohibido consultar los dudosos tratados antiguos sobre secretos ocultos que se guardaban bajo llave en la biblioteca de la Universidad. Pero estas precauciones llegaron tarde, de modo que Gilman pudo obtener algunos terribles datos del temido Necronomicón de Abdul Alhazred, del fragmentario Libro de Eibon, y del prohibido Unausspreclichen Kulten de Von Junzt, que correlacionó con sus fórmulas abstractas sobre las propiedades del espacio y la conexión de dimensiones conocidas y desconocidas.

SINOPSIS


Los sueños en la casa de la bruja (The Dreams in the Witch House) es un relato de terror del escritor norteamericano H. P. Lovecraft, escrito en 1932 y publicado en la edición de julio de 1933 de la revista Weird Tales.
La famosa Casa de la Bruja está ubicada en Arkham. Allí, Walter Gilman, un estudiante de matemática, irá descubriendo una serie de misteriosas desapariciones que comienzan doscientos años atrás, y que parecen desafiar toda lógica. El rasgo más destacable de Los sueños en la casa de la bruja es, precisamente, el abordaje que realiza Lovecraft sobre los inquietantes sueños que se producen al pernoctar en aquella casa maldita.

martes, 24 de junio de 2014

LA NOCHE DE LOS TIEMPOS - Antonio Muñoz Molina

Importa la precisión extrema. Nada real es vago. Ignacio Abel trae en la maleta su título de arquitecto y el diploma firmado por los profesores Walter Gropius y Karl Ludwig Rossman en Weimar en mayo de 1924. Conoce el valor de las medidas exactas y de los cálculos de resistencia de los materiales, del equilibrio entre fuerzas contrarias que mantiene en pie un edificio. Qué habrá sido del ingeniero Torroja, con el que le gustaba tanto conversar sobre los fundamentos físicos de la edificación, aprender cosas inquietantes sobre la insustancialidad última de la materia, la agitación demente de partículas en el vacío. Los dibujos esbozados en el cuaderno que lleva en uno de los bolsillos no serán nada si no se someten a la disciplina esclarecedora de la física y de la geometría. ¿Cómo eran esas palabras de Juan Ramón Jiménez que parecían la síntesis de un tratado de arquitectura? Lo neto, lo apuntado, lo sintético, lo justo. Ignacio Abel las tenía anotadas en un papel y las leyó en voz alta en la Residencia de Estudiantes, en la conferencia que dio el año pasado, el 7 de octubre de 1935. Nada sucede en un tiempo abstracto ni en un espacio en blanco. Un arco es una línea trazada sobre una hoja de papel y la solución de un problema matemático; peso convertido en ligereza por el juego de fuerzas contrarias; especulación visual que se transmuta en espacio habitable. Una escalera es una forma artificial tan necesaria y tan pura como la espiral de una caracola, tan orgánica como la arborescencia de los nervios de una hoja. 

SINOPSIS

Un día de finales de octubre de 1936 el arquitecto español Ignacio Abel llega a la estación de Pennsylvania, última etapa de un largo viaje desde que escapó de España, vía Francia, dejando atrás a su esposa e hijos, incomunicados tras uno de los múltiples frentes de un país ya quebrado por la guerra. Durante el viaje recuerda la historia de amor clandestino con la mujer de su vida y la crispación social y el desconcierto previo que precedieron al estallido del conflicto fratricida.
Es una gran novela de amor ambientada en el año previo al inicio de la guerra civil española. Por ella transitan personajes reales (Negrín, Moreno Villa, Bergamín…) y personajes de ficción, tejiendo una red colectiva que contextualiza la vivencia personal de un solo individuo y convirtiendo la narración en una sinfonía de asociaciones y sugerencias, en la caja de resonancia de toda una época. Este libro inolvidable es el máximo empeño literario de Antonio Muñoz Molina, y, sin duda alguna, un texto único sobre las raíces de la sociedad en que vivimos: la confrontación entre la desvalida necesidad personal de amor y la feroz carnavalada sangrienta de los fanatismos ideológicos que arrasan el mundo moderno

martes, 17 de junio de 2014

EL MAPA - T. S. Learner

Damien Tyson oteaba el horizonte desde el ventanal de su habitación en el hotel Ritz de Madrid, que había convertido en su cuartel general durante los últimos meses. Una vista carente de personas, un panorama de rectángulos, líneas horizontales y verticales, de ventanas cerradas, de tejados y hierro forjado, creando una suerte de cuadrícula matemática, un ritmo que Damien Tyson encontraba extrañamente confortador. Lo transportaba a otra parte, permitiéndole enfocar toda su inteligencia en un solo punto, de una manera tan precisa como lo haría un arma.

