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jueves, 20 de febrero de 2014

MI TÍO OSWALD - Roal Dahl

Desde Viena nos fuimos hacia el norte bajo el pálido sol de otoño en dirección a Berlín. Hacía solamente once meses que la guerra había terminado y encontramos la ciudadsumida en tinieblas y aburrimiento. Pero vivían en ella un par de personas a las que queríamos visitar, y yo estaba dispuesto a conseguir su donación por encima de todo. El primeroera el señor Albert Einstein, y en su casa de Haberlandstrasse número 9 Yasmin tuvo un agradable y triunfal encuentro con este pasmoso caballero.

—¿Cómo te ha ido? —le pregunté como acostumbraba en cuanto subió al coche.

—Ha disfrutado muchísimo —dijo Yasmin.

—¿Y tú?

—Yo no mucho —dijo—. Cerebro sí tiene, pero lo que es cuerpo. .. Prefiero ir a ver todos los días a Puccini.

—¿Quieres hacerme el favor de olvidarte del Romeo italiano?

—Lo intentaré, Oswald. Pero, verás, ocurre una cosa muy curiosa. Los cerebrales, los intelectuales, tienen una reacción diferente a la de los artistas cuando les hace efecto el escarabajo vesicante.

—¿Cuál es la diferencia?

—Los cerebrales se detienen y piensan. Tratan de averiguar qué diablos está ocurriéndoles y por qué les ocurre. En cambio los artistas no se preocupan de eso y, simplemente, se zambullen directamente en la lujuria.

—¿Cuál ha sido la reacción de Einstein?

—No podía creerlo —dijo Yasmin—. De hecho, se ha olido que había truco. Es el primero de todos ellos que ha sospechado que le habíamos hecho alguna trampa. Esto demuestra lo inteligente que es.

—¿Qué te ha dicho?

—Se ha quedado muy quieto y, mirándome desde debajo de esas cejas tan pobladas que tiene, me ha dicho: «Fräulein, aquí hay gato encerrado. Esta no es mi reacción normal cuando recibo la visita de una joven guapa..

“¿No depende de lo guapa que sea?”, le he dicho. “No, Fräulein, no depende de eso —ha dicho—. ¿Está segura de que la trufa que me ha dado no tenía más que chocolate?”. “Desde luego —le he asegurado—. Yo también me he tomado una”. Resulta que este hombrecillo diminuto, Oswald, estaba superrecalentadísimo a consecuencia de los efectos del escarabajo, pero, al igual que el amigo Freud, ha conseguido dominarse al principio. Se ha puesto a caminar arriba y abajo de la habitación murmurando: “¿Qué está ocurriéndome? Esto no es natural... Aquí pasa algo... Jamás permitiría esta clase de...”. Yo me había tendido en el sofá adoptando una actitud seductora y esperaba que él se decidiera a actuar, pero no, Oswald, no había modo. Durante cinco minutos enteros sus procesos investigadores han bloqueado totalmente sus deseos carnales o como quieras llamarlos. Casi podía oír el zumbido de sus sesos mientras trataba de entender lo que le pasaba. “Relájese, señor Einstein”, le he dicho.

Desde Viena nos fuimos hacia el norte bajo el pálido sol de otoño en dirección a Berlín. Hacía solamente once meses que la guerra había terminado y encontramos la ciudadsumida en tinieblas y aburrimiento. Pero vivían en ella un par de personas a las que queríamos visitar, y yo estaba dispuesto a conseguir su donación por encima de todo. El primero era el señor Albert Einstein, y en su casa de Haberlandstrasse número 9 Yasmin tuvo un agradable y triunfal encuentro con este pasmoso caballero.

—¿Cómo te ha ido? —le pregunté como acostumbraba en cuanto subió al coche.

—Ha disfrutado muchísimo —dijo Yasmin.

—¿Y tú?

—Yo no mucho —dijo—. Cerebro sí tiene, pero lo que es cuerpo... Prefiero ir a ver todos los días a Puccini.

—¿Quieres hacerme el favor de olvidarte del Romeo italiano?

—Lo intentaré, Oswald. Pero, verás, ocurre una cosa muy curiosa. Los cerebrales, los intelectuales, tienen una reacción diferente a la de los artistas cuando les hace efecto el escarabajo vesicante.

—¿Cuál es la diferencia?

—Los cerebrales se detienen y piensan. Tratan de averiguar qué diablos está ocurriéndoles y por qué les ocurre. En cambio los artistas no se preocupan de eso y, simplemente, se zambullen directamente en la lujuria.

—¿Cuál ha sido la reacción de Einstein?

—No podía creerlo —dijo Yasmin—. De hecho, se ha olido que había truco. Es el primero de todos ellos que ha sospechado que le habíamos hecho alguna trampa. Esto demuestra lo inteligente que es.

—¿Qué te ha dicho?

—Se ha quedado muy quieto y, mirándome desde debajo de esas cejas tan pobladas que tiene, me ha dicho: «Fräulein, aquí hay gato encerrado. Esta no es mi reacción normal cuando recibo la visita de una joven guapa..

