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jueves, 30 de mayo de 2013

EL TEOREMA - Adam Fawer

Caine miró su mano y luego otra vez las cartas descubiertas. [...]

- Deja ya de calcular las probabilidades y apuesta —dijo Walter, que se tiraba de un padrastro.

Caine era famoso por hacer mentalmente complejas operaciones para calcular las probabilidades de casi todo. La única variable que Caine no podía cuantificar era la probabilidad de que sus oponentes se estuvieran echando un farol, pero de todas maneras lo intentaba. Caine tenía la sensación de que Walter intentaba meterle prisa, así que dedicó al viejo una mirada aburrida y continuó analizando la mesa.

Jugaban al póquer abierto, el Texas Hold 'Em y las reglas eran sencillas. Cada jugador recibía dos cartas, y luego seguía «el montón» que eran las tres cartas que se colocaban boca arriba para que todos las vieran. Entonces el crupier giraba una cuarta carta, conocida como «la vuelta», y a continuación la quinta y última carta, conocida como «el río». Se apostaba en cada ronda, en la que se repartían cartas, y luego los jugadores mostraban sus cartas. Aquel que tuviera la mejor mano —combinando las cinco cartas del centro de la mesa y las dos que tenía en la mano— ganaba.

Lo bueno del juego era que en cualquier momento, un jugador inteligente podía mirar las cartas en la mesa y saber cuál era la mejor mano que se podía hacer. Cuando Caine miró el montón, no vio tres cartas. Vio centenares de probabilidades. La que más le importaba era la que le indicaba si podía ganar. Con las cartas que tenía, Caine juzgó que la probabilidad era alta. Tenía un par de «balas»: el as de corazones y el as de diamantes. El montón consistía en el as de trébol y un par de picas: la jota y el seis. El trío de ases de Caine era la mano más alta posible en la mesa, pero aún quedaban un montón de cartas ocultas.

Comenzó a calcular todas las probabilidades posibles. Durante los pocos y preciosos segundos que Caine dedicó a los cálculos, las neuronas que insistían en que el aire olía a carne quemada tuvieron la bondad de permanecer calladas.

Cualquiera con dos picas tenía un total de cuatro picas: dos en la mano, dos en la mesa. Dicha persona necesitaría otra pica en la mesa para completar un color. Caine hizo el cálculo. Su mente jugaba con los números con la facilidad de un niño que recitaba el abecedario.

Había un total de trece picas en la baraja, así que si alguien tenía dos picas en la mano, como máximo sólo podían quedar nueve picas (las ocultas). La probabilidad de que una de las dos cartas siguientes fuese una pica era del 38 por ciento. Alta, pero las probabilidades de que a alguien le hubiesen tocado dos picas era sólo del 6 por ciento.

Caine activó el mecanismo mental para obtener la respuesta final, las probabilidades de recibir dos picas y de que aparecieran tres en la mesa. Exhaló un suspiro cuando el número apareció en su cabeza, como un resplandeciente letrero de neón: apenas un 2,3 por ciento. Aceptable.

Repitió el ejercicio. Esta vez calculó la probabilidad de que alguien recibiera una pica y completara un color: sólo el 1,6 por ciento. Las probabilidades de que alguien consiguiera un color con tréboles en lugar de picas era todavía menor: 0,2 por ciento. No había que preocuparse por ese lado.

La escalera era más preocupante. Con un as y una jota en la mesa, y sin otra figura o un diez a la vista, significaba que había doce ocultas que podían hacer una escalera (cualquiera de los cuatro reyes, reinas o dieces). Sin embargo, sólo había una probabilidad del 3,6 por ciento de que alguien ya tuviera las otras dos cartas necesarias para ligar una escalera. Teóricamente, todavía estaba viva la escalera de color, pero era tan difícil que ni siquiera se molestó en calcular las probabilidades.

Dado que Caine ya tenía tres ases, lo que necesitaba de verdad era otro as, una jota o un seis. Si conseguía el as, tendría póquer. Una jota o un seis le darían un full, ya fuera de ases y jotas o ases y seises. Con siete ocultas (un as, tres jotas y tres seises) las probabilidades de conseguir cualquiera de las cartas necesarias era del… Caine parpadeó, se le aceleró el pulso… 28 por ciento. Nada mal.

[...]

Caine cogió las fichas y las arrojó ciegamente al bote.

- Subo veinte.

- Veo.

La hermana Straight estaba dentro. Caine confiaba en que tuviera una pareja de jotas y que no estuviese buscando la escalera como tenía por costumbre.