SINOPSIS

Laberintos, acertijos, brujería… y secretos milenarios. Un estudioso de literatura clásica de Oxford ha descubierto un antiguo pergamino. Un grupo de adoradores de la magia negra se ha congregado en Londres. Y hay un mapa que describe tres laberintos bajo la superficie de Europa. Un antiguo misterio aguarda a ser revelado… Perseguido por agentes secretos, protegiendo el mapa de enemigos invisibles, August Winthrop recorre una Europa asolada por la guerra. Pero el mapa le conducirá más lejos de lo que jamás hubiera soñado: al corazón de una serie de laberintos cuyo poder llegaría a cambiar el mundo.

viernes, 23 de mayo de 2014

EL SUEÑO DE GALILEO - Kim Stanley Robinson

El desconocido se aproximó a Galileo, se detuvo ante él, hizo una tiesa reverencia y luego le tendió la mano derecha. Galileo respondió con otra reverencia, tomó la mano y la estrechó. Era fina y alargada, como la cara del individuo.

En un latín gutural de acento muy extraño, con una voz aguda y cascada, el desconocido dijo:

—¿Sois domino signor Galileo Galilei, profesor de matemáticas en la Universidad de Padua?

—Así es. ¿Quién lo pregunta?

El hombre le soltó la mano.

—Soy un colega de Johannes Kepler. Recientemente hemos tenido la oportunidad de estudiar una de vuestras utilísimas brújulas militares.

—Me alegro mucho de oírlo —dijo Galileo con sorpresa—. He mantenido correspondencia con el signor Kepler, como imagino os habrá referido él mismo, pero nunca me lo contó en sus cartas. ¿Cuándo y dónde os conocisteis?

—El pasado año, en Praga.

Galileo asintió. La residencia de Kepler había cambiado tanto con los años que ya no intentaba mantenerse al corriente de su paradero. De hecho, no había respondido a su última carta al no haber podido terminar el libro que la acompañaba.

—¿Y de dónde sois vos?

—Del norte de Europa.

[...]

—¿De qué ciudad? ¿De qué país? —insistió Galileo.

—Echion Linea. Cerca de Morvran.

—No conozco tales ciudades.

—Viajo mucho. —La mirada del hombre estaba tan clavada en Galileo como si fuera la primera comida que veía en una semana—. En mi último viaje estuve en los Países Bajos, donde vi un instrumento que me hizo pensar en vos, a causa de la brújula que, como ya he dicho, me mostró Kepler. El artefacto holandés era una especie de cristal de observación.

—¿Como un espejo?

—No. Un cristal que se usa para mirar a través de él. O, más bien, un tubo con el que se pueden mirar las cosas, con una lente de vidrio a cada lado. Aumenta el tamaño de lo que se observa.

—¿Como la lente de un joyero?

—Sí…

—Esas lentes solo funcionan para cosas que están muy cerca.

—Pues éste permitía ver cosas situadas muy lejos.

—¿Cómo es posible?

El hombre se encogió de hombros.

Aquello sonaba interesante.

—Tal vez porque tenía dos lentes —dijo Galileo—. ¿Eran cóncavas o convexas?

El hombre abrió la boca, vaciló y luego volvió a encogerse de hombros. Estuvo a punto de ponerse bizco. Tenía ojos castaños, salpicados de manchas verdes y amarillas, como los canales de Venecia al llegar el crepúsculo.

—No lo sé —dijo finalmente.
 
Aquello decepcionó a Galileo.

—¿Tenéis uno de esos tubos?

—No aquí conmigo.

—Pero ¿tenéis uno?

—De ese tipo no. Pero sí.

