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miércoles, 22 de julio de 2015

MORIR NO ES TAN FÁCIL - Belinda Bauer

Asintió y apartó el brazo del espacio vital de la chica. Podría haberle dicho que la palidez era por la emoción y no por las náuseas, y que esa sala de disección era donde su indagación se revelaría como un éxito o un fracaso. La búsqueda de respuestas que había emprendido cuando tenía ocho años, y que nadie se había mostrado dispuesto o capaz de facilitarle, hasta el punto de que había dejado de preguntarlas en voz alta.

No se lo contó a la chica porque no estaba en su naturaleza contarle nada a nadie.

Todos llevaban su ejemplar de Fundamentos de anatomía clínica y vestían una de las veinte batas de papel que les habían proporcionado en lo que parecía un paquete de regalo: pobres imitaciones de las batas blancas de algodón grueso que llevaban los médicos. También les habían facilitado un código de cuatro dígitos para que lo introdujeran en el teclado de entrada de la sala de disección. El de Patrick era el 4017, un número que no le gustaba nada; no tenía patrones ni progresiones, una cifra informe con tan solo picos. Se preguntó si merecería la pena abordar a otro alumno para ver si se lo cambiaba.

Justo al entrar había tres contenedores grandes llenos de guantes de látex azules. Pequeños, medianos y grandes. Mientras se los ponían se escaparon varias risitas nerviosas. Patrick cogió uno grande de la mano izquierda y tuvo que probarse otros seis antes de encontrar uno grande derecho. Se entretuvo calculando las probabilidades pero las cajas contenían un número indeterminado de guantes.

El látex azul ponía una nota irreverente de jovialidad en la sala de disección, como unos banderines de adorno en un funeral.

SINOPSIS

El cuerpo que Patrick Fort está examinando en clase de anatomía intenta decirle que ha sido víctima de un asesinato. La vida ya es suficientemente extraña para el obsesivo Patrick, que padece el síndrome de Asperger, incluso antes de tratar de resolver un posible homicidio. Sin embargo, se verá obligado a unir las sutiles piezas de un rompecabezas a través de pistas silenciosas que gritan por existir, en una sofisticada investigación que le hará sentirse vivo mientras tiene la muerte muy cerca.
Galardonada con el Premio Theakstons Old Peculier de Novela Negra 2014 por ser, según los miembros del jurado, «una obra totalmente absorbente y brillantemente escrita», Morir no es tan fácil es también una novela original y única, que inaugura una nueva manera de entender el thriller psicológico, y que llevará al lector hacia nuevos territorios: el de la perplejidad, la sonrisa extraña, el humor negro, el asombro y el miedo, con un final tan brillante como sorprendente.

martes, 24 de junio de 2014

SÉ LO QUE ESTÁS PENSANDO - John Verdon


—No puedo decir a ciencia cierta que fue así exactamente como se hizo. No obstante, es el único escenario creíble que se me ha ocurrido en todo el tiempo que he estado devanándome los sesos con esos números, y eso se remonta al día en que Mark Mellery vino a mi casa y me mostró la primera carta. 
Mellery estaba desconcertado y aterrado por la idea de que el autor de la carta lo conocía tan bien que era capaz de predecir en qué número pensaría al pedirle que pensara en cualquier número entre uno y mil. Noté el pánico en él, la sensación de fatalidad. Sin duda lo mismo tuvo que ocurrirles a las otras víctimas. Ese pánico era el objetivo del juego. ¿Cómo podía saber en qué número pensaría? ¿Cómo podía saber algo tan íntimo, tan personal, tan privado como un pensamiento? ¿Qué más sabía? Imagino que estas preguntas lo torturaron, que, literalmente, le volvían loco.

—Francamente, Dave —dijo Kline con mal disimulada agitación—, me están volviendo loco también a mí, y cuanto antes puedas responder, mejor.

—Condenadamente cierto —coincidió Rodríguez—. Vamos al grano.

—Si puedo expresar una opinión ligeramente contraria —dijo Holdenfield con preocupación—, me gustaría que el detective nos diera su explicación como crea conveniente, a su ritmo.

—Es embarazosamente simple —dijo Gurney—. Embarazoso para mí porque cuanto más pensaba en el problema, más impenetrable me parecía. Y averiguar cómo pudo hacer este truco con el número diecinueve no proyectó ninguna luz sobre cómo podía funcionar el asunto del seiscientos cincuenta y ocho. La solución obvia nunca se me ocurrió, hasta que la sargento Wigg contó su historia.

[...]

Gurney hizo un gesto de agradecimiento a Wigg antes de continuar.

—Supongamos, como la sargento ha sugerido, que nuestro obsesionado asesino dedicó dos horas al día a escribir cartas y que al final de un año había completado once mil, y que entonces las envió a una lista de once mil personas.

—¿Qué lista? —La voz de Jack Hardwick tenía la aspereza intrusiva de una verja oxidada.

—Es una buen pregunta, quizá la pregunta más importante de todas. Volveré sobre eso dentro de un minuto. Por el momento supongamos que la carta original (la misma carta idéntica) se envió a once mil personas pidiéndoles que pensaran en un número entre uno y mil. La teoría de la probabilidad predeciría que aproximadamente once personas elegirían correctamente. En otras palabras, hay una posibilidad estadística de que once de esas once mil personas que pensaran en un número al azar eligieran el número seiscientos cincuenta y ocho.

La mueca de Blatt estaba adquiriendo proporciones cómicas.

Rodríguez negó con la cabeza con incredulidad.

—¿No estamos cruzando la línea desde la hipótesis a la fantasía?

—¿A qué fantasía se está refiriendo? —Gurney sonó más desconcertado que ofendido.

—Bueno, estos números que está lanzando, no tiene ninguna base real. Son todos imaginarios.

[...]

Y aun así, en un sueño, uno podía ahogarse en tristeza.

Cielo santo, ahora no hay tiempo para la introspección.

Gurney volvió a concentrarse a tiempo para oír a Rebecca Holdenfield diciendo en esa voz seria de Sigourney Weaver.

—Personalmente, no creo que la hipótesis del detective Gurney sea fantasiosa. De hecho, me resulta convincente y pediría otra vez que le permitieran completar su explicación.

Dirigió su solicitud a Kline, quien levantó las palmas de las manos como para decir que ésa era la intención obvia de todos.

—No estoy diciendo —dijo Gurney— que exactamente once personas de once mil eligieran el número seiscientos cincuenta y ocho, sólo digo que once es el número más probable. No sé suficiente de estadística para recurrir a las fórmulas de probabilidad, pero quizás alguien pueda ayudarme con eso.

Wigg se aclaró la garganta.

—La probabilidad relacionada con un rango sería mucho más alta que la de un número específico en el rango. Por ejemplo, no apostaría la casa a que once personas entre once mil elegirían un número concreto, pero si añadiéramos un rango de más o menos, pongamos, siete en cada dirección, estaría muy tentada de apostar a que el número de personas que lo elegirían caería en ese rango. En este caso, que seiscientos cincuenta y ocho sería el número elegido por, al menos, cuatro personas, y por no más de dieciocho.

Blatt miró a Gurney con ojos entrecerrados.

—¿Está diciendo que ese tipo envió cartas a once mil personas y que el mismo número secreto estaba escondido dentro de esos sobrecitos cerrados?

—Ésa es la idea general.

Los ojos de Holdenfield se ensancharon de asombro al expresar en voz alta sus pensamientos.

—Y fueran los que fueran, cada persona que eligiera el seiscientos cincuenta y ocho por cualquier razón, y luego abriera ese sobrecito interior y encontrara la nota en la que decía que el autor lo conocía lo bastante bien para saber que elegiría el seiscientos cincuenta y ocho… Dios mío, ¡qué impacto tendría!

—Porque —añadió Wigg— nunca se le ocurriría que no era el único que había recibido esa carta. Nunca se le ocurriría que era la persona de entre cada mil que elegía ese número. La escritura manuscrita era la guinda del pastel. Hizo que todo pareciera totalmente personal.

—Dios —gruñó Hardwick—, lo que nos está diciendo es que tenemos un asesino en serie que usa una campaña de marketing directo para elegir víctimas.