- Veo.

Mierda. Stone también estaba dentro. Como siempre, permanecía inmóvil como una estatua. Casi nunca se movía, pero no se había ganado el apodo por eso; se lo había ganado porque era una maldita piedra. Stone siempre jugaba de acuerdo con las reglas, nunca entraba por capricho o una intuición, y se atenía a las probabilidades. No había manera de que entrara a menos que tuviera cartas para una escalera o color.

Caine se maldijo a sí mismo por no haber apostado fuerte antes para eliminar a todos los que buscaban una escalera. No hubieran entrado si él los hubiera asustado desde el principio. [...]

Walter jugó con las fichas, las hizo deslizar sobre sus nudillos con una facilidad rutinaria. Por un segundo, Caine creyó que Walter iba a subir, pero sólo vio. Sí, todos estaban esperando la ronda, aguantaban con lo que tenían hasta tener una idea más clara de lo que venía.

La carta siguiente fue una visión gloriosa. Para Caine, era más bonita que un desplegable del Playboy y más hermosa que una puesta de sol en el Gran Cañón: el as de picas. Con un par de balas en la mesa y otras dos en la mano, tenía póquer.

La única mano que podía ganarle era una escalera de color, pero era poco probable. La siguiente carta tendría que ser el rey, la reina o el diez de picas, y además haría falta que alguien tuviese las otras dos picas altas para completarla. Imposible.

Sin embargo… Caine hizo un rápido cálculo mental, con los párpados entornados para ocultar los rápidos movimientos de sus ojos: las probabilidades de recibir cualquiera de las tres combinaciones de picas necesarias (rey-reina, rey-diez o reina-diez) era de 150 contra una. La probabilidad de recibir una de estas parejas y que saliera la tercera carta era de 3.500 contra una. Sí, era imposible.

El bote era suyo; ahora sólo era cuestión de saber hasta dónde podría aumentarlo antes de que acabara la mano. Si apostaba demasiado fuerte podría espantar a todas las presas. Pero si decidía esperar y jugar lento, entonces podría acabar desperdiciando su mano ganadora. Tenía que apostar una chocolatina: ni demasiado grande, ni demasiado poco… lo justo.

- Van veinte. —Walter arrojó cuatro fichas rojas al bote y se reclinó en la silla, como si se preparara para una larga espera.

Caine miró sus fichas y cogió lentamente un par de verdes.

- Que sean cincuenta.

- Paso —anunció la hermana Straight, disgustada, y arrojó sus cartas con una mano mientras que con la otra toqueteaba la cruz de plata que llevaba colgada al cuello.

- Yo, también —dijo Stone. No se movió porque ya tenía las cartas boca abajo, en la mesa. Probablemente ambos habían buscado la escalera y suponían que algún otro había conseguido un color en la ronda.

- Eso nos deja a ti y a mí —señaló Walter, mientras masticaba con aire distraído una patata fría—. Hagamos que resulte interesante. Subo otros cincuenta. —Dijo con voz melosa. Sus fichas tintinearon en el centro del bote.

Caine intentó controlar el olor y concentrarse. ¿Qué estaba haciendo Walter? Bien podía ser que no tuviera más que basura, pero Caine no lo creía. Con un par de balas en la mesa, no. Además, había algo en la mueca arrogante del hombre que le hizo creer que tenía algo. Entonces Caine lo adivinó: Walter tenía en la mano una pareja de jotas o una pareja de seises. Tenía un full, probablemente de jotas y ases; el único problema para Walter era que un full no podía ganarle al póquer de Caine.

- Cincuenta más. —Caine lanzó al bote una ficha de cien. El círculo negro mate llamó la atención de Nikolaev y se acercó para mirar el desarrollo de la mano. Walter echó una negra de su pila y retiró dos verdes para tener cambio. 

Entonces el crupier mostró el río —el rey de picas— y el estómago de Caine se contrajo.

Con el as, el rey y la jota de picas a la vista, la escalera de color estaba oficialmente vivita y coleando. Miró de nuevo sus cartas y después las de la mesa, mientras intentaba no hacer caso del olor. Dio un largo trago de su copa para espantarlo, pero no le sirvió de nada. [...]

Los números lo ayudarían. Ellos serían su guía. Los recitó en su mente, toda su energía en la letanía de las probabilidades. Tenía cuatro ases. Cuádruple. ¿Eso qué significaba? [...]

