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miércoles, 19 de septiembre de 2018

LA SALA 77 - Sam Baker

—Profesora, si la información que tengo no está equivocada usted es licenciada en humanidades ¿verdad?

—Así es, comisario —afirmó mirándole con gesto preocupado.

—Bien, en ese caso quizá pueda contarnos algo acerca del símbolo que ese hombre tiene grabado en su pecho. Algo que nos ayude a descubrir qué significado puede tener para la persona que lo ha asesinado.

Margaux se reclinó sobre el respaldo del banco sorprendida por la petición que le estaba haciendo. En aquel momento sentía que su cabeza estaba completamente bloqueada, incapaz de centrarse en algo que no fuera tratar de comprender por qué ellos se veían envueltos en una situación como aquella. Aún así, hizo un gran esfuerzo por tratar de responderle lo mejor que pudo.

—En realidad, comisario, es muy difícil contestar a esa pregunta del modo que usted está buscando —inició insegura—. Esa espiral que le han marcado en el pecho es uno de los símbolos más utilizados por las distintas civilizaciones a lo largo de la historia. Siempre se ha utilizado con un fin decorativo como en las columnas de los templos griegos, por ejemplo, que es de donde seguramente a ustedes les suene.

Milanelli notó la dificultad con la que la profesora Margaux estaba respondiendo aquella pregunta, de modo que se llevó la mano derecha a la boca e hizo un ligero ronroneo que no pasó desapercibido para Chavrier.

—¿Desea añadir alguna cosa, profesor?

—En realidad sí, comisario —respondió satisfecho de comprobar que había conseguido su objetivo—. Verán, dentro de las matemáticas la espiral tiene un significado algo diferente del que nos está exponiendo la profesora. Creo además, que se trata de un significado mucho más concreto, y dada la situación en la que nos encontramos, tal vez sea más interesante.

Ahora todos le escuchaban atentamente.

—La espiral ha sido desde el principio de los tiempos uno de los enigmas que más nos ha fascinado a los matemáticos y muchos han sido los que han intentado encontrar una ecuación que les permitiera establecer su trayectoria y su longitud. Arquímedes en el siglo III a. C. fue el primero en proponer una ecuación cartesiana que la describiera. Muchos siglos después, otros científicos como Descartes, Torricelli o Bernoulli, utilizaron el cálculo infinitesimal para estudiarla a la vez que describieron nuevos tipos de espirales como la logarítmica de Descartes, la áurea de Durero o la espiral parabólica de Fermat.

El comisario y Sanoir le miraban sin comprender.

—No entiendo a dónde quiere ir a parar, profesor —dijo molesto Chavrier.

—Tenga paciencia, comisario —contestó Milanelli—. El caso es que su querido René Descartes dedicó gran parte de su trabajo a estudiar la espiral uniforme descrita por Arquímedes para intentar dar solución al problema que su colega Galileo Galilei propuso sobre la trayectoria de caída de los cuerpos debida al movimiento de rotación de la tierra.

Al terminar, Milanelli les miró con una gran sonrisa dibujada en su rostro. Sanoir observó con extrañeza a Chavrier que no dejaba de mirar fijamente al profesor.

—¿Y bien?

—Se lo acabo de decir, comisario. Galileo es la respuesta que explica por qué ese hombre lleva ese símbolo grabado en el pecho.

Campbell, que hasta entonces había escuchado atentamente las explicaciones de los dos profesores, se dirigió a ellos sin estar completamente seguro de lo que estaba a punto de decir.

—En realidad —comenzó dubitativo— creo que lo que nos está queriendo decir el profesor con esa historia de Galileo y Descartes es que la espiral podría reflejar metafóricamente una trayectoria. En este caso una trayectoria vertical.

Campbell era consciente de que Chavrier y Sanoir estaban percibiendo la poca convicción que transmitían sus palabras. En cualquier caso, ya era demasiado tarde para dar marcha atrás.

—Como bien ha dicho la profesora, la espiral es un símbolo que ha estado presente en muchas civilizaciones diferentes a lo largo de la historia.

SINOPSIS

París, 12 de junio de 2013, 17:00 horas. El hijo del presidente de la República Francesa, Jean Marie Deneux, ha desaparecido. El departamento de seguridad de la policía nacional recibe una grabación donde se le puede ver amordazado y con los ojos vendados. Junto a esa grabación, también reciben una sencilla carta en la que figuran los nombres de tres profesores universitarios, Emilie Margaux, James Campbell y Fabricio Milanelli. El jefe del departamento, el comisario Laurent Chavrier, junto con el jefe del servicio secreto, Jean Paul Sanoir, deciden trasladar a París a los tres profesores y reunirles en el Palacio del Elíseo antes de medianoche.
A su llegada, los profesores descubrirán la verdadera razón por las que se les ha trasladado a París y se verán atrapados en una situación en la que el máximo responsable del servicio secreto quiere incriminarles. Sorprendidos por el repentino giro que sufren sus vidas en pocas horas, los tres profesores aceptan colaborar con la policía para intentar descubrir el paradero del hijo del presidente. A lo largo de toda la noche, se verán inmersos en el macabro juego que los secuestradores han organizado. Cada uno de ellos irá descubriendo, poco a poco, cuál es la razón por la que su nombre figuraba en la carta recibida por la policía. La profesora Margaux y el profesor Campbell tendrán que utilizar todo su conocimiento en arte e historia para resolver los problemas que los secuestradores les van planteando. El profesor Milanelli, catedrático de cálculo infinitesimal, será, por su parte, la pieza clave para intentar descubrir el paradero del hijo del presidente y el primero en darse cuenta de que lo que está ocurriendo esa noche en París va mucho más allá de un simple secuestro.
Con el museo del Louvre como epicentro y ayudados por los inspectores Paccaud y Bingleau, los tres profesores, Chavrier y Sanoir se verán inmersos en una frenética búsqueda contrarreloj donde se entrelazan las historias contenidas en algunos de los cuadros más importantes del Louvre con los edificios más emblemáticos de la ciudad como la catedral de Notre Dame, el Panteón y la basílica del Sagrado Corazón en busca de la información necesaria para intentar salvar la vida de Deneux antes de que sea demasiado tarde.

martes, 18 de septiembre de 2018

EL SECRETO DEL GAZPACHO - Gervasio Posadas

Finalmente apareció la escritora, con sólo una hora de retraso, lo que no era mucho si se comparaba con los humos que se daban otras divas. Era una mujer de unos treinta y pocos, muy rubia, con facciones muy lavadas y con unos ojos azules transparentes. Guapa pero un poco fría para los gustos de Rodrigo. Venía acompañada por un asistente, cruce entre proselitista de la Iglesia de la Cienciología (traje gris, camisa blanca, corbata azul estrecha) e hipermusculado de gimnasio de barrio.