—Es una manera de verlo —dijo Gurney.

SINOPSIS

Un hombre recibe una carta que le urge a pensar en un número, cualquiera. Cuando abre el pequeño sobre que acompaña al texto, siguiendo las instrucciones que figuran en la propia carta, se da cuenta de que el número allí escrito es exactamente en el que había pensado. David Gurney, un policía que después de 25 años de servicio se ha retirado al norte del Estado de Nueva York con su esposa, se verá involucrado en el caso cuando un conocido, el que ha recibido la carta, le pide ayuda para encontrar a su autor con urgencia. Pero lo que en principio parecía poco más que un chantaje se ha acabado convirtiendo en un caso de asesinato que además guarda relación con otros sucedidos en el pasado. Gurney deberá desentrañar el misterio de cómo este criminal parece capaz de leer la mente de sus víctimas en primer lugar, para poder llegar a establecer el patrón que le permita atraparlo.

martes, 10 de junio de 2014

EL ASEDIO - Aruro Pérez-Reverte


—Ajustándonos a su hipótesis, nada sería imposible en una ciudad como ésta. Cádiz es un barco situado en medio del mar y los vientos. Hasta las calles y las casas se construyen para enfrentarlos, canalizarlos y combatirlos. Usted habló de vientos, sonidos... Hasta olores, dijo... Todo eso está en el aire. En la atmósfera.

El policía mira de nuevo las piezas comidas a ambos lados del tablero. Al cabo, pensativo, coge el rey blanco y lo coloca entre ellas.

—Tendría gracia que, al final, siete asesinatos de mujeres jóvenes fuesen consecuencia de una situación atmosférica...

—¿Por qué no? Está probado que determinados vientos, en función de su sequedad y temperatura, actúan directamente sobre los humores, activando el temperamento. La locura o el crimen son más frecuentes en lugares sometidos a su fuerza constante, o periódica... Es poco lo que sabemos sobre los abismos más oscuros del ser humano.

El profesor ha abierto al fin la tabaquera, aspira una pulgarada de rapé y estornuda discretamente, con placer.

—Todo esto es muy vago, por supuesto —añade mientras se sacude la pechera del chaleco—. No soy un científico, Pero cualquier ley general de la Naturaleza es aplicable a situaciones mínimas... Lo que vale para un continente o un océano podría valer para una calle de Cádiz.

Ahora es Tizón quien pone un dedo sobre un escaque del tablero: allí donde estaba el rey vencido.

—Imaginemos entonces —propone— que hay lugares concretos, puntos geográficos donde los períodos de los fenómenos físicos guardan relación entre sí, o se combinan de forma distinta a como lo hacen en otros lugares...

[...]
 
—Bueno —responde Barrull tras considerarlo un poco más—. No seríamos los primeros en pensar eso. Hace casi dos siglos, Descartes entendía el mundo como un plenum: un conjunto estable, hecho o lleno de una materia sutil, en cuyo interior hay pequeños huecos, o remolinos. Como las celdillas de un panal irregular en torno a las que gira la materia.

—Repita eso, don Hipólito. Despacio.

El otro guarda la tabaquera. Se ha vuelto a mirar al policía. Después baja de nuevo la vista al tablero de ajedrez.

—No es mucho más lo que puedo decirle. Se trata de lugares donde las condiciones físicas son distintas al resto. Vórtices, llamó a esos puntos.

—¿Vórtices?

—Eso es. Comparados con la inmensidad del universo, se trataría de lugares minúsculos donde ocurren cosas... O no ocurren. O se producen de manera diferente.

[...]

—Lugares distintos, que influyen en el mundo —concluye—. En las personas, en las cosas, en el movimiento de los planetas...

Lo deja ahí, como si no se atreviese a más. Tizón, que chupaba el cigarro, se lo quita de la boca. —¿En la vida y en la muerte?... ¿En la trayectoria de una bomba?

Ahora el profesor lo mira preocupado, con el aspecto de quien ha ido demasiado lejos. O teme haber ido.

—Oiga, comisario. No se haga demasiadas ilusiones conmigo. Lo que necesita es un hombre de ciencia... Yo sólo soy alguien que lee. Un curioso familiarizado con un par de cosas. Hablo de memoria y con errores, seguramente. No faltará en Cádiz quien...

—Responda a mi pregunta, por favor.

Aquel por favor parece sorprender al otro. Quizá sea la primera vez que oye esa palabra en boca de Rogelio Tizón. Tampoco éste recuerda haberla pronunciado con sinceridad desde hace años. Puede que nunca.

—No es un disparate —dice el profesor—. Descartes sostenía que el universo está formado por un conjunto continuo de vórtices bajo cuya influencia se mueven los objetos que se encuentran en él... Newton rebatió luego esa concepción de las cosas con su idea de las fuerzas que actúan a distancia, a través de un vacío; pero no pudo desmontarla por completo, quizá porque era demasiado buen científico para creer ciegamente en su propia teoría... Al fin, el matemático Euler, tratando de explicar movimientos de planetas según la física de Newton, rehabilitó parcialmente a Descartes en ese terreno, argumentando a favor de los viejos vórtices cartesianos... ¿Me sigue?

—Sí. Con cierta dificultad.

—Usted lee el francés, ¿verdad?

—Me defiendo.

—Hay un libro que puedo prestarle: Lettres a une Princesse d'Allemagne sur divers sujets de Physique et de Philosophie. Son las cartas de Euler a la sobrina de Federico el Grande de Prusia, que era aficionada al asunto. Ahí detalla, de forma bastante asequible para gente como nosotros, la idea de esos vórtices o remolinos de los que le hablo... ¿Le apetece otra partida, comisario?

A Tizón le cuesta un momento establecer de qué partida habla su interlocutor, hasta que se da cuenta de que éste señala el tablero.

—No, gracias. Ya me ha descuartizado bastante por hoy.

—Como quiera.

Mira el policía la línea recta de humo que asciende de su cigarro. Al cabo agita levemente los dedos, y ésta se convierte en suaves espirales. Rectas, curvas y parábolas, piensa. Tirabuzones de aire, de humo y de plomo, con Cádiz como tablero.

SINOPSIS


Cádiz, 1811. España lucha por su independencia mientras América lo hace por la suya. En las calles de la ciudad más liberal de Europa se libran batallas de otra índole. Mujeres jóvenes aparecen desolladas a latigazos. En cada lugar, antes del hallazgo del cadáver, ha caído una bomba francesa. Eso traza sobre la ciudad un mapa superpuesto y siniestro: un complejo tablero de ajedrez donde la mano de un jugador oculto —un asesino despiadado, el azar, las curvas de artillería, la dirección de los vientos, el cálculo de probabilidades— mueve piezas que deciden el destino de los protagonistas: un policía corrupto y brutal, la heredera de una importante casa comercial gaditana, un capitán corsario de pocos escrúpulos, un taxidermista misántropo y espía, un enternecedor guerrillero de las salinas y un excéntrico artillero a quien las guerras importan menos que resolver el problema técnico del corto alcance de sus obuses.

El asedio narra el pulso asombroso de un mundo que pudo ser y no fue. El fin de una época y unos personajes condenados por la Historia, sentenciados a un vida que, como la ciudad que los alberga —una Cádiz equívoca, enigmática, sólo en apariencia luminosa y blanca—, nunca volverá a ser la misma.

martes, 3 de junio de 2014

LA PROBABILIDAD ESTADÍSTICA DEL AMOR A PRIMERA VISTA - Jennifer E. Smith

En el otro extremo del salón su padre y Charlotte están prácticamente parados con los ojos fijos en ella. Pero cuando sus miradas se cruzan, su padre le sonríe con complicidad y Hadley no puede evitar sonreír también.

Esta vez, cuando toma la mano que Oliver le tiende para bailar, este tira de ella hasta que están muy juntos.

—¿Qué ha sido del baile de toda la vida? —le pregunta Hadley con la cara pegada a su hombro—. ¿No es así como bailan todos los caballeros ingleses?

Cuando Oliver contesta puede oír la sonrisa en su voz:

—Estoy trabajando en mi proyecto de investigación sobre maneras de bailar.

—¿Eso quiere decir que ahora nos toca el tango?

—Solo si te atreves.