Hay 133 millones de manos posibles que se pueden hacer con siete cartas. De estos 133 millones de cartas, sólo 224.848 son cuatro del mismo valor. Por lo tanto, sólo hay un 0,16% de probabilidades de conseguir un cuádruple: 595 a 1.

¿Qué pasa con la escalera de color?

Sólo hay 17.238 combinaciones de siete cartas que pueden formar una escalera de color de cinco cartas. Un 0,013% de probabilidades. Una en 7.761 manos.

Pero ¿cuáles eran las probabilidades de que salieran ambas al mismo tiempo? ¿Cuántas combinaciones había? La cabeza le daba vueltas. No podía pensar. ¿Cuántas combinaciones? No muchas. Pocas. Minúsculas. Insignificantes. Los cálculos lo superaban en su estado actual. Sólo sabía que había un pequeño resto de 17.238 manos que también podía incluir cuádruples. Probablemente algo así como 5.000 manos. Cinco mil combinaciones de siete cartas entre 133 millones posibles: 26.000 contra 1.

No había manera. Pero era posible. [...]

Ahora que se había destapado la última carta, el juego estaba limitado al bote; la apuesta no podía superar el monto del bote.

Walter miró a Caine en un intento de encontrar una pista de lo que llevaba. Si había alguna. Lo agudo del malestar de Caine las ocultaba. Todo lo que Walter sacó en limpio de la observación fue que Caine parecía un muerto viviente.

Después de un segundo, Walter murmuró volviendo la cabeza:

- Vitaly, haz la suma. —Nikolaev se acercó a la mesa y con gran rapidez apiló todas las fichas del bote. Cinco negras, ocho verdes y quince rojas: un total de 775 dólares—. Veo tus cien y subo el bote —anunció Walter y cogió diez billetes de cien dólares del billetero que tenía junto a sus fichas—. Tienes que poner 875 dólares para ver.

Walter quería que Caine creyera que llevaba una escalera de color, pero ni hablar. Era imposible según el cálculo de probabilidades. Walter sencillamente estaba intentando comprar el bote, pero Caine no se lo iba a permitir. Miró su pequeña pila de fichas y luego el trozo de papel que había debajo. Era una línea de crédito de quince mil dólares, para recompensar a Caine por pagar siempre sus deudas puntualmente. Cuando Nikolaev se la había dado, Caine se había jurado que nunca la utilizaría a menos que tuviera algo absolutamente seguro. Si cuatro ases no eran algo seguro, entonces que alguien le dijera qué lo era.

Le hizo un gesto a Nikolaev, pero podría haberse ahorrado la molestia. Nikolaev ya había llamado a su gigantesco guardaespaldas, que inmediatamente colocó una pila de diez fichas moradas delante de Caine. Si veía los 875 dólares, la mano se acabaría en cinco segundos. Si perdía, estaría endeudado con Nikolaev por mil dólares; no era algo deseable, pero podía reunirlos en pocas semanas. Caine intentó engañarse y decirse que estaba considerando esa opción, pero tenía claro que era mentira. No podía ver. Con cuatro ases, no. Después de que Walter intentara robarle el bote, no. Ver ya no era una opción. Tenía que subir.

Caine empujó lentamente cuatro fichas moradas hacia el bote y retiró cinco negras para tener cambio.

- Van 3.500 dólares. Tú hablas.

Se oyó una discreta exclamación de la hermana Mary. Incluso Stone estaba impresionado; Caine lo sabía por la diminuta arruga que había aparecido en su frente. Desapareció todo el aire de la habitación. Hasta el hediondo olor desapareció por un momento mientras Caine miraba los ojos llorosos de Walter.

- Tienes que poner 2.625 dólares, Walter. ¿Vas o pasas?

- Mañana querrás darte de bofetadas —replicó Walter despreciativamente. Miró a Nikolaev y le colocaron delante diez fichas moradas. Walter las acercó todas al bote, y luego añadió, una a una, cinco negras—. Subo. ¿Lo ves?

Caine sintió que el corazón se le detenía. No podía subir más. Ya estaba. Tenía que poner 7.875 para ver. Si perdía, la deuda con Nikolaev sería de once mil dólares, que eran 10.600 dólares más de lo que tenía en el banco. Era una deuda de cuidado con un acreedor de cuidado. Al menos a Caine ya no le hacía falta plantearse si tenía o no un problema con el juego. Su padrino en Jugadores Anónimos estaría muy orgulloso.

