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jueves, 9 de mayo de 2013

EL RESCOLDO - Joaquín Leguina


Después de Navidad [1922], Jesús Vió tuvo una larga charla con [el profesor] Harold Lardy para orientar el trabajo de la tesis que debía comenzar. Había pensado encaminar su investigación atacando, en la medida de sus fuerzas, el último teorema de Fermat. Le atraía, como a tantos, la sencillez de su planteamiento. Lo que Pierre de Fermat había escrito en el margen de la "Arithmetica" de Diofanto, probablemente en 1637, era muy simple: "Es imposible escribir un cubo como la suma de dos cubos o, en general, escribir cualquier potentia mayor que dos como la suma de dos potencias iguales".


Cuando el español le planteó a Lardy su intención de centrar la tesis en el teorema de Fermat, el profesor sonrió, pero no se lo desaconsejó. Estaban sentados en torno a una mesa en las sala de estar contigua a la habitación donde vivía el soltero Lardy. [...] Una pizarra negra con sus tizas completaba la decoración mural. "Comencemos, pues", indicó Lardy y, levantándose, se acercó a la pizarra. Allí escribió la ecuación de Fermat:

xn + yn = zn

- No existe uan terna (x, y, z) de números enteros que, para n mayor que 2, satisfaga esta ecuación -concluyó Lardy.

En lugar se sentarse, el profesor siguió de pie.

- Si me lo permite -continuó Lardy-, le haré una pequeña digresión histórica que quizá le sea de utilidad. [...] Euler, siguiendo el método conocido de "descenso infinito", que el propio Fermat utilizó, aunque no para demostrar esta conjetura, demostró la no existencia de solución para la potencia tres. Así se lo anunció a Goldbach en una carta fechada en agosto de 1753. Un siglo después de la muerte de Fermat, tan sólo se había demostrado la validez de su teorema para la potencias 3 y 4. Si le he de ser sincero -continuó Lardy-, no creo que en este asunto de Fermat se haya avanzado mucho desde entonces. En cualquier caso, le prepararé una bibliografía los más exhaustuva que pueda acerca de este enigma. Trabaje usted con ella y luego propóngame una vía de ataque, la discutiremos. Creo que ha llegado el momento de que tengamos un encuentro en la cancha de tenis. La he reservado para dentro de media hora. ¿Es tiempo suficiente?

SINOPSIS

Francisca Vió fue una mujer rompedora que decidió vivir sus pasiones sin cortapisas. Casada con su primo Antonio Vió -un matemático con dudas sobre su orientación sexual-, supo hacer compatible ese amor con el que sintió por Germinal Ors, un obrero anarquista. Pero en 1936 la guerra terminó bruscamente con sus sueños de libertad. Dada por desaparecida tras la contienda junto con su amante, su recuerdo se hunde en el olvido. ¿Pudo sobrevivir Francisca bajo una nueva identidad? Ésa es la posibilidad que se abre ante los ojos de su nieto Adolfo, que a la vez que descubre que sus abuelos tuvieron una vida extraordinaria, se debate entre la necesidad de conocer sus raíces y el daño que puede causar a su familia exponer a la luz los secretos que todos decidieron enterrar. La nueva novela de Joaquín Leguina nos habla de una historia sepultada por la guerra civil en la que se funden el amor y la política. Un gran paso adelante en su carrera literaria que le muestra en la plena madurez de su talento.

viernes, 5 de abril de 2013

EL RESCOLDO - Joaquín Leguina

Jesús Vió había dado muestras muy pronto de una inteligencia superior. Comenzó a hablar cuando ape­nas tenía cumplido un año y a los tres manejaba las cua­tro reglas, que había aprendido de su madre. El padre buscó para él un maestro, Juan de Vicente, catedrático de Química en el Instituto, que enseguida informó a la fa­milia de que el niño era un «prodigio». Algo asustado al principio y azuzado por la curiosidad después, el profesor profundizaba cada vez más en álgebra y trigonometría, en cálculo, incluido el diferencial, que el muchacho maneja­ba con soltura antes de cumplir los diez años. Al llegar a esa edad, Juan de Vicente recomendó a los Vió que pusie­ran al chico un profesor de lenguas extranjeras, pues él creía que la facilidad de Jesús para las ciencias podría ex­tenderse fácilmente a otros aprendizajes.

El padre no tardó en encontrar a una mujer ale­mana que, además, hablaba perfectamente inglés y era la fraülein en una casa encopetada de Zaragoza. Ofrecién­dole un buen sueldo, se la trajo al domicilio familiar para que cuidara de los niños y les enseñara las lenguas que ella manejaba a la perfección. Jesús Vió no tardó mucho tiempo en hablar alemán de corrido y también inglés. Francisca, más lenta, acabó también por ser bilingüe en castellano y alemán y, aunque usaba con bastante soltu­ra el inglés, este idioma nunca llegó a ser santo de su devoción.