Como iban un poco justos de tiempo decidieron hacer la entrevista a la vez que la maquillaban y le hacían las pruebas de vestuario. Carmen J. White se acomodó en una silla de tijera mientras a su alrededor se arremolinaba la gente. Rodrigo se presentó en inglés y se sentó en otra silla a su lado. Ella sonrió, le dijo las habituales frases de cortesía americanas y se mostró aliviada de que la entrevista fuera en su idioma.

Instyle: El número de oro es una de las mayores sorpresas editoriales de los últimos tiempos. Una autora novel, una profesora de matemáticas de una pequeña universidad del Midwest americano escribe un libro y vende millones de ejemplares.

Carmen J. White: En contra de lo que les pasa a otros escritores, yo creo en la intuición de los lectores. Ellos han sabido apreciar un libro que les aclara enigmas que siempre han llamado su atención, que les habla con un lenguaje de hoy sobre el saber de ayer, de los sabios de la antigua Grecia, de la evolución de sus ideas, y que, por otro lado , les plantea problemas de nuestro mundo actual.

I.: La Atlántida, las grandes catedrales, los códigos numéricos antiguos, Pitágoras, la filosofía griega. Este libro ha debido suponer un gran esfuerzo de imaginación y documentación para combinar todos estos temas.

C. J. W.: De investigación, principalmente. Humildemente y sin buscar comparaciones, puedo acudir a aquella frase de lsaac Newton: “Si he podido ver más allá que otros es porque me levanté sobre hombros de gigantes”.

I.: ¿ Quiere usted decir que se ha basado en hechos históricos reales o en textos desconocidos?

C. J. W. (tras darle un sorbito a un café que le acaban de poner): Es sorprendente la cantidad de información que se encuentra en los libros que los investigadores desdeñan o que toman al pie de la letra. Uno de los casos más evidentes es el de la Atlántida. En sus diálogos Timeo y Critias, Platón describe la Atlántida como una gran nación marítima, fabulosamente rica, situada junto a las Columnas de Hércules (estrecho de Gibraltar), dominando el Mediterráneo entre Egipto y Toscana. En sus textos intercala hechos ciertos con otros ficticios, como el propio emplazamiento de esta civilización, que en realidad esconden códigos numéricos que nos proporcionan una información mucho más rica. Aquí nace mi historia, la aventura de Isabelle, mi protagonista. Lógicamente para escribir este relato me ha resultado muy útil mi formación matemática.

I.: ¿Cree usted que realmente existió la Atlántida?

C. J. W.: Creo que la existencia de la Atlántida como civilización, no como continente, es irrefutable. Así lo demuestran la infinidad de intercambios precolombinos entre América y Europa, las extraordinarias concordancias lingüísticas entre algunos pueblos americanos, como los anahuac y los chachapoyas, los pueblos mediterráneos semíticos, o las increíbles similitudes entre las pirámides de Egipto y las del otro lado del océano. Sin ir mas lejos, recientemente se han descubierto en el Levante español, cerca de Benidorm, inscripciones cuyo origen parece ser americano. El problema es que los historiadores que han investigado el tema han interpretado textualmente los escritos de Platón. De esta forma se ha llegado a confundir el supuesto continente «más grande que Libia y África juntas» con Tartessos, en el sur de España, con las islas Canarias o Madeira. En realidad, tal y como explico en el libro. La Atlántida es una parte de América del Sur. Platón sólo intenta proteger el secreto del emplazamiento exacto que se desvela de forma codificada en ciertos pasajes poco conocidos de Critias.

I.: Y supongo que en toda esta parte del código numérico es donde interviene Pitágoras.

C. J. W. (un poco extrañada): Sí, tal como explico en mi libro, Platón, más allá de su relación con Sócrates, estaba fuertemente influido por las enseñanzas de Pitágoras. Incluso se dice que algunos de sus diálogos están plagiados de escritos pitagóricos. A pesar de que la mayoría de las personas identifican a este personaje con las matemáticas y la geometría por su famoso teorema, Pitágoras fue además un astrónomo y filósofo revolucionario que introdujo en Europa conceptos tan distintos como el estudio de las órbitas de los planetas o de las armonías musicales, además de otros muchos menos conocidos. Todas estas enseñanzas han influido de una forma muy poderosa en pensadores, artistas y científicos posteriores, tales como Descartes, Kepler o el propio Leonardo da Vinci, y han permanecido vivas gracias a un escogido grupo de iniciados.

I.: Sí, las sociedades secretas, que tanto juego dan en los libros.

C. J. W. (algo mosqueada): Es difícil explicar la historia de nuestra civilización occidental sin la existencia de estas sociedades. Es evidente que han existido muchos grupos de falsarios, pero hay corrientes de pensamiento y conocimiento que fueron claramente custodiadas por personas seleccionadas a lo largo del tiempo hasta que la humanidad estuviera lista para asimilar este conocimiento.