Pero nada de todo eso importaba. Si no utilizaba sus cuatro ases para llevarse el bote, que ahora era de 15.750 dólares, se pegaría un tiro.

- Voy —contestó con un débil suspiro y un nudo en el estómago. Acercó las ocho fichas moradas al bote y después añadió—: Enséñalas.

Caine notó que todos se inclinaban sobre la mesa ansiosos por saber si Walter tenía la reina y el diez de picas para hacer una escalera de color o si no era más que basura. Walter descubrió sus cartas una por una. Cuando Caine vio que la primera era la reina de picas, supo que Walter la había conseguido. Pero, con todo, ni se movió cuando el viejo destapó el diez negro. Escalera de color real. Era la única mano posible capaz de derrotar los cuatro ases de Caine. Lo había perdido todo. No parecía real. Las probabilidades eran tan bajas que casi se acercaban a lo imposible.

Caine intentó decir algo pero no pudo. Consiguió mover la boca, pero antes de que un sonido pudiese escapar de su garganta, el olor lo cubrió, lo engulló como una enorme ola. Notó cómo se le filtraba en la piel, se le metía en las venas, se abría paso a través de la nariz, la boca y los ojos. Era peor que nunca. Era el olor de la muerte.

El mundo se volvió oscuro mientras Caine caía al suelo. En la fracción de segundo antes de que perdiera el conocimiento Caine descubrió una emoción que le sorprendió: alivio.

SINOPSIS


David Caine es epiléptico, posee una espectacular capacidad para las matemáticas y el cálculo mental y pasa todas las noches jugando al póquer. A causa de sus frecuentes y terribles ataques de epilepsia ha perdido su trabajo de profesor de estadística en la universidad, ha recaído en su adicción al juego y su vida se ha convertido en un infierno. Confía en su don para calcular probabilidades y así ganar mucho dinero, lo que le permitiría empezar de nuevo, pero lo improbable no es imposible y acaba debiéndole una fortuna a un peligroso capo de la mafia rusa. A fin de librarse de su enfermedad y recuperar el control de su vida, Caine decide arriesgarse con un medicamento en pruebas, administrado por un misterioso doctor de oscuras intenciones que lo uliliza para un experimento sobre la predicción del futuro basado en la teoría matemática conocida como el demonio de Laplace. Desde que inicia el tratamiento, Caine tiene visiones alucinatorias, que podrían ser tanto un signo de su recién adquirida habilidad predictiva como síntomas de episodios psicóticos, efecto secundario de la medicación. Para escapar del enloquecido científico, Caine contará con la ayuda de su hermano gemelo, Jasper, y de la arisca agente de la CIA Nava Vaner. Los tres se verán envueltos en una trama de múltiples ramificaciones, y será la capacidad de Caine para ver el futuro lo que les permitirá resolver la compleja situación. Una auténtica golosina para cualquier curioso sobre las regiones más oscuras de la ciencia moderna, donde lo racional se confunde con lo paranormal.


viernes, 12 de abril de 2013

EL TEOREMA - Adam Fawer

A diferencia de la mayoría de los profesores en el departamento de Estadística, a Caine le encantaba enseñar. Después de dar su primera clase, descubrió que tenía un don especial para transmitir su pasión por la estadística de una manera que intrigaba y entusiasmaba a los estudiantes.

Si bien no sentía la misma emoción que cuando ganaba un bote de los grandes, había algo en abrir a sus estudiantes las puertas del mundo de las probabilidades que le apasionaba. Por una de esas ironías del destino, el hecho de perder todo su dinero en partidas de póquer clandestinas por toda la ciudad había hecho que acabara en una aula. No tenía otra alternativa; necesitaba el dinero y como estudiante de cuarto de estadística en la universidad de Columbia, dar clases de una parte de la «Introducción a la teoría de las probabilidades» era el único trabajo a su alcance.

Como se había quedado sin dinero ni crédito, no podía jugar al póquer hasta recibir el primer sueldo. Pero cuando se lo pagaron, Caine se dio cuenta de que ya no le apetecía jugar. Aquella noche, no soñó con cartas sino con la clase del día siguiente.

Aquél fue el momento en que comenzó a cambiar todo. Por supuesto que a la mañana siguiente se despertó con el ansia y el deseo que sólo puede comprender el verdadero jugador, pero se obligó a tragarse aquellos sentimientos y a canalizarlos hacia el mundo académico. La enseñanza le había dado finalmente aquello que decenas de reuniones en Jugadores Anónimos no le habían dado: control.