La capacidad de cálculo que Jesús demostraba era a menudo aprovechada por su madre para exhibir las ha­bilidades del niño ante los invitados. Una columna de cuatro cifras dispuestas, por ejemplo, en diez filas, era su­mada por Jesús en menos de diez segundos, sin ayudarse de instrumento alguno, dejando boquiabierta a la concu­rrencia. Otras veces se le ponía delante una multiplicación de diez cifras por tres y él la resolvía sin tardanza y sin lá­piz. Mas estos ejercicios «de circo» no gustaban al padre, que acabó por prohibidos, con gran contento del mucha­cho, a quien humillaban aquellas exhibiciones, que sólo realizaba a instancias de su madre, por el gusto de veda orgullosa, por el placer de sentir su admiración.

Cuando Jesús cumplió los doce años, su profesor, Juan de Vicente, propuso a los Vió que el muchacho hi­ciera el examen de Bachillerato, para lo cual arreglaría él las dispensas y los trámites burocráticos. Tras unos meses de preparación intensiva en Latín, Geografía, Religión e Historia, el chico, acoquinado, se enfrentó al examen es­crito y, lo que fue peor, al oral, ante un tribunal de tres miembros que, conocedores de sus antecedentes, obser­vaban al joven como se suele hacer con lo raro o con lo monstruoso. Con la seguridad de quien responde a cues­tiones obvias y trilladas, Jesús obtuvo la calificación de so­bresaliente, dejando impresionados a los barbudos profe­sores. Pero no pudo entrar en la Universidad, pues Juan de Vicente no fue capaz de vencer las resistencias que la temprana edad de su pupilo levantó en el claustro zara­gozano. Bachiller a los trece años, hubo de esperar hasta los quince para escoger carrera y, mientras tanto, dedicó sus días a leer los más variados libros: de matemáticas, de historia, de literatura ... A ir al cine y, sobre todo, a la mú­sica. El apoyo de su madre lo llevó a las clases de solfeo en el conservatorio y más tarde al violín, instrumento que llegó a tocar con buen sentido y no poca sensibilidad.

Antonio Vió admiraba el talento de su hijo y, aun­que procuraba ocultado, sentía un íntimo orgullo, pero, a la vez, le preocupaba el carácter del muchacho, sus si­lencios y su mirada ausente. Le parecía un chico respe­tuoso sólo en apariencia, que muy pronto dio muestras de estar poseído por un espíritu y un criterio indepen­dientes, poco dispuesto a aceptar tópicos ni verdades impuestas. El por qué infantil se había instalado en él con una profundidad a menudo difícil de abordar desde el pensamiento adulto, con frecuencia superficial o, simple­mente, interesado. A los quince años, aquel muchacho ha­bía superado ya en altura a su propio padre, al que no se parecía físicamente en casi nada. Antonio Vió era more­no y ancho y Jesús espigado, rubio de niño y castaño de adolescente. El padre tampoco veía con buenos ojos la deriva artística de su hijo ni su escasa propensión al ejer­cicio físico. Una y otra cosa le parecían muestras de esca­sa virilidad. Quizá por eso se empeñaba en llevado con él de caza, aunque el joven protestara por lo que considera­ba una pérdida de tiempo. Su padre le había comprado un equipo completo, incluida una magnífica escopeta, pe­ro durante las cacerías, a menudo, Jesús extraía del mo­rral un libro y, leyéndolo, entretenía la espera en el puesto, sacando de quicio a su progenitor.

SINOPSIS

Francisca Vió fue una mujer rompedora que decidió vivir sus pasiones sin cortapisas. Casada con su primo Antonio Vió -un matemático con dudas sobre su orientación sexual-, supo hacer compatible ese amor con el que sintió por Germinal Ors, un obrero anarquista. Pero en 1936 la guerra terminó bruscamente con sus sueños de libertad. Dada por desaparecida tras la contienda junto con su amante, su recuerdo se hunde en el olvido. ¿Pudo sobrevivir Francisca bajo una nueva identidad? Ésa es la posibilidad que se abre ante los ojos de su nieto Adolfo, que a la vez que descubre que sus abuelos tuvieron una vida extraordinaria, se debate entre la necesidad de conocer sus raíces y el daño que puede causar a su familia exponer a la luz los secretos que todos decidieron enterrar. La nueva novela de Joaquín Leguina nos habla de una historia sepultada por la guerra civil en la que se funden el amor y la política. Un gran paso adelante en su carrera literaria que le muestra en la plena madurez de su talento.