I. : Y de ahí el título de El número de oro. Es el nombre de la sociedad secreta, ¿no?

C. J. W. (muy mosqueada): ¡Es increíble! No sólo viene usted a entrevistarme sin haberse leído mi libro y sin enterarse de nada, sino que encima pretende que le destripe todo el argumento. ¿Qué pasa? ¿No ha hecho una entrevista en su puñetera vida?
Para su propia información, por su propia cultura general y sin que transcriba esta parte de la conversación le diré que el Número de Oro o la Proporción Áurea, como también se le llama, no es una secta sino una medida y un número. Es la relación proporcional que resulta de dividir dos trazos en partes desiguales, de manera que la relación que hay entre la sección menor y la mayor sea la misma que la que existe entre la mayor y el todo. Está representada por el número Φ = 1,618034.

I.: ¡Aaahhh! (Rodrigo era de letras y muy de letras. Le hablaban de esas cosas y se le ponía una tremenda cara de lerdo).

C. J. W.: La enorme mayoría de rectángulos son áureos, es decir, su base dividida por su altura es igual a Φ. Haga la prueba. Su carnet de identidad, la bandera de su país, casi todos los libros. Y no sólo eso, la proporción áurea se encuentra en muchísimos elementos de la naturaleza como las caracolas de mar, las espirales de los girasoles o los cristales de nieve.

I.: Ohhh.

C. J. W.: También está presente en la construcción de las grandes catedrales y en la mayoría de las composiciones musicales de los compositores clásicos, y de algunos no tan clásicos. Esta Proporción es la que utiliza la protagonista de mi libro para resolver el enigma. Es un tema tan básico que hasta sale en el dichoso Código Da Vinci. Bueno, dicho todo esto, ¿tiene usted alguna pregunta inteligente que hacer?

SINOPSIS

Rodrigo Alonso, un publicitario de éxito que ha pasado ya la barrera de los cuarenta, ve que la edad de oro de la publicidad pertenece al pasado. Su crisis se agudiza y concluye con el abandono de la agencia en la que trabaja. Puede ser el inicio de una nueva vida, pero lo que no se espera de ningún modo este cuarentón recién liberado, que se concentra inútilmente en la escritura de un libro de autoayuda sobre el hombre de nuestro tiempo, es verse involucrado en una conspiración para dominar el mundo de una secta pitagórica que le confunde con la reencarnación de su mítico fundador. A partir de ese momento se ve envuelto en un torbellino de variadas desgracias y disparates. Para intentar librarse de este embrollo necesitará la ayuda del más variopinto grupo de colaboradores. Sátira de la publicidad, los libros de autoayuda, el ocultismo, el ligue cibernético, las novelas de enigma histórico con templarios y rosacruces y un sinfín de tendencias contemporáneas, esta novela encierra en sus páginas más humor que la más loca comedia y más aventuras que el más desenfrenado thriller.

jueves, 25 de agosto de 2016

EL MISTERIOSO ASESINATO DE BENSON - S. S. Van Dine

Markham se sentó con ceño adusto y la mirada perdida en el vacío.

—Estoy seguro de que usted piensa que sabe algo.

—Cogito, ergo sum —murmuró Vance—. Ya sabe usted que he sentido siempre bastante inclinación hacia la filosofía naturalista de Descartes. Esta consistió en arrancar de la duda universal y en asentar el conocimiento positivo en la conciencia de sí mismo. Tanto Spinoza, con su panteísmo, como Berkeley, con su idealismo, equivocaron por completo el sentido del entimema favorito de su precursor. Descartes fue brillante hasta en sus errores. Su método de razonamiento, a pesar de todas sus inexactitudes científicas, dio un nuevo alcance a los símbolos del análisis. Después de todo, si el entendimiento ha de funcionar con eficacia, es preciso saber combinar la precisión matemática de las ciencias naturales con las especulaciones puras, como son las astronómicas. Por ejemplo, la doctrina de Descartes acerca de los torbellinos…

SINOPSIS

Un personaje novedoso en su época, convertido en todo un clásico de la novela negra.

Basada en el asesinato real de un célebre jugador de bridge, es la primera de las aventuras del excéntrico detective aficionado Philo Vance, que investiga y resuelve un complicado caso gracias a los métodos deductivos y a su olfato para comprender las sutilezas de la psicología humana…

miércoles, 24 de agosto de 2016

CARTA SOBRE LOS CIEGOS PARA USO DE LOS QUE VEN - Denis Diderot

Hay una clase de abstracción de la que son capaces tan pocos hombres que parece reservada a las inteligencias puras, es aquella mediante la cual todo se reduciría a unidades numéricas. Hay que admitir que los resultados de tal geometría serían en verdad exactos y sus formulas muy generales, dado que no existen objetos, ya sea en la naturaleza, ya sea en lo posible, que esas unidades simples no pudieran representar, puntos, líneas, superficies, sólidos, pensamientos, ideas, sensaciones y… si por ventura era éste el fundamento de la doctrina de Pitágoras, podríamos decir que fracasó en su proyecto porque tal manera de filosofar está muy por encima de nosotros y se acerca demasiado al Ser supremo que, según la ingeniosa expresión de un geómetra inglés, geometriza perpetuamente en el universo.

SINOPSIS

«Si alguna vez un filósofo ciego y sordo de nacimiento concibe un hombre a semejanza de Descartes, me atrevo a asegurarle, señora, que ubicará el alma en la punta de los dedos; porque de allí provienen sus principales sensaciones y todos sus conocimientos». En esta frase, dirigida a su misteriosa corresponsal de la Carta sobre los ciegos para uso de los que ven, queda admirablemente plasmada la tesis principal de la obra: que nuestras ideas morales están supeditadas a nuestros sentidos, heterodoxia que le valió una temporada en la cárcel de Vincennes. A finales de 1740, al tiempo que se dedica a la Enciclopedia, el escritor y filósofo Denis Diderot, vuelve sus ojos a las ciencias experimentales. La operación de una ciega de nacimiento le lleva a especular sobre la relación entre lo que se ve y lo que se es.

sábado, 13 de agosto de 2016

TARDES DE CHOCOLATE EN EL RITZ - Reyes Calderón

—¿Chiflada? Ni hablar: tú puedes ser muchas cosas, pero no eres una chiflada. Además, tengo que confesarte que yo también tengo consideración por los sueños, aunque no se lo cuento a nadie, no me pase como a ti y me tilden de loca… Hoy todo lo onírico ha caído en desuso, pero, desde muy antiguo, las visiones nocturnas llamaron la atención de reyes y criados, que pagaban cantidades astronómicas a caldeos, griegos, egipcios o judíos para que se las interpretaran: creían que los sueños eran uno de los vehículos por el que las divinidades les daban a conocer su voluntad; los bienes y males venideros…

—¡Qué interesante! ¿Tienes algún libro sobre sueños que me puedas prestar?