Los dos meses siguientes habían sido casi tranquilos, e iba tomando conciencia de que podía dominar su adicción. Durante un tiempo, Caine llegó a creer que las cosas iban finalmente de la manera que quería, hasta el momento en que todo se vino abajo.

Aún podía recordar el instante preciso en que su vida comenzó a derrumbarse. Había sido en el mismo lugar donde las cosas habían comenzado a enderezarse: el aula. Había estado apoyado contra la pizarra, con un trozo de tiza en una mano y un vaso de café en la otra. Entonces comenzó con una improvisada lección de historia.

- Veamos, ¿alguien conoce de dónde viene la teoría de las probabilidades?

Silencio.

- Muy bien, os ofreceré vanas respuestas. La teoría de las probabilidades surgió de una serie de cartas entre dos matemáticos franceses que discutían de... (a) física, (b) filosofía o (c) dados.

Ninguna respuesta.

- Si alguien no levanta la mano en los próximos cinco segundos, esto entrará en el examen. -Veinte manos se levantaron en el acto-. Eso está mejor. Jerry, ¿tú qué dices?

- ¿Física?

- No. La respuesta correcta es (c), dados.

»El hombre al que debemos el cálculo de las probabilidades nació en 1623 y se llamaba Blaise Pascal. Como muchos niños privilegiados de la época, Pascal fue educado en su casa por su padre y varios tutores. Sin embargo, el padre de Pascal no quería que su hijo se esforzara en exceso y por lo tanto decidió que Blaise debía concentrarse en los idiomas y dejar a un lado las matemáticas.

»Como era un chico normal, el hecho de que no pudiera estudiar matemáticas sólo sirvió para incentivar su curiosidad, así que decidió estudiar geometría en su tiempo libre. -Alguno de los estudiantes habían puesto los ojos en blanco, y Caine añadió-: Escuchad, esto fue antes de los videojuegos; no había muchas cosas que un chico pudiera hacer para divertirse.

Risas.

- En cuanto el padre se enteró del don natural de Blaise para los números, le regaló Los Elementos de Euclides; recordad que tampoco había televisión, así que la gente leía esas cosas llamadas «libros». -Esto cosechó un par de carcajadas-. Después de ver cómo Blaise se tragaba Euclides, el padre contrató a los mejores maestros de matemáticas, algo que resultó ser una muy sabia decisión porque Blaise Pascal se convirtió en uno de los matemáticos más importantes del siglo XVII. Entre otras muchas cosas, una de sus invenciones ha tenido una gran repercusión en las vidas de todos los que están presentes en esta sala. ¿Alguien sabe qué era?

- ¿El ábaco? -Arriesgó una de las alumnas.

- creo que confundes a los franceses con los antiguos chinos —le dijo Caine—. Aunque vas por el camino correcto. Inventó la primera máquina de calcular, que más tarde evolucionó hasta ser la calculadora actual. Durante el resto de su vida, estudió matemáticas y física, aunque unos pocos años antes de su muerte renunció a su obsesión por los números y, aunque resulte una ironía, lo hizo porque se demostró matemáticamente que aprovecharía mejor su tiempo si lo dedicaba a la religión y la filosofía.

- ¿Cómo lo hizo? -preguntó un estudiante barbudo sentado en la última fila.

—Buena pregunta y la responderé en un instante. Bien, ¿por dónde iba? Ah, sí... -Caine bebió un sorbo de café y continuó-: Antes de que Pascal abandonara las matemáticas, un noble francés llamado Chevalier de Méré, en 1654, le planteó varias preguntas. Intrigado por esas preguntas, Pascal comenzó a cartearse con un viejo amigo de su padre, un antiguo consejero del reino llamado Pierre de Fermat. Resultó ser que De Méré era un jugador compulsivo y sus preguntas se referían a un juego de dados muy popular donde el jugador tira cuatro dados. Si lo hacía sin sacar un seis, cobraba la apuesta, pero si sacaba un seis, entonces ganaba la casa. De Méré quería saber si las probabilidades estaban a favor de la casa. Escuchad bien, si sólo tenéis que aprender una cosa de esta clase, espero que sea esto.

Caine se volvió hacia la pizarra y escribió con grandes letras mayúsculas: «LAS PROBABILIDADES SIEMPRE ESTÁN A FAVOR DE LA CASA. »

Se oyeron unas cuantas risas.

- Bien, ¿alguien puede decirme por qué es así? Jim.

El estudiante favorito de Caine se animó.