—Ahora en serio. ¿Qué estás estudiando?

Oliver se retira un poco para mirarla.

—La probabilidad estadística de enamorarse a primera vista.

—Muy gracioso. Anda, dime la verdad.

—Es la verdad.

—Pues no te creo.

Oliver ríe y después se inclina hasta situar los labios junto al oído de Hadley.

—Dos personas que se conocen en un aeropuerto tienen un setenta y dos por ciento más de probabilidades de enamorarse que dos que se conozcan en cualquier otro sitio.

—Estás como una cabra —dice Hadley apoyando la cabeza en el hombro de Oliver—. ¿No te lo han dicho nunca?

—Pues sí —contesta Oliver riendo—. Tú, de hecho. Unas cien veces hoy.

—Bueno. Hoy ya casi se ha acabado —dice Hadley mirando el reloj dorado en la pared opuesta del salón—. Solo quedan cuatro minutos, son las once y cincuenta y seis.

—Eso significa que nos conocimos hace veinticuatro horas.

—Parece mucho más tiempo.

Oliver sonríe.

—¿Sabías que dos personas que se encuentran por lo menos tres veces en menos de veinticuatro horas tienen un noventa y ocho por ciento más de probabilidades de volver a encontrarse?

Esta vez Hadley no se molesta en llevarle la contraria. Aunque solo sea por una vez, prefiere pensar que Oliver tiene razón.

SINOPSIS



lunes, 2 de junio de 2014

LA VARIABLE HUMANA - Rodrigo Martín Noriega

Alfred Keitel miró su reloj una vez más, ajeno a las conversaciones de los estudiantes que llenaban la cafetería de la universidad en ese frío mediodía de noviembre. Supuso que el retraso de su ilustre colega Samuel Bates tenía como propósito ponerle nervioso o mostrarle a las claras su desprecio y la poca ilusión que le hacía aquella cita. Sonrió. Tenía que admitir que para un hombre a punto de cumplir los setenta años perder el tiempo era un lujo, pero no podía reprocharle nada a Samuel ni a sus pequeñas y mezquinas venganzas. Hace años Keitel refutó una de las teorías de Bates en un acalorado enfrentamiento académico que dejó la fama de Samuel hecha añicos en el competitivo mundo de los matemáticos profesionales. Lo más cruel de todo es que Samuel había sido uno de sus mejores alumnos, pero para Alfred Keitel los sentimientos no tenían nada que ver con las matemáticas. Tal vez fueran la única cosa en el mundo de la que podía afirmarse algo así.

—Alfred…

La voz de Samuel le devolvió al presente.

—Lo sé, llego tarde, pero me debo a mis alumnos —dijo con una sonrisa seca mientras se sentaba frente a Keitel sin ni tan siquiera quitarse la chaqueta.

—¿Quieres tomar algo?

—No gracias Alfred, tengo mucha prisa. De hecho podrías haberme escrito un mail.

—Odio los ordenadores. —El tono de voz de Alfred fue tan sombrío que Samuel se sintió intimidado a su pesar.

—Pues aquí me tienes.

Alfred apartó su taza de café y cruzó las manos sobre la mesa, como hacía cuando se disponía a revisar un examen delante de un alumno. Él también tenía sus propios trucos.

—Háblame de John Farrell.

Samuel cruzó los brazos a la defensiva. No le gustaba que nadie se metiera en sus asuntos.

—¿Por qué?

—Sé que tú diriges su investigación y que aspira a ser profesor asociado de tu departamento. Su currículo es excelente.

—¿Y?

—Lleva un mes escribiéndome. Quiere consultar algunas cosas conmigo.

Samuel palideció. Su orgullo se sintió golpeado ante aquella revelación. Alfred Keitel era un dinosaurio, una reliquia de los viejos tiempos. Puede que en otra época hubiera sido un genio, pero después de su misteriosa crisis personal de hacía unos años había abandonado la investigación y la docencia activa. La universidad le mantenía su despacho más en consideración a su prestigio que a su actividad real, como si fuera un oráculo cuya sabiduría pudiera iluminar a los demás por su mera presencia. Por eso Samuel recibió como una puñalada el saber que uno de sus pupilos se acercaba a sus espaldas al viejo Keitel. ¿Acaso Samuel no era lo suficientemente bueno para el joven y engreído Farrell?

—No sé qué decirte que no puedas suponer. Extraordinariamente inteligente pero con tendencia a perderse en sus propias abstracciones. Como muchos de nosotros a su edad, confía en el poder ilimitado de las matemáticas para ordenar el mundo, pero sus aspiraciones son por suerte mucho menos ambiciosas, e incluso de una ingenuidad sonrojante —explicó Samuel sin poder disimular los sentimientos contradictorios que John Farrell provocaba en él. Posiblemente aquel joven fuera el mejor entre todos los becarios de su departamento, pero a veces su condescendencia y la irritante seguridad en sí mismo que mostraba le molestaban profundamente. Y por encima de todo, Samuel intuía que John se creía mejor que él, y que recurriera a Keitel no hacía sino aumentar esa sensación.
[...]
—¿A qué te refieres con ingenuidad?

—Bueno, John Farrell cree que sería capaz de componer a la altura de Mozart o Bach con un mero programa informático basado en sistemas de combinatoria y estadística.

—Notas musicales seleccionadas arbitrariamente. Nada del otro mundo. Tal vez un programa compusiera algo parecido a Para Elisa tras probar cientos de combinaciones. El mono que escribiría las obras compuestas de Shakespeare tecleando en una máquina de escribir —argumentó Keitel intentando sacar más información y sin tener muy claro de si aquello le tranquilizaba o agudizaba sus temores.

—No exactamente. Lo que Farrell pretende es crear un programa que componga las obras que Beethoven hubiera compuesto de haber seguido vivo, no que componga lo mismo, si es que el verbo componer tiene algún sentido aquí. Es decir, el mono de Farrell escribiría la secuela de Hamlet, por decirlo de alguna manera. Y no aleatoriamente, a la primera.

Keitel tardó un largo segundo en hablar.

—¿Y cómo pretende conseguir algo así?

—Con las matemáticas. x al cuadrado igual a La pasión según San Mateo.

Samuel parecía irritado. Como hombre pragmático, creía que la ciencia debía estar al servicio de los intereses reales de la humanidad, y por eso no soportaba que el talento (algo de lo que John Farrell andaba sobrado, no podía negarlo) se malgastara en fantasías y ensoñaciones que podían servir de entretenimiento para congresos de matemáticos pero cuya utilidad práctica era nula.
[...]
—Dime una cosa, Samuel —dijo Keitel para interrumpir el curso de sus pensamientos—. ¿Crees que lo conseguirá?
Bates miró a su antiguo profesor con cara de no haber entendido la pregunta.

—¿A qué te refieres?

—Muy sencillo. Si lo que Farrell pretende fuera posible, ¿crees que este joven tiene la capacidad necesaria para llevarlo a cabo?

—Puedo decirte que él está convencido de ello. Pero todo su proyecto parte de una premisa errónea que él es incapaz de ver.

—¿Cuál?

—Olvida la inspiración.

—¿La inspiración?

—Ningún programa informático, ningún sistema matemático tendrán nunca talento creativo, inspiración, el soplo divino, si lo prefieres.
[...]
—Supongo que tienes razón —concluyó finalmente—. En cualquier caso será una pena que John Farrell malgaste sus mejores años en un proyecto condenado al fracaso.
—Yo solo soy su director, me limito a observar, evaluar o aconsejar. Pero John no escucha a nadie. Él dice que su proyecto es solo el primer paso.
Keitel sintió un escalofrío recorriendo su espalda, como si detrás de él alguien hubiera abierto una puerta.

—¿El primer paso de qué?

—El primer paso. Es lo único que dice. Por desgracia para él no habrá un segundo paso y desperdiciará unos años preciosos para descubrirlo.

Samuel Bates miró su reloj para indicar que la conversación había terminado.

—Tengo que irme, Keitel.

—Gracias por haber venido.

