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viernes, 21 de febrero de 2014

INFERNO - Dan Brown

—Doctora Sinskey —respondió el hombre con una extraña sonrisa—, habla usted del control de epidemias como si fuera algo bueno.

  Ella no daba crédito a lo que estaba oyendo.

  —He ahí el problema —siguió el hombre alto, como un abogado que presenta sus pruebas—. Y es usted la directora de la Organización Mundial de la Salud, lo mejor que puede ofrecer esta institución. Una idea aterradora, si uno lo piensa bien. Le he mostrado esta imagen del sufrimiento que nos espera. —Volvió a mostrar los cuerpos en la pantalla—; le he recordado el increíble poder del crecimiento incontrolado de la población mundial. —Señaló la pequeña pila de papel—; la he ilustrado sobre el hecho de que estamos al borde del colapso espiritual… —Se quedó callado y se volvió hacia ella—. ¿Y cuál ha sido su respuesta? «Condones gratis en África» —dijo en un despreciativo tono burlón—. Eso es como intentar detener con un matamoscas un asteroide que está a punto de chocar con la Tierra. La bomba de tiempo ya no hace tictac, doctora Sinskey. Ya ha estallado. Y si no tomamos medidas drásticas, la matemática exponencial se convertirá en su nuevo Dios… Y se trata de un Dios vengativo, que traerá la visión del infierno de Dante al mismo Park Avenue… Masas apiñadas revolcándose en sus propios excrementos… Un proceso de selección global orquestado por la misma Naturaleza.

  —¿Eso cree? —contestó de pronto Elizabeth—. Dígame, en su visión de un futuro sostenible, ¿cuál es la población ideal de la Tierra? ¿Cuál es el número mágico que permitiría a la humanidad sostenerse indefinidamente y en un relativo bienestar?

  El hombre alto sonrió al oír esa pregunta.

  —Cualquier biólogo o estadista medioambiental le dirá que el límite de la posibilidad de supervivencia a largo plazo se encuentra en una población de unos cuatro mil millones.

  —¡Cuatro mil millones! —exclamó Elizabeth—. Ahora somos siete mil millones, creo que ya es un poco tarde.

  Los ojos verdes del hombre relucieron intensamente.

  —¿Lo es?

SINOPSIS

En el corazón de Italia, el catedrático de Simbología de Harvard, Robert Langdon se ve arrastrado a un mundo terrorífico centrado en una de las obras maestras de la Literatura más imperecederas y misteriosas de la Historia: «Infierno» de Dante.
Con este telón de fondo, Langdon se enfrenta a un adversario escalofriante y lidia con un acertijo ingenioso en un escenario de arte clásico, pasadizos secretos y ciencia futurista. Apoyándose en el oscuro poema épico de Dante, Langdon, en una carrera contrarreloj, busca respuestas y personas de confianza antes de que el mundo cambie irrevocablemente.

domingo, 2 de febrero de 2014

ÁNGELES Y DEMONIOS - Dan Brown

Vittoria no recordaba cómo habían llegado al ascensor principal, pero allí estaban. Subían. Kohler iba detrás de ella, y su respiración era trabajosa. La mirada preocupada de Langdon la atravesó como si ella fuera un fantasma. Le había arrebatado el fax de la mano para guardarlo en el bolsillo de la chaqueta, lejos de su vista, pero la imagen aún estaba grabada en su memoria.
 
Mientras el ascensor subía, el mundo de Vittoria daba vueltas en la oscuridad. Papá! Le buscó en su mente. Por un momento, en el oasis de su memoria, Vittoria se reunió con él. Tenía nueve años de edad, rodaba por las colinas cubiertas de edelweiss, y el cielo suizo giraba sobre su cabeza.
 
Papa! Papá!

Leonardo Vetra estaba riendo a su lado.

—¿Qué pasa, ángel?
 
—¡Papá! —rió ella, y se acurrucó contra él—. Pregúntame qué es la materia.
 