En ese instante, me vino a la mente la imagen de Marta leyendo la interpretación freudiana de los sueños, y pensando que, en realidad, su visión nocturna escondía un deseo que no podía satisfacer debido a obvias razones: cargarse a su marido… Decidí que era mejor no prestarle ninguno. Se olvidaría enseguida, de modo que respondí:

—Alguno tengo, sí, pero no sé si te gustará: mezclan las cosas de modo que cuesta separar la paja del trigo.

Marta pareció animarse un poco con la conversación: es por naturaleza una mujer de curiosidad casi infinita y los nuevos datos le hicieron olvidar, al menos temporalmente, su miedo inicial. Dio un pequeño saltito, se colocó justo a mi vera y me pidió que le explicara lo que supiera sobre el mundo de los sueños. Me azoré, porque, como digo, mi conocimiento sobre ese tema se limita a haber leído tres o cuatro libros sobre la materia. Conozco a Marta lo suficiente para saber que tomaría todo lo que yo le dijera como si fuera ciencia comprobada. A toda prisa, intenté ordenar mis ideas.

—¿Has oído hablar de la campana de Gauss? —le pregunté.

—¿Gauss? ¿Te refieres al diseñador? ¡Ahora que lo dices, creo que en mi armario no hay nada suyo!

—¡No, no! Yo me refiero al matemático, a Carl Friedrich Gauss. Es conocido como «el príncipe de los matemáticos» o como «el padre de la moderna teoría de errores»… Bueno, eso no es importante. Lo importante es que él mismo narra que «vio» su heptadecágono (un precioso polígono regular de diecisiete lados, al que llevaba semanas persiguiendo) cuando salía de un sueño, justo en el momento en que despertó. Y no es el único. Algunas leyendas urbanas aseguran que, a menudo, los genios, los artistas y otros outsiders crean sus mejores obras en brazos de Morfeo. Puede que lo que digo no sea más que eso, una leyenda urbana, pero a mí me parece que existe una explicación lógica y racional para que esos descubrimientos tan complejos sean precisamente paridos al alba, cuando uno está desvalido, despegado de casi todas sus potencias, en esa situación de disociación y de desconexión del entorno y de nuestras propias barreras.

SINOPSIS


Un libro tan reconfortante y cálido como una taza de chocolate.

Reyes Calderón nos ofrece en Tardes de chocolate en el Ritz un relato lleno de chocolatinas tentadoras, fracasos de chocolate negro, risas de trufa y profundas conversaciones sobre el amor, la amistad, la familia y el valor del trabajo tan deliciosas como el chocolate más auténtico.

La noche en que se conocieron en la recepción de una embajada, nada hacía presagiar que Marta y Reyes acabarían siendo amigas. Excéntrica, adicta al lujo, con varios fracasos amorosos a sus espaldas y un marido recién estrenado, Marta no parecía tener nada en común con Reyes, una mujer volcada en su profesión y su familia. Pero el destino las unió y, contra todo pronóstico, comenzaron a reunirse el tercer jueves de cada mes en el Ritz. Entre animadas charlas y reconfortantes tazas de chocolate, sus vidas terminaron entremezclándose. Porque, sin saberlo, las dos andaban en busca de la misma felicidad.

miércoles, 16 de marzo de 2016

EL REGRESO A LOS SAUCES - Jacqueline Kelly

Sapo no hizo ni caso. Parecía estar absorto en sus pensamientos. Durante la sopa, sin que viniera a cuento, dijo:

– En cualquier triángulo rectángulo que tenga por aristas las de tres cuadrados que las rodeen, la superficie del cuadrado cuyo lado sea la hipotenusa es igual a la suma de las superficies de los cuadrados situados sobre las otras dos aristas del triángulo. ¿Sabías eso Humphrey?

Su sobrino y los demás se lo quedaron mirando, atónitos, mientras él iba dando sorbitos a su sopa de sucedáneo de tortuga.

– Perdona, tío Sapo –balbució Humphrey–. ¿Qué has dicho?

– Oh, una pequeña cita de nuestro amigo Pitágoras, el Padre de los Números. (26)

Rata, Topo y Nutria se miraron unos a otros, atónitos.

Durante el plato de pescado, Sapo declaró:

– Los números primos más pequeños son, como seguro que ya sabéis: dos, tres, cinco, siete y once. No se puede determinar cuál es el número primo más grande, según Euclides. (27) Yo diría que este pescado está especialmente rico. Humphrey, toma otro trozo. ¡Es alimento para el cerebro! Y –añadió, condescendiente– aunque es algo que no me gusta decir de ninguno de mis familiares, me da la impresión de que eres algo lento para tu edad. Así que come… Muy bien, buen chico.

Durante el plato de carne, Sapo dijo:

– Arquímedes tenía razón, como estoy seguro de que sabréis ya. El peso total del agua desplazada en una bañera equivale al peso de cualquier objeto que flote en ella. (28) ¡Qué maravilloso rosbif! Desde luego, hoy la cocinera se ha superado.

Durante el pudin, Sapo soltó:

– Un objeto en caída libre acelera a un ritmo de diez metros por segundo cuadrado.

Para cuando pasó el momento del oporto, Humphrey ya había recuperado el habla:

– Tío Sapo, me temo que has sufrido algún tipo de lesión –dijo, estudiando a su tío con asombro.