SINOPSIS

John Farrell es un genio de las matemáticas decidido a explorar los límites de esa ciencia que puede explicar el mundo. Utilizando las matemáticas, consigue emular a Chopin con resultados asombrosos, pero quiere ir más allá: ¿hay algo que no pueda explicarse con las matemáticas, con la lógica? ¿Hasta dónde puede llegar el hombre con ellas? Novela sobre la ciencia, la música y la filosofía, este brillante relato de construcción impecable atrapa al lector desde la primera página por su agilidad y su capacidad de plantear con sencillez grandes cuestiones, mientras nos implica en una trama que sorprende. Su autor, para quien la amenidad es aliada imprescindible, narra una historia que se permite interrogarnos a la vez sobre el verdadero sentido de la libertad humana, sobre el destino y los límites del hombre para manejarlo. Hacia el final, la intriga alcanza su clímax y logra sobresaltar una vez más al lector con un desenlace propio de la mejor novela negra.
Esta novela ha obtenido el Premio de Novela Corta 2012 de la Fundación MonteLeón. El jurado estuvo compuesto, entre otros, por los novelistas y miembros de la real Academia española Luis Mateo Díez y José María Merino. En palabras de este último, se trata de una «excelente obra» que roza la ficción científica realizada con «brillantez y concisión», además de ser entretenida. Por su parte, Luis Mateo Díez ha considerado un acierto haber escogido el género de novela corta, que supone un gran reto literario. En su opinión, La variable humana es un trabajo «sorprendente, inquietante y complejo».

domingo, 6 de abril de 2014

EL CASO DE LOS BOMBONES ENVENENADOS - Anthony Berkeley

»No les pasará inadvertida la semejanza con el caso Bendix, particularmente en cuanto al uso de una muestra como instrumento del crimen. Como dijo Mrs. Fielder-Flemming, la semejanza es demasiado estrecha para ser casual. Nuestro asesino tiene que haber conocido el caso Wilson, y el éxito obtenido por su autor. La verdad es que puede haber existido un móvil poderoso. Wilson se dedicaba a provocar abortos, y alguien ha de haber deseado castigarle. Un caso de conciencia, me imagino. Hay personas que la tienen. En este factor reside la segunda analogía con nuestro crimen.Sir Eustace era reconocidamente un peligro para la sociedad. Y ello va en apoyo de la teoría policial sobre un fanático anónimo. En mi opinión, tal punto de vista es muy defendible. Pero debo seguir con mi exposición.

»Alcanzada esta etapa, preparé una tabla de mis conclusiones e hice una lista de las condiciones que debía llenar el criminal. Estas condiciones son tantas y tan diversas, Sir Charles, que, si fuese posible hallar a alguien que las llenase, las probabilidades de que fuese el culpable serían no ya de un millón, sino de varios millones contra uno. No es ésta una afirmación ligera, sino un hecho matemáticamente establecido.

»He anotado doce condiciones, y las probabilidades matemáticas de que se cumplan en un solo individuo son, según mis cálculos, de cuatrocientos setenta y nueve millones mil seiscientas contra una. Y esto sería, no lo olviden ustedes, siempre que las probabilidades fuesen parejas. Pero no lo son. Por ejemplo, que el asesino tenga nociones de criminología es una probabilidad de diez contra una. En cambio, que tenga oportunidades de obtener papel de escribir de la casa Mason es de ciento contra una.

»Bueno, en conjunto —afirmó Bradley—, yo diría que las probabilidades son aproximadamente de cuatro billones setecientos noventa mil millones quinientas dieciséis mil cuatrocientas cincuenta y ocho contra una. En otros términos, es una imposibilidad. ¿No lo creen ustedes?

Todos estaban demasiado anonadados por las cifras astronómicas citadas por Bradley para mostrarse en desacuerdo.

—Muy bien, estamos todos de acuerdo, pues —dijo Mr. Bradley alegremente—. Leeré mi lista.

Luego de buscar en su libreta, comenzó a leer

SINOPSIS

El caso de los bombones envenenados es una de las cumbres del policíaco a la inglesa, el Who done it? que domina en la etapa clásica de su desarrollo. Lo que hace única a esta narración (y a esta intriga) es el admirable procedimiento del autor. Se comete un crimen ante el que Scotland Yard se siente impotente y un grupo de aficionados, un Círculo del Crimen, se confabula para encontrar la solución al enigma. Se darán tantas soluciones como componentes hay del grupo y lo extraordinario es que todas ellas explican el enigma, mas sólo una es la verdadera. Pero hay más: el remate perfecto es que esta vez no se produce la acostumbrada reunión final en la que el agudo detective explica al fin el misterio a sus atónitos oyentes; por el contrario, los oyentes no son simples personajes sino auténticos detectives aficionados y, lo más admirable, es el lector quien tiene que deducir del soberbio y sugerente final quién es el asesino conjuntamente con ellos. Un prodigio de construcción novelesca de la intriga. Una obra maestra.

lunes, 31 de marzo de 2014

LOS CRÍMENES DEL NÚMERO PRIMO - Reyes Calderón

Iturri dejó que hablara. Un agente de campo no tenía muchas ocasiones de abrir su alma y volcar su bilis al exterior.

—¿Tiene usted hijos, inspector?

Se esperaba la pregunta. Siempre la hacían los casados, la mayoría de las veces, aunque al parecer no en ésta, para quejarse del peso de las cargas familiares.

—Soltero, de momento —respondió de inmediato.

Llevaba el latiguillo bien aprendido.

—¿Y cómo lo resiste? ¿Toma tranquilizantes, bebe, se droga?

Iturri pensó fugazmente en su afición al coñac, pero de inmediato borró esa idea de la cabeza.

—Lo cierto es que hago algo más sencillo y más sano: pienso en los porcentajes; ellos me consuelan.

—¿Porcentajes? ¿Es usted el agente Iturri de la Interpol o me han pasado con el profesor de matemáticas?

—Emilio, lo que usted y yo nos vemos obligados a contemplar son los comportamientos desviados, los que se encuentran en las colas de la campana de Gauss. Muy separados del comportamiento normal, no representan más que una ínfima parte de las conductas ordinarias. Lo habitual, lo frecuente, lo que hace la mayoría es actuar decentemente y apreciarse los unos a los otros. Lo normal, lo frecuente es que las mujeres sean heroicas y, como la suya, tengan hijos, les quieran, les cuiden y den su vida por ellos. Lo normal, lo frecuente es que los padres como usted se alegren de poner una gota más de bondad y belleza en el mundo. Ése es el porcentaje correcto: el noventa y nueve por ciento. Pero usted y yo tenemos la desgracia de ver el mundo con el cristal de los descarriados, siempre de color negro, siempre lleno de dolor. De vez en cuando es conveniente pensar en el noventa y nueve por ciento restante.

—Sí, tiene razón, inspector. Lo siento, me ha pillado en un mal momento. Quizá sea verdad que estoy cansado. ¿En qué puedo ayudarle?

—En realidad, no lo sé. Tengo entre manos un posible robo sacrílego y me dicen que usted sigue ese tipo de cuestiones.

—En efecto, lo hago, pero necesitaría que enfocara algo mejor el objetivo.


SINOPSIS



La juez Lola MacHor está a punto de enfrentarse a la experiencia más terrible de su carrera: dos cuerpos con vestes clericales son encontrados en una remota ermita, brutalmente asesinados; los cadáveres aparecen rodeados por una importante cantidad de dinero y de un antiguo Lignum Crucis. Poco después, el arzobispo de Pamplona recibe en su palacio un extraño paquete: un dedo humano dentro de un pequeño ataúd. A partir de estos hechos, obra sin duda de una mente calculadora y perversa, la juez inicia una investigación que la llevará a adentrarse en el corazón de las tinieblas.