—Pero pareces muy feliz, corazón. ¿Para qué voy a preguntarte qué es la materia?
 
—Pregúntamelo.
 
El físico se encogió de hombros.
 
—¿Qué es la materia?
 
Ella se puso a reír al instante.
 
—¿Qué es la materia? ¡Todo es materia! ¡Las rocas! ¡Los árboles! ¡Los átomos! ¡Hasta los osos hormigueros! ¡Todo es materia!
 
Leonardo Vetra rió.
 
—¿Te lo has inventado?
 
—Lista, ¿eh?
 
—Mi pequeña Einstein.
 
Ella frunció el ceño.
 
—Tiene un pelo horrible. Vi su foto.
 
—Pero tiene una cabeza inteligente. Ya te dije lo que demostró, ¿verdad?
 
Los ojos de la niña le miraron atemorizados.
 
—¡No, papá! ¡Lo prometiste!
 
— ¡E = mc2!-Le hizo cosquillas—. ¡E = mc2 !La energía es igual a la masa por la velocidad de la luz al cuadrado.
 
— ¡Mates no! ¡Te lo dije! ¡Las odio!
 
—Me alegro de que las odies. Porque las chicas no deben estudiar matemáticas.
 
Vittoria paró en seco.
 
—¿No?
 
—Pues claro que no. Todo el mundo lo sabe. Las niñas juegan con muñecas. Los chicos estudian matemáticas. Las matemáticas no son para las chicas. Ni siquiera me está permitido hablar de matemáticas con niñas pequeñas.
 
—¡Pero eso no es justo!
 
—Las normas son las normas. Nada de matemáticas para las niñas pequeñas.
 
Vittoria estaba horrorizada.
 
—¡Pero las muñecas son aburridas!
 
—Lo siento —dijo su padre—. Podría hablarte de las matemáticas, pero si me pillan…
 
Paseó una mirada nerviosa a su alrededor.
 
Vittoria siguió su mirada.
 
—De acuerdo —susurró—. Háblame en voz baja.
 
El movimiento del ascensor la sobresaltó. Vittoria abrió los ojos. Su padre ya no estaba.
 
La realidad hizo acto de presencia y la envolvió con su garra helada. Miró a Langdon. La preocupación de su mirada era como ternura de un ángel guardián, en especial comparada con la frialdad de Kohler.
 
Un único pensamiento empezó a acosar a Vittoria con fuerza inexorable.

¿Dónde está la antimateria?

En un instante obtendría la horripilante respuesta.

SINOPSIS

En un laboratorio de máxima seguridad, aparece asesinado un científico con un extraño símbolo grabado a fuego en su pecho. Para el profesor Robert Langdon no hay duda: los Illuminati, los hombres enfrentados a la Iglesia desde los tiempos de Galileo, han regresado. Y esta vez disponen de la más mortífera arma que ha creado la humanidad, un artefacto con el que pueden ganar la batalla final contra su eterno enemigo. Acompañado de una joven científica y un audaz capitán de la Guardia Suiza, Langdon comienza una carrera contra reloj, en una búsqueda desesperada por los rincones más secretos de El Vaticano. Necesitará todo su conocimiento para descifrar las claves ocultas que los Illuminati han dejado a través de los siglos en manuscritos y templos, y todo su coraje para vencer al despiadado asesino que siempre parece llevarle la delantera.

viernes, 5 de abril de 2013

EL CÓDIGO DA VINCI - Dan Brown

- ¿Su abuelo le hablaba del número Phi?

- Claro. La Divina Proporción. Sonrió con falsa modestia . En realidad, muchas veces decía en broma que yo era medio divina… ya sabe, por las letras de mi nombre.

Langdon se quedó un momento pensativo y después masculló algo en señal de asentimiento.

«So PHI e.»