- Porque si las probabilidades no estuviesen a favor de la casa, entonces la casa perdería más dinero del que gana, así que al final no habría casa.

- Exactamente -asintió Caine-. En mi opinión, incluso antes de la creación de la teoría de las probabilidades, el señor De Méré tendría que haberlo sabido. Pero, por supuesto, si los nobles franceses hubiesen sido listos probablemente no les habrían cortado la cabeza.

»La cuestión es que Pascal y Fermat demostraron matemáticamente, sorpresa, sorpresa, que las probabilidades estaban efectivamente a favor de la casa. Demostraron que si un jugador hacía 100 tiradas, probablemente no sacaría un seis y ganaría 48 veces, pero sacaría un seis y perdería 52 veces. Por lo tanto, las probabilidades del juego estaban a favor de la casa, 52 a 48. Así nació la teoría de las probabilidades, porque un noble francés quería saber si apostar a que no sacaría un seis con cuatro dados era una apuesta inteligente.

Unas cuantas cabezas asintieron, cosa que Caine había aprendido que era el código para «vaya, interesante». Un estudiante afroamericano sentado entre los últimos, levantó la mano.

- Sí, Michael? -preguntó Caine.

- ¿Cómo demostró Pascal que debía dedicar su vida a la religión?


SINOPSIS

David Caine es epiléptico, posee una espectacular capacidad para las matemáticas y el cálculo mental y pasa todas las noches jugando al póquer. A causa de sus frecuentes y terribles ataques de epilepsia ha perdido su trabajo de profesor de estadística en la universidad, ha recaído en su adicción al juego y su vida se ha convertido en un infierno. Confía en su don para calcular probabilidades y así ganar mucho dinero lo que le permitiría empezar de nuevo, pero lo improbable no es imposible y acaba debiéndole una fortuna a un peligroso capo de la mafia rusa. A fin de librarse de su enfermedad y recuperar el control de su vida, Caine decide arriesgarse con un medicamento en pruebas, administrada por un misterioso doctor de oscuras intenciones que le utiliza para un experimento sobre la predicción del futuro, basado en la teoría matemática conocida como el demonio de Laplace.
Una auténtica golosina para cualquier curioso sobre las regiones más oscuras de la ciencia moderna, donde lo racional se confunde con lo paranormal.
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miércoles, 3 de abril de 2013

EL TEOREMA - Adam Fawer

- Como la mayoría de los que estamos presentes en esta aula, Laplace fue incomprendido por sus padres -dijo Caine mientras caminaba por delante de la pizarra-. Aunque su padre quería que fuera soldado o sacerdote, Laplace se decidió por la vida académica. Por lo tanto, cuando cumplió los dieciocho años marchó al epicentro académico de Francia: París. Allí consiguió un trabajo como profesor de geometría de los cadetes de una academia militar. Entre ellos había un chico llamado Napoleón Bonaparte que, según me han dicho, hizo después algunas cosas extraordinarias.

Los doce estudiantes reunidos alrededor de la mesa rieron cortésmente.


- En 1770, Laplace presentó su primer trabajo en la prestigiosa Académie des Sciences. Después de aquello, quedó claro para todos que era un genio matemático. Así que se dedicó el resto de su vida a dos campos: la probabilidad y la astronomía



SINOPSIS

David Caine es epiléptico, posee una espectacular capacidad para las matemáticas y el cálculo mental y pasa todas las noches jugando al póquer. A causa de sus frecuentes y terribles ataques de epilepsia ha perdido su trabajo de profesor de estadística en la universidad, ha recaído en su adicción al juego y su vida se ha convertido en un infierno. Confía en su don para calcular probabilidades y así ganar mucho dinero lo que le permitiría empezar de nuevo, pero lo improbable no es imposible y acaba debiéndole una fortuna a un peligroso capo de la mafia rusa. A fin de librarse de su enfermedad y recuperar el control de su vida, Caine decide arriesgarse con un medicamento en pruebas, administrada por un misterioso doctor de oscuras intenciones que le utiliza para un experimento sobre la predicción del futuro, basado en la teoría matemática conocida como el demonio de Laplace. Para escapar del enloquecido científico, Caine contará con la ayuda de su hermano gemelo y de una arisca agente de la CIA. Los tres se verán envueltos en una trama de múltiples ramificaciones, y será la capacidad de Caine para ver el futuro lo que les permitirá resolver la compleja situación. Una auténtica golosina para cualquier curioso sobre las regiones más oscuras de la ciencia moderna, donde lo racional se confunde con lo paranormal.