Con la colaboración de Juan Iturri, inspector de la Interpol y viejo amigo, y la inesperada ayuda del padre Chocarro, un antiguo matemático reconvertido en místico, empieza la búsqueda del asesino. Pero los crímenes no han hecho sino comenzar. Y pronto descubrirán que ellos mismos forman parte de un plan mucho más amplio, donde las voces del pasado resuenan con los ecos de la venganza, y sus propias vidas están en peligro. En una carrera contra el tiempo, sólo disponen de una pista para localizar al autor de los crímenes: un número primo.

jueves, 20 de febrero de 2014

CÁLCULO DE PROBABILIDADES - Mario Benedetti

Cada vez que un dueño de la tierra proclama
para quitarme este patrimonio
tendrán que pasar
sobre mi cadáver
debería tener en cuenta
que a veces
pasan.

jueves, 5 de diciembre de 2013

NACIDO EN UN DÍA AZUL - Daniel Tammet

Las matemáticas eran, claro está, una de mis asignaturas favoritas en el colegio. El primer día del curso, cada alumno debía completar un examen de esta materia a partir del que se le clasificaba según su capacidad y se le concedía un lugar en el grupo uno (el más alto), dos, tres o cuatro. A mí me pusieron en el uno. Desde mi primera experiencia en la clase me di cuenta de que las lecciones iban mucho más rápidas que las de la escuela primaria. Todo el mundo en el aula parecía implicado e interesado y se enseñaba un abanico muy amplio de temas, entre los que yo tenía mis favoritos: secuencias numéricas como la Fibonacci (1, 1, 2, 3, 5, 8, 13, 21, 34, 55…), donde cada nuevo término en la serie proviene de la suma de los dos precedentes; gestión de datos (como calcular la media y la mediana de un grupo de números), y problemas de probabilidad.

La probabilidad es algo que a mucha gente le parece poco lógica. Por ejemplo, la solución al problema: «Una mujer tiene dos hijos, uno de los cuales es una niña. ¿Cuál es la probabilidad de que el otro hijo sea también chica?». No es la mitad, sino un tercio. Y es así porque sabiendo que la mujer ya tiene una niña y por lo tanto no puede tener dos niños, las posibilidades restantes son: NC (niño y chica), CN (chica y niño) y CC (chica y chica).

El «problema de las tres tarjetas» es otro ejemplo de problema de probabilidad que produce una solución aparentemente ilógica. Imagina que tienes tres tarjetas: una es roja por ambos lados, otra es blanca por ambos lados, y la otra es roja por un lado y blanca por el otro. Una persona las coloca en una bolsa y las mezcla, antes de extraer una y ponerla boca arriba sobre la mesa. Aparece una cara roja. ¿Qué probabilidad existe de que la otra cara también sea roja? Algunas versiones de este problema señalan que como sólo hay dos tarjetas con lados rojos, una con un segundo lado rojo y la otra con una cara blanca, las posibilidades de que la tarjeta en el ejemplo fuese igualmente roja o blanca por debajo serían de la mitad. No obstante, la probabilidad real de que la tarjeta sea roja por el otro lado es de dos tercios. Para comprenderlo, imagina que se escribe la letra «A» en una de las caras de la tarjeta con dos caras rojas, y «B» en la otra. En la tarjeta con un lado rojo y otro blanco, se escribe la letra «C» en el lado rojo. Ahora imagina la situación en la que se saca una tarjeta mostrando un lado rojo. Las posibilidades son que sea el lado rojo de A, B o C. Si es A, el otro lado es B (rojo); si es B, el otro lado es A (rojo), y si es C, el otro lado es blanco. Por lo tanto, las probabilidades de que bajo la tarjeta a la vista esté un lado rojo son de dos tercios.

SINOPSIS


Este extraordinario relato nos ofrece una perspectiva inédita: el interior de la mente de un joven autista de 27 años. Afectado por el síndrome de Aspenger, Daniel Tammet es capaz de realizar complicadas operaciones aritméticas con la velocidad el rayo, puede aprender un idioma en tan sólo unos días y ha establecido un nuevo récord al memorizar y recitar más de 22.500 decimales del número pi. Percibe los números con formas, colores y texturas; los números son sus amigos y en cualquier lugar o situación, nunca abandonan su pensamiento. Cuando se siente estresado o triste, cierra los ojos y cuenta. Su sorprendentes habilidades lo han convertido en una celebridad mundial y está siendo estudiado por los más relevantes neurólogos. En este libro, con una prosa asombradamente clara y cálida, Daniel nos relata los acontecimientos más relevantes de su vida, desde su frustrante y aislada infancia hasta el momento actual. -->

sábado, 30 de noviembre de 2013

CASINO - Nichola Pileggy

Rosenthal El Zurdo no creía en la suerte. Creía en las probabilidades. En los números. En las posibilidades. En las matemáticas. En las fracciones de datos que había acumulado copiando estadísticas de equipos en ficheros. Consideraba que los partidos estaban decididos de antemano y que se podía comprar a los árbitros. Conocía a algunos jugadores de baloncesto que practicaban durante muchas horas al día el arte del lanzamiento al aro y a otros jugadores que apostaban por el intermedio entre las probabilidades existentes y conseguían un beneficio del diez por ciento del dinero apostado. Estaba seguro de que determinados atletas hacían el vago y otros el lesionado. Creía en las rachas de victoria o derrota; creía en la gama de puntos, en las apuestas sin límite y en los que dominaban hasta tal punto la mecánica de las cartas que podían repartir sin cortar el celofán de la baraja. En otras palabras, en lo referente al juego, El Zurdo creía en todo menos en la suerte. La suerte era el enemigo en potencia. La suerte era la tentadora, la que susurraba con aire seductor y le alejaba a uno de los datos. No tardó El Zurdo en aprender que si quería dominar la técnica y convertirse en un profesional, tenía que eliminar del proceso incluso la más remota posibilidad de casualidad.

SINOPSIS

Nadie sabía más sobre el mundo del juego y las apuestas que Frank «Lefty» Rosenthal, el cerebro de las matemáticas que, junto con su socio y mejor amigo, Anthony «the Ant» Spilotro, matón y asesino a sueldo, llegaron a Las Vegas con el objetivo de conquistarla para la mafia. Durante años formaron un equipo perfecto, Lefty ponía la inteligencia y su atención obsesiva por los detalles, y Tony mantenía a los jefes contentos con sus maletas semanales llenas de millones de dólares en efectivo. Su organización tenía que haber durado para siempre, hasta que la bella Geri se cruzó en el camino de ambos… Todo voló por los aires cuando seis jefes del crimen organizado fueron condenados a cadena perpetua, lo que provocó la expulsión definitiva de la mafia del "paraíso" que se había construido en medio del desierto.

domingo, 30 de junio de 2013

EL JUGADOR - Fiodor Dostoievski

[Un joven, el narrador de esta historia, y una señora mayor, apostando al cero en la ruleta de un casino, acaban de ganar una buena cantidad de dinero.]

- ¡Hagan juego, señores! ¡Hagan juego! ¡No va más! -decía el croupier, dispuesto a girar la ruleta.

- ¡Dios mío! ¡Es demasiado tarde! ¡Ya van a tirar! ... ¡Juega, juega, pues! -decía, inquieta la abuela-. ¡No te entretengas, atolondrado!

Estaba nerviosa y me daba con el codo con todas sus fuerzas.

- ¿A qué número juego, abuelita?

- Al cero. ¡Otra vez al cero! ¡Pon lo más posible! ¿Cuánto tenemos? ¿Setecientos federicos? Pon veinte de una sola vez.


- ¡Reflexione, abuela! A veces está doscientas veces sin salir. Corre usted el riesgo de perder todo su dinero.

- No digas tonterías. ¡Juega! Oye cómo golpean con la raqueta. Sé lo que hago -dijo, presa de una agitación febril.

- El reglamento no permite poner en el cero más de doce federicos a la vez, abuela, y ya los he puesto. [...]

- Hecho el juego -anunció el croupier.

El disco giró y salió el 30. ¡Habíamos perdido!

- ¡Sigue poniendo! - dijo la abuela.

Me encogí de hombros y sin replicar puse doce federicos. El platillo giró largo tiempo. La abuela observaba temblando. [...]

- ¡Cero! -cantó el croupier.

- ¡Lo ves! -gritó triunfalmente la abuela.

Comprendí en aquel momento que yo también era un jugador. Mis manos y mis piernas temblaban. Era realmente extraordinario que en un intervalo de diez jugadas el cero hubiese salido tres veces, pero sin embargo había sucedido así. Yo mismo había visto, ayer, que el cero había salido tres veces seguidas y un jugador, que anotaba cuidadosamente en un cuadernito todas las jugadas, me hizo notar que, antes de ayer, el mismo cero no se había dado más que una vez en veinticuatro horas.