Seguían bajando por la escalera, y Langdon se concentró en el Phi. Estaba empezando a darse cuenta de que las pistas de Saunière eran más coherentes de lo que en un principio había supuesto.

«Da Vinci…Ia serie de Fibonacci… el pentáculo.»

Por increíble que pareciera, todas esas cosas estaban relacionadas mediante una idea tan básica de la historia del arte que Langdon dedicaba muchas clases a exponerla.

El número Phi.

Se sintió una vez más en Harvard, de nuevo en su clase de «Simbolismo en el Arte», escribiendo su número preferido en la pizarra:

1,618

Langdon se dio la vuelta para contemplar la cara expectante de sus alumnos.

- ¿Alguien puede decirme qué es este número?
 
Uno alto, estudiante de último curso de matemáticas, que se sentaba al fondo levantó la mano.

- Es el número Phi - dijo, pronunciando las consonantes como una efe -.
 
- Muy bien, Stettner. Aquí os presento a Phi.
 
- Que no debe confundirse con pi -  añadió Stettner con una sonrisa de suficiencia-.

- El Phi - prosiguió Langdon-, uno coma seiscientos dieciocho, es un número muy importante para el arte.

- ¿Alguien sabría decirme por qué?

Stettner seguía en su papel de gracioso.

- ¿Porque es muy bonito?

Todos se rieron.

- En realidad, Stettner, vuelve a tener razón. El Phi suele considerarse como el número más bello del universo.
 
Las carcajadas cesaron al momento, y Stettner se incorporó, orgulloso.

Mientras cargaba el proyector con las diapositivas, explicó que el número Phi se derivaba de la Secuencia de Fibonacci, una progresión famosa no sólo porque la suma de los números precedentes equivalía al siguiente, sino porque los cocientes de los números precedentes poseían la sorprendente propiedad de tender a 1,618, es decir, al número Phi.

- A pesar de los orígenes aparentemente místicos de Phi, prosiguió Langdon, el aspecto verdaderamente pasmoso de ese número era su papel básico en tanto que molde constructivo de la naturaleza. Las plantas, los animales e incluso los seres humanos poseían características dimensionales que se ajustaban con misteriosa exactitud a la razón de Phi a 1.

- La ubicuidad de Phi en la naturaleza - añadió Langdon apagando las luces - trasciende sin duda la casualidad, por lo que los antiguos creían que ese número había sido predeterminado por el Creador del Universo. Los primeros científicos bautizaron el uno coma seiscientos dieciocho como «La Divina Proporción».

- Un momento - dijo una alumna de la primera fila-. Yo estoy terminando biología y nunca he visto esa Divina Proporción en la naturaleza. 

- ¿Ah no? - respondió Langdon con una sonrisa burlona . ¿Has estudiado alguna vez la relación entre machos y hembras en un panal de abejas?

- Sí, claro. Las hembras siempre son más.
 
- Exacto. ¿Y sabías que si divides el número de hembras por el de los machos de cualquier panal del mundo, siempre obtendrás el mismo número?

- ¿Sí?
 
- Sí. El Phi.

La alumna ahogó una exclamación de asombro.

- No es posible.
 
- Sí es posible - contraatacó Langdon mientras proyectaba la diapositiva de un molusco espiral-. ¿Reconoces esto?

- Es un nautilo -dijo la alumna de biología-. Un molusco cefalópodo que se inyecta gas en su caparazón compartimentado para equilibrar su flotación.

- Correcto. ¿Y sabrías decirme cuál es la razón entre el diámetro de cada tramo de su espiral con el siguiente?

La joven miró indecisa los arcos concéntricos de aquel caparazón. Langdon asintió.

El número Phi. La Divina Proporción. Uno coma seiscientos dieciocho. La alumna parecía maravillada.