—Y habéis decidido venir a contármelo.

—Sí. Por vuestra brújula. Hemos visto que, entre otras aplicaciones, se puede usar para calcular determinadas distancias.

—Pues claro. —Una de las principales funciones de la brújula era medir las distancias para los disparos de la artillería. A pesar de lo cual, pocos cuerpos u oficiales de esta arma habían adquirido una. Trescientas siete, para ser exactos, había conseguido vender a lo largo de un periodo de doce años.

—Tales cálculos serían más sencillos —dijo el desconocido— si pudierais ver las cosas desde más lejos…

—Muchas cosas serían más sencillas.

—Sí. Y ahora es posible
 
—Interesante —afirmó Galileo—. ¿Cómo decíais que os llamabais, signor?

El hombre apartó la mirada, incómodo.

—Veo que los artesanos están guardando sus enseres para marcharse. Os estoy entreteniendo, tanto a vos como a ellos, y tengo una cita concertada con un hombre de Ragusa. Volveremos a vernos…

SINOPSIS

En la Venecia del Renacimiento un extraño personaje aborda a Galileo y le facilita información clave para que desarrolle sus inventos.

En 1609, un extraño aborda a Galileo en las calles de Venecia y le habla de la existencia de un aparato para ver más de cerca las cosas lejanas. A partir de esa información, Galileo redescubre y mejora el telescopio, iniciando así sus observaciones astronómicas que le llevarían a la confirmación de la «hipótesis» copernicana y le conducirían al juicio por herejía.

Algún tiempo después el extranjero vuelve a aparecer en la vida de Galileo, esta vez para conducirlo a Europa, la segunda luna de Júpiter, en un futuro lejano donde se requiere su presencia para mediar entre varias facciones.

viernes, 16 de mayo de 2014

LA CINTA DE ESCHER - Abel Pohulanik

—Este es uno de los pocos trabajos que conservó Escher de su maestro en el arte del grabado, el profesor Samuel Jesserun de Mesquita, nacido en Portugal y desaparecido junto a su mujer y su hijo en el año 1944 en un campo de concentración nazi. Debemos justamente a Escher la recuperación de muchos trabajos de Mesquita, abandonados en el estudio después de su deportación.

Tendría que dejar para más tarde mi repentina duda de si el nombre de Araceli Mesquita era una casualidad o una impostura, porque siguiendo los pasos de la eficiente nórdica acababa de iniciar mi verdadera inmersión en el mundo de Maurits Cornelis Escher, nacido en 1898 y fallecido en 1972.

A los pocos minutos del recorrido caí en la cuenta de tres cosas: que yo era un absoluto ignorante, ya que se me perdían o no entendía la mitad de las explicaciones; que la rubita tenía el propósito de subrayar para mí ciertos aspectos, puesto que me miraba fijamente cuando repetía algunas palabras que se ajustaban perfectamente a las maquinaciones de Araceli; y finalmente que la citada azafata no llevaba bragas.

«En algunas de las litografías de Escher», dijo, por ejemplo, «hay tal extrañeza, pero al mismo tiempo tanta perfección, que no podemos hacer otra cosa que entregamos al placer de contemplarlas, de disfrutar de ellas, sin tratar de explicarlas con las leyes de la razón. Las figuras y los mundos creados por el artista se basan en la aplicación exhaustiva de las leyes de la perspectiva, la geometría y el cálculo matemático, pero su propósito no se limita a la perfección sino a la sugestión y el engaño. Esa supuesta mentira se produce por el simple deseo de jugar con ella, pero cuidado, tanto el creador como el espectador conocen y se entregan conscientemente a dicho engaño».

Poco a poco, siguiendo los pasos de aquella especie de brujita iniciática, fui pasando de la descalificación al respeto y luego a la admiración por aquel artista. En efecto: no podía quedarme en la simple postura del que dice «me gusta» o «no me gusta». Lo posible y lo imposible parecían fundirse en cada cuadro de una manera casi lógica, si no fuese porque una cascada no puede alimentarse de unas aguas que suben cuesta arriba como si tal cosa, o que unos reptiles se escapen de un dibujo plano para darse un garbeo sobre unos libros y después se sumerjan otra vez en el papel.