SINOPSIS

No hay nada de glamour en las salas de juego de la inquietante ciudad-balneario de Ruletenburgo; ni elegantes caballeros de modales refinados, ni vaporosas damas de belleza sin igual. Ni siquiera el brillo del oro apilado. Sólo hay chusma continental: haraganes y golfillas, representantes de la sinvergonzonería europea de alta alcurnia de la época. El ansia por conseguir dinero fácil se disfraza de noble desdén. Hasta que la turbación generada por una joven rusa hace saltar por los aires las relaciones de todos.
Ruina, demencia, odio, engaño y desengaño son sólo algunas de las explosivas turbulencias que un hombre, Alexei Ivanovich, desencadena en un paraíso cogido con alfileres. En el proceso, afloran algunas de las más agudas reflexiones del genial Fiodor M. Dostoievski, las cuales hoy provocarían a buen seguro más de una queja ante las representaciones diplomáticas de media Europa.

SÁBADO - Ian McEwan

Como aparentando normalidad, las luces de aterrizaje destellan. Pero el ruido del motor lo delata todo. [...]

Ya no piensa en despertara Rosalind [su mujer]. ¿Para qué despertarla por esta pesadilla? De hecho, el espectáculo posee el aura familiar de un sueño recurrente. Como la mayoría de los pasajeros, exteriormente sojuzgados por la monotonía del transporte aéreo, a menudo deja que sus pensamientos repasen las probabilidades mientras está sentado, atado y dócil, delante de una comida envasada. Al otro lado de la pare de acero fino y alegre plástico chirriante la temperatura es de sesenta grados bajo cero y la altitud de cuarenta mil pies sobre el suelo. Lanzado a través del Atlántico a una velocidad de ciento cincuenta metros por segundo, te sometes a esta locura porque todo el mundo lo hace. Los demás pasajeros están tranquilos porque tú y los que te rodean parecéis serenos. 
Si se mira de una determinada manera -muertes de pasajeros por milla-, las estadísticas confortan. ¿Y cómo, si no, asistir a una conferencia en el sur de California? El viaje aéreo es un mercado bursátil, un truco de percepciones reflejadas, una frágil alianza de fe colectiva; siempre que los nervios no se desquicien y no haya bombas ni piratas aéreos a bordo, todo el mundo prospera. Cuando falle algo, no habrá medias tintas. Visto de otra forma -muertes por trayecto-, los números no son tan buenos. El mercado podría derrumbarse. [...]

El avión pasa por detrás de las copas de los árboles. El fuego titila festiva, brevemente, entre las tramas grandes y pequeñas. Perowne da en pensar que debería hacer algo. Cuando los servicios de emergencia hayan tomado nota o transmitido su llamada, lo que tenga que ocurrir ya habrá pasado. Si está vivo, el piloto ya habrá avisado por radio. Quizás ya estén cubriendo de espuma la pista de aterrizaje. En esta etapa es inútil correr al hospital a ofrecer tu ayuda. Heathrow no figura en la zona de su plan de emergencia. En otro lugar, más al oeste, en dormitorios oscuros, personal médico se estará vistiendo sin saber qué ha sucedido. Faltan aún veinticuatro kilómetros de descenso. Si explotan los tanques de combustible no habrá salvación para los pasajeros.


SINOPSIS

Henry Perowne es un hombre feliz. Es un reconocido neurocirujano y está casado con Rosalind, una abogada de un importante periódico. Ambos disfrutan su trabajo, se quieren y quieren a sus hijos, un prometedor músico y una joven poeta. Es sábado, 15 de febrero de 2003, el día de las grandes manifestaciones contra la guerra de Irak. Henry se despierta, va hacia la ventana de su dormitorio y ve un avión en llamas que sobrevuela Londres muy bajo. Henry teme un accidente terrible, un ataque terrorista. Más tarde, escuchando la radio, sabrá que se trata de un aterrizaje forzoso. Y Henry volverá a dormir, y hará el amor con su mujer, y se irá luego a su partida de squash semanal. Pero la visión nocturna no ha sido sino el presagio de la realidad azarosa que irrumpirá en la plácida burbuja de su vida tan armoniosa...

martes, 11 de junio de 2013

LA PROBABILIDAD ESTADÍSTICA DEL AMOR A PRIMERA VISTA - Jennifer E. Smith



Podía haber salido de mil maneras distintas.

Por ejemplo, si no se hubiera olvidado el libro, no habría tenido que volver a entrar corriendo en casa mientras su madre la esperaba fuera con el coche en marcha, mientras del tubo de escape salía una nube de humo que se fundía con el calor del atardecer.

O incluso antes. Si no hubiera esperado hasta el último momento para probarse el vestido, entonces se habría dado cuenta antes de que los tirantes eran demasiado largos y su madre no habría tenido que sacar su viejo costurero y convertido la encimera de la cocina en una mesa de operaciones en un intento desesperado por salvar la vida a aquel triste trozo de tela color lavanda en el último minuto.


O más tarde: si no se hubiera cortado con el papel mientras imprimía su billete, si no hubiera perdido el cargador del móvil, si no hubiera habido atasco en la carretera al aeropuerto. Si no se hubieran pasado el desvío o no se hubiera hecho un lío con las monedas en el peaje y estas no se hubieran caído debajo del asiento mientras los conductores de detrás protestaban haciendo sonar el claxon.

Si la rueda de la maleta no hubiera estado torcida.

Si se hubiera dado un poco más de prisa en llegar a la puerta de embarque.

Aunque tal vez habría dado lo mismo.

Tal vez hacer recuento de todos los retrasos de aquel día era inútil, porque si no alguna de esas, habría sido cualquier otra cosa: el tiempo en el Atlántico, lluvia en Londres, nubes que amenazan tormenta en Nueva York durante una hora antes de proseguir su camino. Hadley no cree demasiado en cosas como el destino o la fatalidad, pero lo cierto es que tampoco ha creído nunca demasiado en la puntualidad de las líneas aéreas.

Y de todas maneras, ¿cuántos aviones despegan a su hora?

Nunca en su vida ha perdido un vuelo. Ni una sola vez.

Pero cuando esta tarde llega por fin a la puerta de embarque se encuentra a los auxiliares de vuelo cerrando el acceso y apagando los ordenadores. El reloj de la pared marca las 18.48 y justo detrás de la ventana puede verse el avión como una gigantesca fortaleza de metal; por la expresión de las caras de los presentes queda claro que nadie más va a embarcar.

Ha llegado cuatro minutos tarde, lo que, bien pensado, no parece mucho; una pausa para la publicidad, el descanso entre dos clases, el tiempo que lleva calentar un plato precocinado en el microondas. Cuatro minutos no es nada. Todos los días en todos los aeropuertos del mundo hay personas que suben al avión en el último momento, jadeando cuando colocan su equipaje en los compartimentos superiores y se dejan caer en sus asientos con un suspiro de alivio mientras el aparato enfila la pista de despegue rumbo al cielo.

Pero no Hadley Sullivan, que suelta distraída su mochila mientras permanece de pie junto al ventanal, mirando al avión alejarse de la rampa con forma de acordeón, los motores de las alas rotando cuando se dirige hacia la pista de despegue sin ella.

Al otro lado del océano, su padre está haciendo el último brindis y los empleados del hotel pulen con guantes blancos la plata para el banquete de mañana. Detrás de ella, el chico que tiene el asiento 18 C para el siguiente vuelo a Londres se está comiendo un donuts glaseado, ajeno a la mancha de azúcar que este ha dejado en su camisa azul.

Hadley cierra los ojos solo un instante y cuando los vuelve a abrir el avión ha desaparecido.

¿Quién habría imaginado que cuatro minutos lo cambiarían todo?


SINOPSIS

¿Desde cuándo son puntuales los aviones a la hora de despegar?

Hadley ha llegado cuatro minutos tarde, lo que, bien pensado, no parece mucho: una pausa para la publicidad, el descanso entre dos clases, el tiempo que lleva calentar un plato precocinado en el microondas. Cuatro minutos no son nada.

Cierra los ojos solo un instante y, cuando los vuelve a abrir, el avión ha desaparecido.