Langdon proyectó la siguiente diapositiva, el primer plano de un girasol lleno de semillas. Las pipas de girasol crecen en espirales opuestos. ¿Alguien sabría decirme cual es la razón entre el diámetro de cada rotación y el siguiente?
¿Phi? dijeron todos al unísono.
Correcto. Langdon empezó a pasar muy deprisa el resto de imágenes: piñas piñoneras, distribuciones de hojas en ramas, segmentaciones de insectos, ejemplos todos que se ajustaban con sorprendente fidelidad a la Divina Proporción.

- Esto es insólito - exclamó un alumno.

- Sí dijo otro . Pero ¿qué tiene que ver esto con el arte?

- ¡Ajá! -intervino Langdon-. Me alegro de que alguien lo pregunte.

Proyectó otra diapositiva, de un pergamino amarillento en el que aparecía el famoso desnudo masculino de Leonardo da Vinci El hombre de Vitrubio , llamado así en honor a Marcus Vitrubius, el brillante arquitecto romano que ensalzó la Divina Proporcion en su obra De Arquitectura.

- Nadie entendía mejor que Leonardo la estructura divina del cuerpo humano. Había llegado a exhumar cadáveres para medir las proporciones exactas de sus estructuras óseas. Fue el primero en demostrar que el cuerpo humano está formado literalmente de bloques constructivos cuya razón es siempre igual a Phi. -Los alumnos le dedicaron una mirada escéptica.

- ¿No me creéis? -les retó Langdon-. Pues la próxima vez que os duchéis, llevaros un metro al baño. -A un par de integrantes del equipo de fútbol se les escapó una risa nerviosa.

- No sólo vosotros, cachas inseguros -cortó Langdon-, sino todos. Chicos y chicas. Intentadlo. Medid la distancia entre el suelo y la parte más alta de la cabeza. Y divididla luego entre la distancia que hay entre el ombligo y el suelo. ¿No adivináis qué número os va a dar?

- ¡No será el Phi! - exclamó uno de los deportistas, incrédulo-.
 
- Pues sí, el Phi. Uno coma seiscientos dieciocho. ¿Queréis otro ejemplo? Medíos la distancia entre el hombro y las puntas de los dedos y divididla por la distancia entre el codo y la punta de los dedos. Otra vez Phi. ¿Otro más? La distancia entre la cadera y el suelo dividida por la distancia entre la rodilla y el suelo. Otra vez Phi. Las articulaciones de manos y de pies. Las divisiones vertebrales. Phi, Phi, Phi. Amigos y amigas, todos vosotros sois tributos andantes a la Divina Proporción.

Aunque las luces estaban apagadas, Langdon notaba que todos estaban atónitos. Y él notaba un cosquilleo en su interior. Por eso se dedicaba a la docencia.

- Amigos y amigas, como veis, bajo el caos del mundo subyace un orden. Cuando los antiguos descubrieron el Phi, estuvieron seguros de haber dado con el plan que Dios había usado para crear el mundo, y por eso le rendían culto a la Naturaleza. Es comprensible. La mano de Dios se hace evidente en ella, e incluso en la actualidad existen religiones paganas, que veneran a la Madre Tierra. Muchos de nosotros honramos a la Naturaleza como lo hacían los paganos, y ni siquiera sabemos por qué. Las fiestas de mayo que celebramos en los Estados Unidos son un ejemplo perfecto… la celebración de la primavera, la tierra que vuelve a la vida para darnos su fruto. La misteriosa magia inherente a la Divina Proporción se escribió al principio de los tiempos. El hombre se limita a acatar las reglas de la Naturaleza, y como el arte es el intento del hombre por imitar la belleza surgida de la mano del Creador, ya os podéis imaginar que durante este semestre vamos a ver bastantes muestras de la Divina Proporción aplicadas a las diversas manifestaciones artísticas.