– Tonterías, hijo –contestó Sapo–. No me he sentido mejor en mi vida. ¿A alguien le gustaría acompañarme a la biblioteca para departir sobre el último teorema de Fermat? Eso siempre es de lo más divertido. ¿O quizás una partida de ajedrez en tres dimensiones? ¿Quién se anima?

SINOPSIS

Un precioso libro ilustrado. Por la autora deLa evolución de Calpurnia Tatey deEl curioso mundo de Calpurnia Tate.

Con ilustraciones que harán la delicia de niños y padres, Jacquelline Kelly evoca con maestría la magia del clásico para niñosEl viento en los saucesde Kenneth Grahame, y nos trae de vuelta esta maravillosa y rocambolesca aventura–protagonizada por los entrañables Topo, Ratita, Sapo y Tejón–para una nueva generación de lectores.

martes, 8 de julio de 2014

LOS HEREJES DE OXFORD - S. J. Parris

La controversia, lamento decirlo, no fue precisamente un éxito para mí, y no pretendo aburrir al lector con más detalles de la misma. Baste decir que prosiguió de la misma manera y que el rector Underhill se limitó a presentar los mismos y gastados argumentos a favor de Aristóteles sin aportar más prueba científica que la autoridad escolástica a la hora de situar la Tierra como el centro fijo del universo, como si la autoridad nunca hubiera estado equivocada. En un momento dado, incluso llegó a sugerir que Copérnico nunca había pretendido que su teoría fuera interpretada de forma literal, sino que la había desarrollado exclusivamente como una metáfora pensada para facilitar el cálculo matemático. Todos esos argumentos, yo los había escuchado y refutado anteriormente en numerosas ocasiones y en mejor compañía que aquella; pero esa tarde no se me concedió la menor oportunidad, puesto que el principal objetivo de Underhill no fue convencer al público de la superioridad de sus argumentos (muchos de los presentes compartían sus opiniones y no se dignaron escucharme), sino ridiculizarme y convertirme en objeto del escarnio de sus colegas. Esa, según parecía, era la idea que tenían de la diversión. Además, los modales del público resultaron tan lamentables que este pasó la mayor parte del tiempo parloteando en voz alta y haciendo comentarios mientras Underhill y yo seguíamos con nuestra exposición. Me hallaba a medio exponer un apasionado argumento en el que intervenían complejos cálculos matemáticos cuando fui interrumpido por un alarmante ruido que se parecía mucho al gruñido de un perro furioso. Dada mi natural sensibilidad a semejantes sonidos, tras los incidentes de aquella madrugada, me sobresalté visiblemente y me di la vuelta para descubrir que se trataba en realidad de los sonoros ronquidos del palatino. Me recobré, pero para entonces mi exposición se había visto seriamente perjudicada. Momentos después, un estudiante organizó un verdadero barullo cuando se abrió paso entre las hileras de asientos de los profesores para avisar a uno de ellos. Resultó que buscaba al doctor Coverdale, quien, respondiendo a la llamada, abandonó de inmediato su asiento en mitad de la fila mientras se disculpaba teatralmente con todos aquellos que lo separaban de la puerta y que se vieron obligados a levantarse para dejarlo pasar. No había esperado que Coverdale mostrara la menor contención a mi favor, pero me sorprendió que se comportara con semejante falta de cortesía hacia su rector como para levantarse en mitad del debate.

Proseguimos a duras penas hasta un final que no tuvo el menor parecido con unas conclusiones. Presenté mis propios y complejos cálculos para dar razón de los diferentes diámetros de la Luna, la Tierra y el Sol, en unos términos que hasta un idiota habría comprendido; y, como toda respuesta, Underhill se limitó a repetir los viejos errores escolásticos propios de todos aquellos que confunden la ciencia con la teología y creen que las Sagradas Escrituras constituyen la última palabra en materia de investigación científica. También mencionó con frecuencia mi condición de extranjero, dando a entender que implicaba una inteligencia inferior; y no se mordió la lengua a la hora de comentar que Copérnico también era extranjero y que, por lo tanto, no podía esperarse que demostrara la misma firmeza de razonamiento que un inglés, olvidando así que aquel debate se celebraba en honor del palatino, compatriota del aludido. Me alegré de poder dar por finalizada la controversia. Hice una cortés reverencia ante los escasos y poco sinceros aplausos y bajé del púlpito sintiéndome escocido y maltratado.

SINOPSIS

A finales del siglo XVI, la ciudad universitaria de Oxford es un hervidero de secretos, enigmas y conspiraciones. En un ambiente claustrofóbico y con un trasfondo de luchas religiosas entre protestantes y católicos, el célebre filósofo y científico Giordano Bruno inicia la búsqueda de un peligroso libro prohibido al tiempo que se ve inmerso en la investigación de una serie de crímenes atroces.
«Con una trama excelentemente urdida y un ritmo magnífico, un thriller histórico ambientado en el Oxford isabelino que combina espionaje, un asesino en serie y la búsqueda de un libro perdido que amenaza con desequilibrar el orden del mundo.»
«En esta fascinante primera novela de S. J. Parris, el famoso científico Giordano Bruno irrumpe con la fuerza de un volcán.»

martes, 10 de junio de 2014

EL ASEDIO - Aruro Pérez-Reverte


—Ajustándonos a su hipótesis, nada sería imposible en una ciudad como ésta. Cádiz es un barco situado en medio del mar y los vientos. Hasta las calles y las casas se construyen para enfrentarlos, canalizarlos y combatirlos. Usted habló de vientos, sonidos... Hasta olores, dijo... Todo eso está en el aire. En la atmósfera.

El policía mira de nuevo las piezas comidas a ambos lados del tablero. Al cabo, pensativo, coge el rey blanco y lo coloca entre ellas.

—Tendría gracia que, al final, siete asesinatos de mujeres jóvenes fuesen consecuencia de una situación atmosférica...

—¿Por qué no? Está probado que determinados vientos, en función de su sequedad y temperatura, actúan directamente sobre los humores, activando el temperamento. La locura o el crimen son más frecuentes en lugares sometidos a su fuerza constante, o periódica... Es poco lo que sabemos sobre los abismos más oscuros del ser humano.