“¿No depende de lo guapa que sea?”, le he dicho. “No, Fräulein, no depende de eso —ha dicho—. ¿Está segura de que la trufa que me ha dado no tenía más que chocolate?”. “Desde luego —le he asegurado—. Yo también me he tomado una”. Resulta que este hombrecillo diminuto, Oswald, estaba superrecalentadísimo a consecuencia de los efectos del escarabajo, pero, al igual que el amigo Freud, ha conseguido dominarse al principio. Se ha puesto a caminar arriba y abajo de la habitación murmurando: “¿Qué está ocurriéndome? Esto no es natural... Aquí pasa algo... Jamás permitiría esta clase de...”. Yo me había tendido en el sofá adoptando una actitud seductora y esperaba que él se decidiera a actuar, pero no, Oswald, no había modo. Durante cinco minutos enteros sus procesos investigadores han bloqueado totalmente sus deseos carnales o como quieras llamarlos. Casi podía oír el zumbido de sus sesos mientras trataba de entender lo que le pasaba. “Relájese, señor Einstein”, le he dicho.

SINOPSIS

Este libro recoge una época particularmente desenfrenada de la vida del legendario tio Oswald, millonario, esteta, bon vivant y un donjuán infatigable, cuya vida amatoria deja en pañales a la del mismísimo Casanova. El tío Oswald es "el mayor fornicador de todos los tiempos", afirma su sobrino y transcriptor de sus Diarios. Muy joven empieza a amasar su fabulosa fortuna: con polvo de escarabajo sudanés inventa unas píldoras de extraordinarias virtudes afrodisíacas, funda un banco de esperma y en compañía de la excitante Yasmin parten en busca de celebridades, cuyo semen congelado será adquirido a precio de oro por acaudaladas clientas, ansiosas de tener retoños con pedigree. En este peculiar safari, las aventuras picarescas, a veces escabrosas, otras delirantes, se suceden a un ritmo trepidante. Yasmin, armada con las infalibles píldoras, seduce a Stravinsky, Renoir, Picasso, Nijinski, Joyce, Freud, Einstein, Conan Doyle, Proust y a una apreciable colección de testas coronadas.

martes, 4 de febrero de 2014

BOY (RELATOS DE LA INFANCIA) - Roal Dahl

Había en Repton unos 30 maestros o más, y la mayoría eran extraordinariamente tediosos y totalmente incoloros y no tenían el menor interés por los alumnos. Pero Corkers, un solterón excéntrico, no era ni tedioso ni desaborido. Corkers era un seductor, un hombrón desmañado de mejillas colgantes como las de un sabueso y vestimenta sucia, desaliñada. Llevaba pantalones de franela sin planchar y chaqueta parda de mezclilla llena de remiendos y con migas en las solapas. Estaba allí para enseñarnos matemáticas, pero en realidad no nos enseñaba nada y tal era deliberadamente su método. Sus lecciones consistían en una serie interminable de pasatiempos inventados por él, de tal modo que no hubiera nunca ocasión de mencionar las matemáticas. Entraba con su andar pesado en el aula, se sentaba detrás de su escritorio y miraba desafiante a la clase. Nosotros aguardábamos con expectación, preguntándonos intrigados por dónde iría a salir.

—Vamos a echar un vistazo al crucigrama del Times de hoy —decía, sacándose del bolsillo de la chaqueta un periódico todo arrugado—. Será mucho más divertido que andar enredando con los números. Detesto los números. Los números son probablemente lo más funesto que hay en el mundo.

—¿Entonces por qué enseña usted matemáticas, señor? —le preguntaba alguno de nosotros.

—Es que no las enseño —respondía él, sonriendo taimadamente—. «Simulo» enseñarlas, nada más.

Corkers copiaba la cuadrícula del crucigrama en el encerado y pasábamos el resto de la clase intentando resolverlo mientras él leía en voz alta las definiciones. Aquello nos resultaba muy ameno.

La única vez que tocó más o menos las matemáticas, recuerdo, fue el día en que se sacó del bolsillo una hoja cuadrada de papel de seda y la blandió en el aire.

—Miradlo bien —dijo—. Este papel de seda tiene una centésima de pulgada de grueso. Lo pliego una vez, haciéndolo doble. Lo pliego de nuevo, con lo que cuatriplico su grosor. Vamos a ver, daré una chocolatina grande de fruta, leche y avellanas marca Cadbury a quien sepa decirme, con una aproximación no inferior a 12 pulgadas, el grosor que tendrá si continúo plegándolo hasta 50 veces.

Todos levantamos la mano y nos pusimos a dar respuestas aventuradas con la esperanza de adivinar:

—Veinticuatro pulgadas, señor.

—Tres pies, señor.

—Cinco yardas, señor.

—Tres pulgadas, señor.

—No sois muy perspicaces, me parece a mí —dijo Corkers—. La respuesta es la distancia de la Tierra al Sol. Ése es el grosor que tendría.

Quedamos cautivados por aquel alarde de inteligencia y le pedimos que lo demostrara en el encerado, a lo que accedió él complacido.
SINOPSIS

Esto no es una autobiografía, es el relato de unas cuantas cosas que le sucedieron a Roald Dahl durante su estancia en la escuela y después de salir de ella. Algunas son divertidas. Otras tristes. Las hay desagradables. Todas son verdad. Y algunas de ellas le inspiraron para contar fantásticas, divertidas y terribles aventuras.