Durante los siguientes treinta minutos, Langdon se dedicó a mostrarles diapositivas con obras de Miguel Ángel, Durero, Leonardo da Vinci y muchos otros, demostrando en todos los casos la deliberada y rigurosa observancia de la Divina Proporción en el planteamiento de sus composiciones. Langdon desenmascaró el número Phi en las dimensiones arquitectónicas del Partenón ateniense, de las Pirámides de Egipto e incluso del edificio de las Naciones Unidas de Nueva York. El Phi aparecía en las estructuras básicas de las sonatas de Mozart, en la Quinta Sinfonía de Beethoven, así como en los trabajos de Bartók, de Debussy y de Schubert. El número Phi, expuso Langdon, lo usaba hasta Stradivarins para calcular la ubicación exacta de los oídos o efes en la construcción de sus famosos violines.

- Para terminar - dijo Langdon acercándose a la pizarra-, volvamos a los símbolos. - Dibujó las cinco líneas secantes que formaban una estrella de cinco puntas-. Este símbolo es una de las imágenes más importantes que veréis durante este curso. Formalmente conocido como «pentagrama», o pentáculo, como lo llamaban los antigüos, muchas culturas lo consideran tanto un símbolo divino como mágico. ¿Alguien sabría decirme por qué?

Stettner, el alumno de matemáticas, levantó la mano.

- Porque al dibujar un pentagrama, las líneas se dividen automáticamente en segmentos que remiten a la Divina Proporción.

Langdon movió la cabeza hacia delante en señal de aprobación.
 
- Muy bien. Pues sí, la razón de todos los segmentos de un pentáculo equivale a Phi, por lo que el símbolo se convierte en la máxima expresión de la Divina Proporción. Por ello, la estrella de cinco puntas ha sido siempre el símbolo de la belleza y la perfección asociada a la diosa y a la divinidad femenina.
 
Las alumnas sonrieron, complacidas.
 
- Una cosa más. Hoy sólo hemos mencionado de pasada a Leonardo da Vinci, pero vamos a tratarlo mucho más durante el curso. Está perfectamente documentado que Leonardo era un ferviente devoto de los antiguos cultos a la diosa. Mañana os mostraré su famoso fresco La última cena, que es uno de los más sorprendentes homenajes a la divinidad femenina que vais a ver nunca.
 
- Lo dice en broma - intervino alguien -. Yo creía que La última cena era sobre Jesús.

- Pues hay símbolos ocultos en sitios que ni imaginarías.

- Venga - susurró Sophie - . ¿Qué pasa? Ya casi estamos. ¡Dese prisa!

Langdon levantó la vista y notó que estaba regresando de un lugar muy lejano. Se dio cuenta de que estaba de pie, inmóvil, en la escalera, paralizado por una súbita revelación.

« ¡Diavole in Dracon! Límala, asno. »

Sophie seguia mirandolo.

«No puede ser tan fácil», pensó.

Pero sabía que sí, que lo era.

Ahí, en las entrañas del Louvre... con imágenes de Phis y Leonardos revoloteándole en la mente, Robert Langdon, repentina e inesperadamente, descifró el enigma de Saunière.

¡Diavole in Dracor?! Límala, asno dijo . ¡Es un mensaje cifrado de los más simples!

 SINOPSIS

¿Qué misterio se oculta tras la sonrisa de Mona Lisa? Durante siglos, la Iglesia ha conseguido mantener oculta la verdad, hasta ahora. Antes de morir asesinado, Jacques Sauniere, el último Gran Maestre de una sociedad secreta que se remonta a la fundación de los Templarios, transmite a su nieta Sofía una misteriosa clave. Sauniére y sus predecesores, entre ellos Isaac Newton o Leonardo Da Vinci, han conservado durante siglos un conocimiento que puede cambiar la historia de la humanidad. Ahora Sofí­a, con la ayuda del experto en simbología Robert Langdon, comienza la búsqueda de ese secreto, en una trepidante carrera que les lleva de una clave a otra, descifrando mensajes ocultos en los m¡s famosos cuadros del genial pintor y en las paredes de antiguas catedrales.