Los caprichos del destino y las casualidades de la vida son el motor de esta conmovedora novela sobre lazos familiares, segundas oportunidades y primeros amores. Desarrollada a lo largo de 24 horas, la historia de Hadley y Oliver nos convence de que el amor verdadero puede aparecer en nuestras vidas cuando menos lo esperamos.


jueves, 30 de mayo de 2013

EL TEOREMA - Adam Fawer

Caine miró su mano y luego otra vez las cartas descubiertas. [...]

- Deja ya de calcular las probabilidades y apuesta —dijo Walter, que se tiraba de un padrastro.

Caine era famoso por hacer mentalmente complejas operaciones para calcular las probabilidades de casi todo. La única variable que Caine no podía cuantificar era la probabilidad de que sus oponentes se estuvieran echando un farol, pero de todas maneras lo intentaba. Caine tenía la sensación de que Walter intentaba meterle prisa, así que dedicó al viejo una mirada aburrida y continuó analizando la mesa.

Jugaban al póquer abierto, el Texas Hold 'Em y las reglas eran sencillas. Cada jugador recibía dos cartas, y luego seguía «el montón» que eran las tres cartas que se colocaban boca arriba para que todos las vieran. Entonces el crupier giraba una cuarta carta, conocida como «la vuelta», y a continuación la quinta y última carta, conocida como «el río». Se apostaba en cada ronda, en la que se repartían cartas, y luego los jugadores mostraban sus cartas. Aquel que tuviera la mejor mano —combinando las cinco cartas del centro de la mesa y las dos que tenía en la mano— ganaba.

Lo bueno del juego era que en cualquier momento, un jugador inteligente podía mirar las cartas en la mesa y saber cuál era la mejor mano que se podía hacer. Cuando Caine miró el montón, no vio tres cartas. Vio centenares de probabilidades. La que más le importaba era la que le indicaba si podía ganar. Con las cartas que tenía, Caine juzgó que la probabilidad era alta. Tenía un par de «balas»: el as de corazones y el as de diamantes. El montón consistía en el as de trébol y un par de picas: la jota y el seis. El trío de ases de Caine era la mano más alta posible en la mesa, pero aún quedaban un montón de cartas ocultas.

Comenzó a calcular todas las probabilidades posibles. Durante los pocos y preciosos segundos que Caine dedicó a los cálculos, las neuronas que insistían en que el aire olía a carne quemada tuvieron la bondad de permanecer calladas.

Cualquiera con dos picas tenía un total de cuatro picas: dos en la mano, dos en la mesa. Dicha persona necesitaría otra pica en la mesa para completar un color. Caine hizo el cálculo. Su mente jugaba con los números con la facilidad de un niño que recitaba el abecedario.

Había un total de trece picas en la baraja, así que si alguien tenía dos picas en la mano, como máximo sólo podían quedar nueve picas (las ocultas). La probabilidad de que una de las dos cartas siguientes fuese una pica era del 38 por ciento. Alta, pero las probabilidades de que a alguien le hubiesen tocado dos picas era sólo del 6 por ciento.

Caine activó el mecanismo mental para obtener la respuesta final, las probabilidades de recibir dos picas y de que aparecieran tres en la mesa. Exhaló un suspiro cuando el número apareció en su cabeza, como un resplandeciente letrero de neón: apenas un 2,3 por ciento. Aceptable.

Repitió el ejercicio. Esta vez calculó la probabilidad de que alguien recibiera una pica y completara un color: sólo el 1,6 por ciento. Las probabilidades de que alguien consiguiera un color con tréboles en lugar de picas era todavía menor: 0,2 por ciento. No había que preocuparse por ese lado.

La escalera era más preocupante. Con un as y una jota en la mesa, y sin otra figura o un diez a la vista, significaba que había doce ocultas que podían hacer una escalera (cualquiera de los cuatro reyes, reinas o dieces). Sin embargo, sólo había una probabilidad del 3,6 por ciento de que alguien ya tuviera las otras dos cartas necesarias para ligar una escalera. Teóricamente, todavía estaba viva la escalera de color, pero era tan difícil que ni siquiera se molestó en calcular las probabilidades.

Dado que Caine ya tenía tres ases, lo que necesitaba de verdad era otro as, una jota o un seis. Si conseguía el as, tendría póquer. Una jota o un seis le darían un full, ya fuera de ases y jotas o ases y seises. Con siete ocultas (un as, tres jotas y tres seises) las probabilidades de conseguir cualquiera de las cartas necesarias era del… Caine parpadeó, se le aceleró el pulso… 28 por ciento. Nada mal.

[...]

Caine cogió las fichas y las arrojó ciegamente al bote.

- Subo veinte.

- Veo.

La hermana Straight estaba dentro. Caine confiaba en que tuviera una pareja de jotas y que no estuviese buscando la escalera como tenía por costumbre.

- Veo.

Mierda. Stone también estaba dentro. Como siempre, permanecía inmóvil como una estatua. Casi nunca se movía, pero no se había ganado el apodo por eso; se lo había ganado porque era una maldita piedra. Stone siempre jugaba de acuerdo con las reglas, nunca entraba por capricho o una intuición, y se atenía a las probabilidades. No había manera de que entrara a menos que tuviera cartas para una escalera o color.

Caine se maldijo a sí mismo por no haber apostado fuerte antes para eliminar a todos los que buscaban una escalera. No hubieran entrado si él los hubiera asustado desde el principio. [...]

Walter jugó con las fichas, las hizo deslizar sobre sus nudillos con una facilidad rutinaria. Por un segundo, Caine creyó que Walter iba a subir, pero sólo vio. Sí, todos estaban esperando la ronda, aguantaban con lo que tenían hasta tener una idea más clara de lo que venía.

La carta siguiente fue una visión gloriosa. Para Caine, era más bonita que un desplegable del Playboy y más hermosa que una puesta de sol en el Gran Cañón: el as de picas. Con un par de balas en la mesa y otras dos en la mano, tenía póquer.

La única mano que podía ganarle era una escalera de color, pero era poco probable. La siguiente carta tendría que ser el rey, la reina o el diez de picas, y además haría falta que alguien tuviese las otras dos picas altas para completarla. Imposible.

Sin embargo… Caine hizo un rápido cálculo mental, con los párpados entornados para ocultar los rápidos movimientos de sus ojos: las probabilidades de recibir cualquiera de las tres combinaciones de picas necesarias (rey-reina, rey-diez o reina-diez) era de 150 contra una. La probabilidad de recibir una de estas parejas y que saliera la tercera carta era de 3.500 contra una. Sí, era imposible.

El bote era suyo; ahora sólo era cuestión de saber hasta dónde podría aumentarlo antes de que acabara la mano. Si apostaba demasiado fuerte podría espantar a todas las presas. Pero si decidía esperar y jugar lento, entonces podría acabar desperdiciando su mano ganadora. Tenía que apostar una chocolatina: ni demasiado grande, ni demasiado poco… lo justo.

- Van veinte. —Walter arrojó cuatro fichas rojas al bote y se reclinó en la silla, como si se preparara para una larga espera.

Caine miró sus fichas y cogió lentamente un par de verdes.

- Que sean cincuenta.

- Paso —anunció la hermana Straight, disgustada, y arrojó sus cartas con una mano mientras que con la otra toqueteaba la cruz de plata que llevaba colgada al cuello.

- Yo, también —dijo Stone. No se movió porque ya tenía las cartas boca abajo, en la mesa. Probablemente ambos habían buscado la escalera y suponían que algún otro había conseguido un color en la ronda.

- Eso nos deja a ti y a mí —señaló Walter, mientras masticaba con aire distraído una patata fría—. Hagamos que resulte interesante. Subo otros cincuenta. —Dijo con voz melosa. Sus fichas tintinearon en el centro del bote.

Caine intentó controlar el olor y concentrarse. ¿Qué estaba haciendo Walter? Bien podía ser que no tuviera más que basura, pero Caine no lo creía. Con un par de balas en la mesa, no. Además, había algo en la mueca arrogante del hombre que le hizo creer que tenía algo. Entonces Caine lo adivinó: Walter tenía en la mano una pareja de jotas o una pareja de seises. Tenía un full, probablemente de jotas y ases; el único problema para Walter era que un full no podía ganarle al póquer de Caine.