El profesor ha abierto al fin la tabaquera, aspira una pulgarada de rapé y estornuda discretamente, con placer.

—Todo esto es muy vago, por supuesto —añade mientras se sacude la pechera del chaleco—. No soy un científico, Pero cualquier ley general de la Naturaleza es aplicable a situaciones mínimas... Lo que vale para un continente o un océano podría valer para una calle de Cádiz.

Ahora es Tizón quien pone un dedo sobre un escaque del tablero: allí donde estaba el rey vencido.

—Imaginemos entonces —propone— que hay lugares concretos, puntos geográficos donde los períodos de los fenómenos físicos guardan relación entre sí, o se combinan de forma distinta a como lo hacen en otros lugares...

[...]
 
—Bueno —responde Barrull tras considerarlo un poco más—. No seríamos los primeros en pensar eso. Hace casi dos siglos, Descartes entendía el mundo como un plenum: un conjunto estable, hecho o lleno de una materia sutil, en cuyo interior hay pequeños huecos, o remolinos. Como las celdillas de un panal irregular en torno a las que gira la materia.

—Repita eso, don Hipólito. Despacio.

El otro guarda la tabaquera. Se ha vuelto a mirar al policía. Después baja de nuevo la vista al tablero de ajedrez.

—No es mucho más lo que puedo decirle. Se trata de lugares donde las condiciones físicas son distintas al resto. Vórtices, llamó a esos puntos.

—¿Vórtices?

—Eso es. Comparados con la inmensidad del universo, se trataría de lugares minúsculos donde ocurren cosas... O no ocurren. O se producen de manera diferente.

[...]

—Lugares distintos, que influyen en el mundo —concluye—. En las personas, en las cosas, en el movimiento de los planetas...

Lo deja ahí, como si no se atreviese a más. Tizón, que chupaba el cigarro, se lo quita de la boca. —¿En la vida y en la muerte?... ¿En la trayectoria de una bomba?

Ahora el profesor lo mira preocupado, con el aspecto de quien ha ido demasiado lejos. O teme haber ido.

—Oiga, comisario. No se haga demasiadas ilusiones conmigo. Lo que necesita es un hombre de ciencia... Yo sólo soy alguien que lee. Un curioso familiarizado con un par de cosas. Hablo de memoria y con errores, seguramente. No faltará en Cádiz quien...

—Responda a mi pregunta, por favor.

Aquel por favor parece sorprender al otro. Quizá sea la primera vez que oye esa palabra en boca de Rogelio Tizón. Tampoco éste recuerda haberla pronunciado con sinceridad desde hace años. Puede que nunca.

—No es un disparate —dice el profesor—. Descartes sostenía que el universo está formado por un conjunto continuo de vórtices bajo cuya influencia se mueven los objetos que se encuentran en él... Newton rebatió luego esa concepción de las cosas con su idea de las fuerzas que actúan a distancia, a través de un vacío; pero no pudo desmontarla por completo, quizá porque era demasiado buen científico para creer ciegamente en su propia teoría... Al fin, el matemático Euler, tratando de explicar movimientos de planetas según la física de Newton, rehabilitó parcialmente a Descartes en ese terreno, argumentando a favor de los viejos vórtices cartesianos... ¿Me sigue?

—Sí. Con cierta dificultad.

—Usted lee el francés, ¿verdad?

—Me defiendo.

—Hay un libro que puedo prestarle: Lettres a une Princesse d'Allemagne sur divers sujets de Physique et de Philosophie. Son las cartas de Euler a la sobrina de Federico el Grande de Prusia, que era aficionada al asunto. Ahí detalla, de forma bastante asequible para gente como nosotros, la idea de esos vórtices o remolinos de los que le hablo... ¿Le apetece otra partida, comisario?

A Tizón le cuesta un momento establecer de qué partida habla su interlocutor, hasta que se da cuenta de que éste señala el tablero.

—No, gracias. Ya me ha descuartizado bastante por hoy.

—Como quiera.

Mira el policía la línea recta de humo que asciende de su cigarro. Al cabo agita levemente los dedos, y ésta se convierte en suaves espirales. Rectas, curvas y parábolas, piensa. Tirabuzones de aire, de humo y de plomo, con Cádiz como tablero.

SINOPSIS


Cádiz, 1811. España lucha por su independencia mientras América lo hace por la suya. En las calles de la ciudad más liberal de Europa se libran batallas de otra índole. Mujeres jóvenes aparecen desolladas a latigazos. En cada lugar, antes del hallazgo del cadáver, ha caído una bomba francesa. Eso traza sobre la ciudad un mapa superpuesto y siniestro: un complejo tablero de ajedrez donde la mano de un jugador oculto —un asesino despiadado, el azar, las curvas de artillería, la dirección de los vientos, el cálculo de probabilidades— mueve piezas que deciden el destino de los protagonistas: un policía corrupto y brutal, la heredera de una importante casa comercial gaditana, un capitán corsario de pocos escrúpulos, un taxidermista misántropo y espía, un enternecedor guerrillero de las salinas y un excéntrico artillero a quien las guerras importan menos que resolver el problema técnico del corto alcance de sus obuses.

El asedio narra el pulso asombroso de un mundo que pudo ser y no fue. El fin de una época y unos personajes condenados por la Historia, sentenciados a un vida que, como la ciudad que los alberga —una Cádiz equívoca, enigmática, sólo en apariencia luminosa y blanca—, nunca volverá a ser la misma.

domingo, 8 de junio de 2014

EL TEOREMA DEL LORO - Denis Guedj

-SUCEDIÓ en tiempos de Maricastaña. A orillas del mar Egeo, cerca de la ciudad jonia de Mileto, el hijo de Examio y Cleobulina, cuyo nombre era Tales, paseaba por la campiña.