En la litografía Arriba y abajo creí descubrir a la doble de Araceli Mesquita, o la modelo que utilizó para sus cuadros. Era asi la misma: la mujer en la ventana, contemplando serena y eternamente a un niño que la mira desde abajo. Lleva el cabello recogido en un pequeño moño, igual que en sus dibujos, y también muy semejante al de un boceto de Jetta, la propia mujer de Escher. Pero ¿dónde había visto yo una casa y unas escaleras similares?

Ante la serie sobre ciclos y metamorfosis Celia me envió sus miradas más intensas. «El objeto representado», dijo más o menos (mientras yo comenzaba a pensar seriamente en el tiempo que llevaba sin follar con una nórdica), «no necesariamente debe tener existencia en nuestro mundo real, las figuras humanas, los peces y los pájaros tienen un lejano referente con la idea que tenemos de ellos, pero aquí son meros elementos de una demostración mayor». (Con la última, ya ni recordaba su nombre, había sido en un hotel de las Ramblas y recordé que tenía el pubis sedoso y casi albino). «Por ello son utilizados de forma reiterada y desde distintos puntos de vista, formando parte de tramas ajenas a toda normalidad, pero que al mismo tiempo ofrecen una lógica interna, propia del juego que propone Escher». (Celia tenía las manos largas, huesudas y rojas, como las pescaderas, y señalaba los cuadros abriendo los dedos en abanico, imitando con las manos los arabescos del dibujo). «Este hombrecillo, por ejemplo, puede ser uno o muchos, lo importante es que cumple una misión en el dibujo. Debe realizar un ciclo, una metamorfosis, someterse a cambios, antes de volver a su estado original, como veréis en esta litografía llamada Encuentros, puesto que se pierde en las sombras y las brumas de arriba y de abajo. De ser un elemento casi ornamental pasa brevemente por una etapa en la que es protagonista, antes de volver a esas sombras de donde salió por un instante». (Con el mismo arabesco de sus dedos acariciaría el vientre de su amante, sujetando con finura y eficacia el sexo que se acerca hacia su boca).

Al parecer, hubo intentos de explicaciones metafísicas y matemáticas de los dibujos de Escher, incluso las interpretaciones que llegó a conocer no le provocaron más que curiosidad, escepticismo o simple fastidio, cosa que me llevó inmediatamente a simpatizar con él y a pensar que, como yo, era un cínico apasionante. No se propuso demostrar teorías, salvo la eterna dualidad de todo: lo blanco podía pasar a ser negro, lo cóncavo era también convexo, no existía el arriba o el abajo, la izquierda o la derecha que todos conocemos, sino la infinita compenetración de mundos dispares, la existencia simultánea de universos imposibles.

Está claro que no presté mucha atención a ciertas explicaciones, perdido en mis propios interrogantes y tratando de adivinar, al mismo tiempo, si bajo la estrecha falda azul el pubis color paja de Celia se apretaría sobre la trama oscura de sus pantis, sin el estorbo de unas braguitas color carne. No obstante, algunos temas como el del dualismo, el error consciente o los espejos que no reflejan exactamente lo que está delante, acabaron por fijarse en mi memoria gracias a la insistencia de Celia, quien repitió, una y otra vez, que «todo dibujo es un engaño. Los espejos mágicos o las perspectivas de vértigo no invitan más que a la contemplación, al placer estético, dejando de lado todo intento de explicación».

¿De modo que no me quedaba otra salida que entregarme a aquel macabro juego?, me pregunté muchas veces, no sólo aquella mañana sino en los días sucesivos. ¿Pero acaso se puede jugar con una muerte, la de esa mujer a quién estaba seguro de no haber matado?

—… pero eran fruto de una investigación sobre las mismas —estaba diciendo uno de los del grupo—. ¿Eso no es una actitud demasiado intelectual para un artista?

Celia levantó las cejas y le endilgó una típica mirada de azafata asesina antes de contestar:

—Desde el punto de vista del artista, sí. Pero al espectador no le queda más remedio que aceptar que en la obra se contradice cualquier concepto a priori —me buscó con los ojos y continuó, mordiendo cada palabra—, como dijo uno de sus críticos: a nosotros nos queda sólo la excitación pasiva de su contemplación.

