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martes, 29 de abril de 2014

SOLAR - Ian McEwan

Tanto más tiempo para que Beard, que aún no era un refugiado del cuasi silencioso final de su quinto matrimonio, estudiara a los «genios», como los llamaban los posgraduados. Le atraía el tufo de obsesión, paranoia, insomnio y, sobre todo, patetismo que desprendía aquella correspondencia. Se preguntaba si estaría buscando una versión de sí mismo en algunas de las cartas, un Michael Beard paralelo que, por culpa de la bebida, el sexo, las drogas o el puro infortunio, se hubiese saltado las disciplinas de una educación formal en física y matemáticas. Se las hubiese saltado y todavía anhelara pensar, chapucear, aportar. Algunos de aquellos hombres eran realmente inteligentes, pero sus desmesuradas ambiciones les exigían reinventar la rueda y a continuación, ciento veinte años después de Nikola Tesla, el motor de inducción, y luego leer inexpertamente, y con excesivas esperanzas, la teoría del campo cuántico para encontrar el combustible esotérico justo delante de sus nances, en los vacíos del aire vacío de sus cobertizos o habitaciones de invitados: la energía del punto cero.

Mecánica cuántica. Qué depósito, qué vertedero era de aspiraciones humanas, la línea fronteriza donde el rigor matemático derrotaba al sentido común, y la razón y la fantasía se mezclaban irracionalmente. Aquí podían encontrar lo que necesitaban los que tenían inclinaciones místicas, y pretender que la ciencia era la prueba. Y para esos hombres ingeniosos en su tiempo libre, qué música más fantasmal y hermosa deben de ser —asimetría espectral, resonancias, entrelazamiento, osciladores cuánticos armónicos— los cautivadores aires antiguos, la armonía de las esferas que podían transformar un muro de plomo en oro, y crear el motor que funciona prácticamente con nada, con partículas virtuales, que no causaban daño y proporcionaban energía a las empresas humanas, además de ahorrarla. A Beard le conmovían los anhelos de aquellos hombres solitarios. ¿Y por qué pensar que eran solitarios? No era, o no sólo, condescendencia lo que le instigaba a verlos así. No sabían suficiente, pero sabían demasiado para tener a alguien con quien hablar. ¿Qué amigo citado en el pub o en la Legión Británica, qué ama de casa apurada, con empleo y niños y quehaceres domésticos iba a seguirles por aquellos conductos retorcidos, en el contínuum del espacio-tiempo, hasta el agujero de gusano, el atajo para llegar a una solución única y definitiva del problema mundial de la energía?


SINOPSIS


Michael Beard es un físico que recibió hace años el Premio Nobel y desde entonces vive apoltronado en sus laureles. Tiene ahora cincuenta y pocos años y su quinto matrimonio está tocando a su fin porque Patrice, la quinta esposa, diecinueve años menor que él, descubrió su aventura con una matemática y reaccionó con una euforia inesperada. Se mudó a otra habitación y comenzó una relación con Rodney Tarpin, el constructor que les rehabilitaba la casa, veinte años menor que Beard, quien ahora sufre por la bella Patrice. Aunque quizá su dolor se deba a que desde hace años es sólo un burócrata, el director de un instituto para la investigación de las energías renovables que es poco más que un artilugio político. Entre los becarios del instituto se encuentra Tom Aldous, que tiene proyectos más ambiciosos. Y cuando una noche Tom conoce a Patrice, la combinación de adulterio en las clases ilustradas y esperpento científico deviene una comedia (no en vano esta novela ganó el Premio Wodehouse) de enredos, negra en el más puro estilo Hitchcock, con cadáver incluido. Y aquí y ahora, en este mundo en los umbrales del gran cambio climático, del temido calentamiento global…

domingo, 30 de junio de 2013

SÁBADO - Ian McEwan

Como aparentando normalidad, las luces de aterrizaje destellan. Pero el ruido del motor lo delata todo. [...]

Ya no piensa en despertara Rosalind [su mujer]. ¿Para qué despertarla por esta pesadilla? De hecho, el espectáculo posee el aura familiar de un sueño recurrente. Como la mayoría de los pasajeros, exteriormente sojuzgados por la monotonía del transporte aéreo, a menudo deja que sus pensamientos repasen las probabilidades mientras está sentado, atado y dócil, delante de una comida envasada. Al otro lado de la pare de acero fino y alegre plástico chirriante la temperatura es de sesenta grados bajo cero y la altitud de cuarenta mil pies sobre el suelo. Lanzado a través del Atlántico a una velocidad de ciento cincuenta metros por segundo, te sometes a esta locura porque todo el mundo lo hace. Los demás pasajeros están tranquilos porque tú y los que te rodean parecéis serenos. 
Si se mira de una determinada manera -muertes de pasajeros por milla-, las estadísticas confortan. ¿Y cómo, si no, asistir a una conferencia en el sur de California? El viaje aéreo es un mercado bursátil, un truco de percepciones reflejadas, una frágil alianza de fe colectiva; siempre que los nervios no se desquicien y no haya bombas ni piratas aéreos a bordo, todo el mundo prospera. Cuando falle algo, no habrá medias tintas. Visto de otra forma -muertes por trayecto-, los números no son tan buenos. El mercado podría derrumbarse. [...]

El avión pasa por detrás de las copas de los árboles. El fuego titila festiva, brevemente, entre las tramas grandes y pequeñas. Perowne da en pensar que debería hacer algo. Cuando los servicios de emergencia hayan tomado nota o transmitido su llamada, lo que tenga que ocurrir ya habrá pasado. Si está vivo, el piloto ya habrá avisado por radio. Quizás ya estén cubriendo de espuma la pista de aterrizaje. En esta etapa es inútil correr al hospital a ofrecer tu ayuda. Heathrow no figura en la zona de su plan de emergencia. En otro lugar, más al oeste, en dormitorios oscuros, personal médico se estará vistiendo sin saber qué ha sucedido. Faltan aún veinticuatro kilómetros de descenso. Si explotan los tanques de combustible no habrá salvación para los pasajeros.


SINOPSIS

Henry Perowne es un hombre feliz. Es un reconocido neurocirujano y está casado con Rosalind, una abogada de un importante periódico. Ambos disfrutan su trabajo, se quieren y quieren a sus hijos, un prometedor músico y una joven poeta. Es sábado, 15 de febrero de 2003, el día de las grandes manifestaciones contra la guerra de Irak. Henry se despierta, va hacia la ventana de su dormitorio y ve un avión en llamas que sobrevuela Londres muy bajo. Henry teme un accidente terrible, un ataque terrorista. Más tarde, escuchando la radio, sabrá que se trata de un aterrizaje forzoso. Y Henry volverá a dormir, y hará el amor con su mujer, y se irá luego a su partida de squash semanal. Pero la visión nocturna no ha sido sino el presagio de la realidad azarosa que irrumpirá en la plácida burbuja de su vida tan armoniosa...