¿Quién se atrevía a despertar a Jonathan tan temprano un domingo por la mañana? ¡Maldición! Era Léa. El grano que Jonathan tenía bajo la barbilla comenzó a lanzar destellos a la vez que él entreabría un ojo que parecía de bulldog. La puerta que separaba los dos dormitorios estaba abierta, como de costumbre. La voz, nasal y ronca, prosiguió:

-Tales iba por los campos y, a su lado, caminaba una criada.

Eso no era Léa. Sin duda era la radio. ¡SU radio!, se dijo Jonathan.

-Tales observaba el cielo mientras andaba. No era su radio. Jonathan saltó de la cama y se lanzó hacia la puerta.

-¡Yo alucino!

¡El loro! Ahí estaba, agarrado al marco de la puerta. Al otro lado, la atónita Léa contemplaba al pájaro dispuesto a proseguir con su letanía. Lo ignoraron y bajaron las escaleras.

El reloj de péndulo del salón comedor señalaba las once. Ruche aparentaba leer un periódico mientras Max recogía las tazas del desayuno.

Léa le recriminó:

-¿Le parece bonito que un loro nos despierte un domingo a estas horas? ¿Un loro que repite con voz nasal todo lo que le ha metido en la cabeza?

Con un batir de alas, el ave cambió de lugar y sentenció con un cloqueo:

-Lo mío no es repetir, recitar, informar o avisar. ¡Yo cuento!

Alrededor de la cicatriz, las plumas erizadas como púas ponían de manifiesto lo enfadado que se sentía. La bata entreabierta de Léa dejaba ver sus senos desnudos y se la abrochó. Pellizcándose el pendiente, Jonathan preguntó:

-¿Por qué nos habla de Tales en ayunas?

Ruche hizo oídos sordos a las preguntas, dejó el periódico y habló:

-¿Así que Sinfuturo os contaba -y Ruche insistió en el verbo y continuó- que Tales observaba el cielo para descubrir secretos sobre el curso de los astros? La sirvienta que lo acompañaba vio un hoyo en el campo y lo evitó. Tales, absorto en la contemplación de la bóveda celeste, cayó dentro. En tanto que la mujer le ayudaba a salir le dijo: «No ves lo que está a tus pies y quieres conocer lo que ocurre en el cielo.» -Ruche concluyó-: Como veis, todo empieza por una caída.

La puerta se abrió y, cargada con las cestas de la compra, entró Perrette, que oyó la última frase. Jonathan-y-Léa la miraron y, al ver su cara tensa, emprendieron el camino de regreso a sus habitaciones. Léa, antes de desaparecer, no pudo evitar hacer un comentario socarrón:

-Y tuvo un montón de hijos.

-¡Craso error! -respondió Ruche regocijado-. Tales no tuvo hijos. Adoptó el de su hermana Kybisthos.

Jonathan, como todos los estudiantes del mundo, había estudiado a Tales en diversas ocasiones. En cada una de ellas, el profesor había hablado del teorema pero nunca del autor. En las clases de matemáticas nunca se hablaba de las personas sino de sus teorías. De vez en cuando se mencionaba a Tales, Pitágoras, Pascal o Descartes, pero eran solamente nombres, como los de una parada de metro o una marca de queso, de quienes no se decía ni dónde ni cuándo habían vivido. Las fórmulas, demostraciones y teoremas llenaban la pizarra sin indicar quién los había creado, como si existieran desde siempre, al igual que las montañas y los ríos, aunque ni las unas ni los otros fueran eternos. Con ello se conseguía que los teoremas parecieran aún más eternos que las montañas y los ríos. Las matemáticas... no eran como la historia, la geografía o la geología. Pero ¿qué eran con exactitud? La respuesta no interesaba a la mayoría.

-Lo tuyo ha sido fabuloso. -Max alisaba las plumas de Sinfuturo-. Has contestado muy bien. -Se bamboleó y frunció los labios imitando al loro-. «No repito, ¡cuento!» ¡Bien! Estaban estupefactos. Reconozco de todos modos que tienes una memoria diabólica.


SINOPSIS

Con El teorema del loro , el matemático y novelista Denis Guedj pone en juego todos sus conocimientos científicos para obtener una novela cautivadora: una feliz simbiosis de humor y razón pura que nos sirve en una entretenida lección de matemáticas. 

EL AMIGO DE GALILEO - Isaia Iannaccone

Schreck sintió que se posaba sobre él la mirada grave y profunda de un hombre con una sobria barba rizada, que había estado hasta ahora en un lado, apartado. Era Galileo Galilei, vestido con unos pantalones y un jubón negros, tan estrechos que subrayaban la desproporción entre sus piernas tan delgadas y el tórax aumentado. Con cuarenta y siete años, su rostro, marcado por un cansancio infinito, acogía dos grandes ojos redondos rodeados por arrugas grises que lo envejecían enormemente. Solo el brillo de sus pupilas y su movilidad revelaban el espíritu vital e indomable que había dentro.

—Buenas tardes, señor Terrentius —soltó—. También yo me acuerdo de vos cuando erais un oyente en Padua. Me alegra volver a veros, aunque me dicen que seguís mostrando un poco de reticencia acerca de mis descubrimientos. Creedme, en vez de ofenderme me despierta interés.

La posibilidad de volver a ver al científico después de años en la villa de Cesi había sido una de las principales motivaciones que habían llevado a Schreck, a pesar de los tiempos, a participar en la reunión.

—Estoy muy feliz de estar todavía y una vez más cerca de vos, señor Galileo. Permitidme felicitaros por vuestro nombramiento como primer matemático y filósofo del gran duque de Toscana —el otro le dio las gracias con un imperceptible gesto con la cabeza.

—Sobre vuestros descubrimientos —añadió Schreck—, más que escéptico, me considero cauteloso. Estoy de acuerdo con vos en que el lenguaje de las matemáticas nos permitirá leer el gran libro de la naturaleza, pero antes de abrazar la teoría de Copérnico y abandonar la de Tycho Brahe que deja a la Tierra tranquila e inmóvil en el centro del universo, y hace rotar a los planetas alrededor del Sol y todos juntos, alrededor de la Tierra, me gustaría discutir con vos la cuestión de las mareas y ver con mis ojos las maravillas de las que habláis y escribís. Utilizando vuestro instrumento que el príncipe ha llamado telescopio.