- Cincuenta más. —Caine lanzó al bote una ficha de cien. El círculo negro mate llamó la atención de Nikolaev y se acercó para mirar el desarrollo de la mano. Walter echó una negra de su pila y retiró dos verdes para tener cambio. 

Entonces el crupier mostró el río —el rey de picas— y el estómago de Caine se contrajo.

Con el as, el rey y la jota de picas a la vista, la escalera de color estaba oficialmente vivita y coleando. Miró de nuevo sus cartas y después las de la mesa, mientras intentaba no hacer caso del olor. Dio un largo trago de su copa para espantarlo, pero no le sirvió de nada. [...]

Los números lo ayudarían. Ellos serían su guía. Los recitó en su mente, toda su energía en la letanía de las probabilidades. Tenía cuatro ases. Cuádruple. ¿Eso qué significaba? [...]

Hay 133 millones de manos posibles que se pueden hacer con siete cartas. De estos 133 millones de cartas, sólo 224.848 son cuatro del mismo valor. Por lo tanto, sólo hay un 0,16% de probabilidades de conseguir un cuádruple: 595 a 1.

¿Qué pasa con la escalera de color?

Sólo hay 17.238 combinaciones de siete cartas que pueden formar una escalera de color de cinco cartas. Un 0,013% de probabilidades. Una en 7.761 manos.

Pero ¿cuáles eran las probabilidades de que salieran ambas al mismo tiempo? ¿Cuántas combinaciones había? La cabeza le daba vueltas. No podía pensar. ¿Cuántas combinaciones? No muchas. Pocas. Minúsculas. Insignificantes. Los cálculos lo superaban en su estado actual. Sólo sabía que había un pequeño resto de 17.238 manos que también podía incluir cuádruples. Probablemente algo así como 5.000 manos. Cinco mil combinaciones de siete cartas entre 133 millones posibles: 26.000 contra 1.

No había manera. Pero era posible. [...]

Ahora que se había destapado la última carta, el juego estaba limitado al bote; la apuesta no podía superar el monto del bote.

Walter miró a Caine en un intento de encontrar una pista de lo que llevaba. Si había alguna. Lo agudo del malestar de Caine las ocultaba. Todo lo que Walter sacó en limpio de la observación fue que Caine parecía un muerto viviente.

Después de un segundo, Walter murmuró volviendo la cabeza:

- Vitaly, haz la suma. —Nikolaev se acercó a la mesa y con gran rapidez apiló todas las fichas del bote. Cinco negras, ocho verdes y quince rojas: un total de 775 dólares—. Veo tus cien y subo el bote —anunció Walter y cogió diez billetes de cien dólares del billetero que tenía junto a sus fichas—. Tienes que poner 875 dólares para ver.

Walter quería que Caine creyera que llevaba una escalera de color, pero ni hablar. Era imposible según el cálculo de probabilidades. Walter sencillamente estaba intentando comprar el bote, pero Caine no se lo iba a permitir. Miró su pequeña pila de fichas y luego el trozo de papel que había debajo. Era una línea de crédito de quince mil dólares, para recompensar a Caine por pagar siempre sus deudas puntualmente. Cuando Nikolaev se la había dado, Caine se había jurado que nunca la utilizaría a menos que tuviera algo absolutamente seguro. Si cuatro ases no eran algo seguro, entonces que alguien le dijera qué lo era.

Le hizo un gesto a Nikolaev, pero podría haberse ahorrado la molestia. Nikolaev ya había llamado a su gigantesco guardaespaldas, que inmediatamente colocó una pila de diez fichas moradas delante de Caine. Si veía los 875 dólares, la mano se acabaría en cinco segundos. Si perdía, estaría endeudado con Nikolaev por mil dólares; no era algo deseable, pero podía reunirlos en pocas semanas. Caine intentó engañarse y decirse que estaba considerando esa opción, pero tenía claro que era mentira. No podía ver. Con cuatro ases, no. Después de que Walter intentara robarle el bote, no. Ver ya no era una opción. Tenía que subir.

Caine empujó lentamente cuatro fichas moradas hacia el bote y retiró cinco negras para tener cambio.

- Van 3.500 dólares. Tú hablas.

Se oyó una discreta exclamación de la hermana Mary. Incluso Stone estaba impresionado; Caine lo sabía por la diminuta arruga que había aparecido en su frente. Desapareció todo el aire de la habitación. Hasta el hediondo olor desapareció por un momento mientras Caine miraba los ojos llorosos de Walter.

- Tienes que poner 2.625 dólares, Walter. ¿Vas o pasas?

- Mañana querrás darte de bofetadas —replicó Walter despreciativamente. Miró a Nikolaev y le colocaron delante diez fichas moradas. Walter las acercó todas al bote, y luego añadió, una a una, cinco negras—. Subo. ¿Lo ves?

Caine sintió que el corazón se le detenía. No podía subir más. Ya estaba. Tenía que poner 7.875 para ver. Si perdía, la deuda con Nikolaev sería de once mil dólares, que eran 10.600 dólares más de lo que tenía en el banco. Era una deuda de cuidado con un acreedor de cuidado. Al menos a Caine ya no le hacía falta plantearse si tenía o no un problema con el juego. Su padrino en Jugadores Anónimos estaría muy orgulloso.

Pero nada de todo eso importaba. Si no utilizaba sus cuatro ases para llevarse el bote, que ahora era de 15.750 dólares, se pegaría un tiro.

- Voy —contestó con un débil suspiro y un nudo en el estómago. Acercó las ocho fichas moradas al bote y después añadió—: Enséñalas.

Caine notó que todos se inclinaban sobre la mesa ansiosos por saber si Walter tenía la reina y el diez de picas para hacer una escalera de color o si no era más que basura. Walter descubrió sus cartas una por una. Cuando Caine vio que la primera era la reina de picas, supo que Walter la había conseguido. Pero, con todo, ni se movió cuando el viejo destapó el diez negro. Escalera de color real. Era la única mano posible capaz de derrotar los cuatro ases de Caine. Lo había perdido todo. No parecía real. Las probabilidades eran tan bajas que casi se acercaban a lo imposible.

Caine intentó decir algo pero no pudo. Consiguió mover la boca, pero antes de que un sonido pudiese escapar de su garganta, el olor lo cubrió, lo engulló como una enorme ola. Notó cómo se le filtraba en la piel, se le metía en las venas, se abría paso a través de la nariz, la boca y los ojos. Era peor que nunca. Era el olor de la muerte.

El mundo se volvió oscuro mientras Caine caía al suelo. En la fracción de segundo antes de que perdiera el conocimiento Caine descubrió una emoción que le sorprendió: alivio.

SINOPSIS


David Caine es epiléptico, posee una espectacular capacidad para las matemáticas y el cálculo mental y pasa todas las noches jugando al póquer. A causa de sus frecuentes y terribles ataques de epilepsia ha perdido su trabajo de profesor de estadística en la universidad, ha recaído en su adicción al juego y su vida se ha convertido en un infierno. Confía en su don para calcular probabilidades y así ganar mucho dinero, lo que le permitiría empezar de nuevo, pero lo improbable no es imposible y acaba debiéndole una fortuna a un peligroso capo de la mafia rusa. A fin de librarse de su enfermedad y recuperar el control de su vida, Caine decide arriesgarse con un medicamento en pruebas, administrado por un misterioso doctor de oscuras intenciones que lo uliliza para un experimento sobre la predicción del futuro basado en la teoría matemática conocida como el demonio de Laplace. Desde que inicia el tratamiento, Caine tiene visiones alucinatorias, que podrían ser tanto un signo de su recién adquirida habilidad predictiva como síntomas de episodios psicóticos, efecto secundario de la medicación. Para escapar del enloquecido científico, Caine contará con la ayuda de su hermano gemelo, Jasper, y de la arisca agente de la CIA Nava Vaner. Los tres se verán envueltos en una trama de múltiples ramificaciones, y será la capacidad de Caine para ver el futuro lo que les permitirá resolver la compleja situación. Una auténtica golosina para cualquier curioso sobre las regiones más oscuras de la ciencia moderna, donde lo racional se confunde con lo paranormal.