¡Excitación pasiva!, pensé sobresaltado. Vaya manera más directa y elegante de definir la condición que le impuse a Carelia para hacerle el amor. ¿Era yo el «hombrecillo» del cuadro, el espectador o el causante de la trama? «Todo», pareció contestarme la mirada de Celia, mientras explicaba las manos que salían del dibujo para dibujarse una a la otra. Era el mismo que vi en el pasillo de Carelia. (Ni oscuro, abigarrado o profuso; ni ensortijado, rebelde o desordenado; ni siquiera oloroso… el pubis de Celia sería ordenado, lacio, liso y sin tropiezos, como su larga perorata sobre Escher).

Pero a decir verdad, a lo largo de toda la visita, no dejé de encontrar paralelismos y conexiones entre las obras de Escher, las explicaciones de la guía y mis recientes experiencias. Allí estaba, por ejemplo, mi viejo y conocido «nudo» triangular, junto a otros nudos más complejos, cintas entrelazadas por las que transitaban eternamente hormigas y jinetes, y más cintas, con forma de serpientes o enredadas en un cubo, fingiendo protuberancias que bien miradas podían ser también agujeros apuntando al infinito.

Antes de terminar, confundido y perplejo, contemplé uno de los últimos y más perfectos grabados de Escher: en una estructura circular, formada por incontables eslabones que crecen desde el centro, se agrandan y otra vez se reducen hacia el borde, tres serpientes se enroscan entre los anillos, sacando hacia fuera sus cabezas. No se miran pero se presienten, enredando con perfecta simetría, una en la otra, sus largas y escamadas colas. Odio las serpientes, pero ahí estábamos otra vez, como en diabólica trinidad, Carelia, la pintora y yo. (Definitivamente: tendría que seducir a la azafata).

SINOPSIS

Un gigoló, un atractivo joven que cambia sexo por dinero en las calles de Barcelona, siente de pronto que su cinismo empieza a resquebrajarse. La inerte entrega de una clienta, Carelia M., que lo contrata cada domingo, va excitándole más allá de lo que le exige su trabajo de prostituto. Pero la atracción se convertirá en extrañeza y más tarde en terror cuando, la mañana en que arde el Liceo de Barcelona, los periódicos comunican la muerte de Carelia, con quien estuvo la noche anterior.
Y el protagonista, que jamás se ha preguntado por el erotismo de los demás ni por el suyo propio, debe ahora plantearse éste y otros interrogantes. ¿Qué significa el misterioso dibujo impreso en el sobre que contenía el dinero para pagar sus servicios ? ¿Qué tenía que ver él con la desafiante pasividad de esa clienta ?
Poco se imagina la trama insólita —hecha de engaño y placer— en la que se verá envuelto y que lo arrastrará, como un juguete sexual, de Barcelona a Madrid, Valencia y Venecia, ciudades en las que intentará desentrañar un enigma relacionado con los cuadros de C.M.Escher. Así como son tres los giros del nudo dibujado por Escher, las trilogías y simetrías parecen perseguir al gígolo. A través de varios episodios desconcertantes —cargados de una insistente sensualidad tan deseable como peligrosa— descubrirá las múltiples posibilidades del erotismo, hasta ese momento desconocido para él. Por fin, un último encuentro decidirá su destino.

sábado, 12 de abril de 2014

LAS AVENTURAS DE ARTHUR GORDON PYM - Edgar Allan Poe

El albatros es una de las más grandes y voraces de las aves de los mares del Sur. Pertenece a la especie de las gaviotas, y caza su presa al vuelo sin posarse nunca en tierra más que para ocuparse de las crías. Entre estas aves y el pingüino existe la amistad más singular. Sus nidos están construidos con gran uniformidad conforme a un plan concertado entre las dos especies: el del albatros se halla colocado en el centro de un pequeño cuadro formado por los nidos de cuatro pingüinos. Los navegantes han convenido en llamar al conjunto de tales campamentos rookery. Estas rookeries se han descrito más de una vez; pero como no todos mis lectores habrán leído estas descripciones, y como no tendré ocasión después de hablar del pingüino y del albatros, no me parece inoportuno decir algo aquí de su género de vida y de cómo hacen sus nidos.

Cuando llega la época de la incubación, estas aves se reúnen en gran número y durante varios días parecen deliberar acerca del rumbo más apropiado que deben seguir. Por último, se lanzan a la acción. Eligen un trozo de terreno llano, de extensión conveniente, que suele comprender tres o cuatro acres, situado lo más cerca posible del mar, aunque siempre fuera de su alcance. Escogen el sitio en relación con la lisura de la superficie, y prefieren el que está menos cubierto de piedras. Una vez resuelta esta cuestión, las aves se dedican, de común acuerdo y como movidas por una sola voluntad, a realizar, con exactitud matemática, un cuadrado o cualquier otro paralelogramo, como mejor requiera la naturaleza del terreno, de un tamaño suficiente para acoger cómodamente a todas las aves congregadas, y ninguna más, pareciendo sobre este particular que se resuelven a impedir la entrada a futuros vagabundos que no han participado en el trabajo del campamento. Uno de los lados del lugar así señalado corre paralelo a la orilla del agua, y queda abierto para la entrada o la salida.

Después de haber trazado los límites de la rookery, la colonia comienza a limpiarla de toda clase de desechos, recogiendo piedra por piedra, y echándolas fuera de las lindes, pero muy cerca de ellas, de modo que forman un muro sobre los tres lados que dan a tierra. Junto a este muro, por el interior, se forma una avenida perfectamente llana y lisa, de dos a dos metros y medio de anchura, que se extiende alrededor del campamento, sirviendo así de paseo general.

La operación siguiente consiste en dividir toda el área en pequeñas parcelas de un tamaño exactamente igual. Para ello hacen sendas estrechas, muy lisas, que se cruzan en ángulos rectos por toda la extensión de la rookery. En cada intersección de estas sendas se construye el nido de un albatros, y en el centro de cada cuadrado, el nido de un pingüino, de modo que cada pingüino está rodeado de cuatro albatros, y cada albatros, de un número igual de pingüinos. El nido del pingüino consiste en un agujero abierto en la tierra, poco profundo, sólo lo suficientemente hondo para impedir que ruede el único huevo que pone la hembra. El del albatros es menos sencillo en su disposición, erigiendo un pequeño montículo de unos veinticinco centímetros de altura y cincuenta de diámetro. Este montículo lo hace con tierra, algas y conchas. En lo alto construye su nido.
 
SINOPSIS
 
La única novela de Poe, que tantos y tan intensos cuentos escribió, es un verdadero friso de atrocidades: a un ritmo vertiginoso, en una atmósfera agobiante, se suceden tempestades, naufragios, hambre y canibalismo, matanzas, gritos, silencios opresores… En estas páginas obsesivas, recargadas, barrocas, no hay un momento de respiro para el lector, que se ve literalmente asediado —y acaso fascinado— por la destrucción y muerte que rezuman. Y no menos sorprendente es su misterioso final, en el que aparece esa inesperada figura velada que tenía «la perfecta blancura de la nieve». Verne no se resignó a ignorar el destino de Pym y lo imaginó en La esfinge de los hielos. 

domingo, 6 de abril de 2014

MATAR A LEONARDO DA VINCI - Christian Gálvez

«Es imposible que un templo posea una correcta disposición si carece de simetría y de proporción, como sucede con los miembros o partes del cuerpo de un hombre bien formado», decía el arquitecto romano Marco Vitruvio en el capítulo primero de su tercer libro de arquitectura.

El error en la búsqueda de las proporciones humanas se basaba en no saber diferenciar lo importante de lo urgente. Era urgente desentrañar el fenómeno pautado por Marco Vitruvio pero, a su vez, era necesario despejar la incógnita de qué era lo importante. Leonardo lo tuvo claro. Lo que pretendía era demostrar matemáticamente el canon de las proporciones humanas. El resto era secundario. Lo primero que haría sería dibujar un hombre cuyo cuerpo recrearía una cruz. Con ello, representaría la anatomía con sus miembros plenamente extendidos. Necesitaba un eje con el que diseñar el círculo donde contendría el estudio anatómico. No había posibilidad de errores. El ombligo, centro natural del cuerpo humano, era el epicentro del círculo que trazó con sumo cuidado. A partir de ahí, Leonardo evolucionaría el pensamiento. Si intentaba encajar el círculo dentro del cuadrado o viceversa, el resultado sería deforme. Bien los brazos o bien las piernas del hombre dibujado menguarían o engrandecerían en proporciones monstruosas.
 
—El elemento importante de la composición es el ser humano. No puedo prostituir su figura ante la geometría.
 
Leonardo pensó, discurrió. Probó con un trozo de papel nuevo, llenándolo de tinta con infinitas pruebas. Al final, la lógica, el sentido común, se impuso.
—Los problemas no tienen por qué tener una única solución. Tengo dos 
elementos: un círculo y un cuadrado. Tengo un cuerpo con un solo eje. ¡Añadiré un segundo eje!
 
Efectivamente, Leonardo, al añadir un segundo eje localizado en las partes genitales del hombre, que marcan la mitad del hombre, encajó el cuadrado como si de un simple y brillante puzle se tratara. Añadió dos brazos y sendas piernas para comprobar que matemáticamente era correcto y sonrió.
 
Por fin había desenmascarado el misterio. En honor a Vitruvio, el arquitecto, y a Vitruvio, su perro. Lo plasmó rápidamente en el último recoveco libre que agonizaba entre apuntes varios.
[...]
Debido a la escasez de espacio, sustituyó las palabras «cuadratura» y «círculo» por símbolos. El círculo, símbolo del todo, del universo, sin principio ni fin, representaba a Dios. El cuadrado, los cuatro puntos cardinales; incluso en el islamismo, la representación de las influencias de lo divino, lo angélico, lo humano y lo diabólico, como una vez le contó su madre cuando era niño. Las abreviaturas no restaban en absoluto importancia a tal descubrimiento. La simetría del cuerpo humano.

SINOPSIS
 
Europa, siglo XIV. Mientras España, Francia o Inglaterra ultiman su unificación, los Estados italianos se ven envueltos en conflictos permanentes por culpa de la religión, el poder y el ansia de expansión territorial. Lo único que les une es el renacimiento cultural de las artes, en el que los mecenas pujan por tener en sus filas a los mejores artistas del momento.
En la Florencia de los Médici, epicentro de este despliegue artístico, una mano anónima acusa a un joven y prometedor Leonardo Da Vinci de sodomía. Durante dos meses será interrogado y torturado hasta que la falta de pruebas lo ponga en libertad. Con la reputación dañada, Leonardo partirá hacia nuevos horizontes para demostrar su talento y apaciguar las secuelas psicológicas provocadas en prisión.
¿Quién lo acusó? ¿Con qué motivo? Mientras se debate entre evasión y venganza Leonardo descubrirá que no todo es lo que parece cuando se trata de alcanzar el éxito.

domingo, 30 de marzo de 2014

EL CONTADOR DE ARENA - Gillian Bradshaw

La caja estaba llena de arena, una arena fina, cristalina, casi blanca, que había sido humedecida primero y aplanada después hasta obtener una superficie uniforme y lisa como la de un pergamino de la mejor calidad. Pero la luz del sol, que caía oblicuamente con el atardecer, centelleaba aquí y allá sobre los granos, capturando facetas demasiado pequeñas como para que el ojo pudiera distinguirlas, facetas innumerables que generaban puntos diferenciados de luminosidad, y el joven que las observaba se encontró de repente preguntándose si sería capaz de calcular el número de granos.

Era una vieja caja de madera de olivo, llena de marcas y melladuras, con las esquinas protegidas por unos remaches de bronce mate, salpicados de rasguños que le otorgaban un nuevo brillo. El joven la sujetaba por una de esas arañadas esquinas, calculando: la caja tenía cuatro dedos de altura, sin contar la ranura donde se insertaba la tapa, y la arena la llenaba sólo hasta la mitad. No necesitaba medir la longitud ni la anchura: hacía tiempo que había marcado los bordes con unas muescas distanciadas entre sí por el grosor de un dedo, veinticuatro en el lado largo y dieciséis en el ancho. Se puso en cuclillas junto a la caja, que había colocado con mucho esmero en la parte más tranquila de la cubierta de popa del barco, lejos de la vista de los marineros. Con la ayuda de una de las piernas del compás, empezó a garabatear cálculos en la arena. «Supongamos que en una semilla de amapola caben diez granos de arena, y que en el ancho de un dedo caben veinticinco semillas de amapola. Entonces habría en la caja seis mil por cuatro mil por quinientos granos de arena. Seis mil por cuatro mil son dos mil cuatrocientas miríadas, que multiplicadas por quinientos…» Pestañeó con el entrecejo fruncido, se deslizó las manos distraídamente a lo largo de las piernas y la punta del compás le arañó la espinilla. Aún absorto en sus cálculos, se frotó el rasguño, se llevó el compás a la boca y mordisqueó la charnela mientras seguía con la mirada fija. Tenía ante sí un problema interesante: el número de granos de arena que había en la caja era mayor de lo que podía expresar. Una miríada, es decir, diez mil, era el mayor número que su idioma podía nombrar, y su sistema de escritura no disponía de ningún símbolo para el cero que pudiese extender los números indefinidamente. No había manera de concebir un número mayor que una miríada de miríadas. ¿Qué término podía encontrar para expresar lo inexpresable?

Empezó por lo que conocía. El mayor número que podía expresarse era una miríada de miríadas. Muy bien, ésa sería una nueva unidad. La miríada se escribía M, de modo que la otra unidad podría ser M con una línea debajo: M, ¿Cuántas de ellas necesitaría?

La superficie blanca que tenía ante los ojos quedó de pronto oscurecida por la sombra de un hombre, y oyó una débil voz tras de sí:

—¿Arquímedes?

El joven se sacó el compás de la boca y volvió la cabeza, radiante. Era delgado, de miembros largos y angulosos, y su aspecto al girarse era el de un saltamontes que se dispone a saltar.

—¡Son ciento veinte miríadas de miríadas! —exclamó triunfante, echándose hacia atrás un mechón de cabello castaño y mirando con sus brillantes ojos castaños a quien lo había interrumpido.

El hombre que estaba a sus espaldas (algo mayor que él, fornido, de cabello negro y con la nariz rota) lanzó un suspiro de exasperación.

—Señor —dijo—, estamos llegando a puerto.

SINOPSIS

Adelantado a su tiempo y conocido universalmente por el célebre principio que lleva su nombre, el griego Arquímedes fue un pionero del actual método científico, además de notable matemático y pensador. Discípulo de Euclides e hijo del astrónomo Fidias, su azarosa vida resulta tan apasionante como formidable el poder de su intelecto. En esta rigurosa novela histórica, Gillian Bradshaw —autora de grandes éxitos como El faro de Alejandría, Púrpura imperial, Teodora, emperatriz de Bizancio y El heredero de Cleopatra— presenta al lector un Arquímedes de carne y hueso, un ser humano excepcional que, inmerso en la convulsa época que le tocó vivir, tuvo que enfrentarse a múltiples dilemas. Deslumbrado por las maravillas de Alejandría tras una estancia de tres años y decidido a radicarse allí para siempre, el joven Arquímedes se ve obligado a volver a Siracusa, su ciudad natal, para ocuparse de su padre enfermo. El contraste no puede ser mayor: de la deslumbrante cuna del saber ha pasado a una ciudad entregada a los frenéticos preparativos para una cruenta guerra contra la poderosa Roma. Convertido por las circunstancias y el destino en el principal artífice de los ingenios bélicos con que se intentará repeler la invasión del coloso romano, Arquímedes atrae la atención del tirano Hierón, quien intenta retenerlo a toda costa en su corte. Y pese a que el mayor deseo del genial griego es volver a Alejandría para perfeccionar sus conocimientos y reunirse con Marco, el leal esclavo que lo ha acompañado desde siempre, un inesperado motivo lo empuja a permanecer en Siracusa, un motivo que ni siquiera su pasión por el saber y la ciencia podrá obviar y que, a la postre, lo obligará a recorrer un sendero salpicado de gloria, amor, guerra y traición.