Fue en ese momento cuando Cesi se acercó de forma solemne al largo tubo con las lentes; lo sujetó con firmeza y lo situó a media altura. No se escuchaba ni siquiera el ruido de una mosca pasar cuando, en una pose que hacía que se pareciera a un sacerdote en un acto de sacrificio, dijo gravemente:

—Esta noche realizaremos por primera vez el valiente gesto que el señor Galileo ya ha realizado en solitario —abrazó con la mirada a los allí presentes—. Dirigiremos al cielo este instrumento.

Siguieron unos aplausos iniciales que se apagaron en un instante porque un «¡No!», gritado a pleno pulmón, heló el entusiasmo inicial. Todos se dirigieron hacia Cesare Cremonini que había lanzado el grito. Con el rostro casi blanco, la boca que le temblaba y los ojos que parecían casi saltársele de las órbitas, el viejo intentó seguir hablando y refunfuñó.

—¿Queréis negar a la Tierra el privilegio de estar en el centro del mundo? —pero le faltó el aliento para seguir.

Galileo lo miraba con conmiseración.

—No creo que esté en el centro del mundo, pero seguramente es el reino de la corrupción.

SINOPSIS

Roma, principios del siglo XVII. La Ciencia moderna se debate por nacer en un permanente enfrentamiento con la Iglesia y su Inquisición, deseosas de detener aquella revolución imparable. Persecuciones, procesos y condenas —a veces a muerte— aguardan a quienes se esfuerzan en estudiar el universo y la naturaleza, atreviéndose a poner en duda las leyes divinas.
El palacio del príncipe Federico Cesi acoge las reuniones clandestinas de la Academia de los Lincei, frecuentadas por el astrónomo Galileo Galilei, que escruta el cielo con su diabólicotelescopio, o el médico alemán Johann Schreck “Terrentius”, que efectúa en secreto autopsias para ahondar en los secretos del cuerpo humano, según las enseñanzas del maestro Vesalio: “Palpad, sentid con vuestras manos, y confiad en ellas”. En el curso de una estas autopsias, escapa de una emboscada, y hasta el propio Galileo se verá obligado a refugiarse en la campiña de la Toscana.
Tendrán entonces noticias de un país lejano, China, donde el poder está precisamente en manos de los sabios. Y la decisión de Terrentius de viajar hasta allí ni siquiera se verá frenada por la necesidad de integrarse en una misión de los jesuitas, únicos occidentales que han entrado en aquel remoto país. Terrentius toma los votos y se embarca pertrechado con sus instrumentos quirúrgicos, un gran herbolario y muchos libros. Y Galileo, que envidia su audaz decisión, promete enviarle los nuevos descubrimientos, para que pueda mostrárselos al emperador.
Entre tempestades y epidemias, la expedición pone rumbo a China. Pero lo que turba a Terrentius no son los peligros del viaje, sino la sospecha de que entre sus compañeros jesuitas está escondido un emisario de la Inquisición, quizás dispuesto a matar con tal de detenerlo…
Una novela épica y emocionante, construida como un thriller y con un final sorprendente, es el debut literario de un nuevo talento italiano

viernes, 23 de mayo de 2014

EL SELLO DEL ALGEBRISTA - Jesús Maeso de la Torre

Flotaba en el aire de Atenas un aroma lozano y un fulgor purpúreo acariciaba el mar, los templos ruinosos, los capiteles medio enterrados, las estatuas decapitadas y los pedestales arqueados, con los que sus antiguos habitantes habían honrado a las deidades de la Hélade. Lo más granado de Ponte Leone se congregó en el embarcadero para despedir a La Violant, a la que acompañaban cuatro naos de guerra provistas de bolaños de hierro, culebrinas y bombardas pegadas como lapas a sus costados.
 
Habían untado de sebo las poleas y abastecido la bodega de leña, pez y alimentos; Diego, melancólico como un pajarillo en jaula ajena, se acomodó al abrigo de la amurada sobre el fardo de sus pertenencias, contemplando con gesto adusto la ciudad ática, la madre fecunda que había legado su herencia a la cristiandad, que rielaba como el oro. Rindió un tributo de gratitud a Pitágoras y a Tales de Mileto, dos genios del álgebra que había estudiado en las aulas, y a los maestros Platón y Aristóteles, cuyas obras eran lectura obligada en las Universitas de Perpiñán y Lérida. Ello mientras la traza de la prodigiosa Atenas se encogía hasta esfumarse en el horizonte como un garabato gris.

SINOPSIS

El anciano monje herborista del monasterio de San Juan de la Peña llama a su lecho de muerte a Diego Galaz, maestro de álgebra educado en el convento, y le revela que su nacimiento oculta un gran secreto. En su agonía le entrega el eslabón que lo une a su familia: un enigmático anillo en el que aparecen buriladas las barras de Aragón y el símbolo de la inmortalidad del pueblo de Israel, emblema sagrado del linaje sacerdotal del Templo de Jerusalén. Galaz se lanza a desentrañar el enigma que esconde el anillo, aunque la búsqueda se revela más difícil de lo esperado: ninguna de las pistas son lo que parecen, pero a través de ellas inicia una aventura arriesgada que le lleva a los campamentos de almogávares del Pirineo, a la judería de Besalú y a Zaragoza, donde recibe un extraño presagio y conoce a la dama de sus sueños, la bella conversa Isabella Santángel. Desde Barcelona emprende rumbo a Oriente, ignorante de los letales peligros y de las situaciones extremas que le aguardan.
La odisea de Diego Galaz es el hilo conductor de un vívido fresco del mundo medieval: las costumbres de los almogávares en la Atenas aragonesa, la Arabia Feliz, el País de los Aromas, las fabulosas Ciudades del Oro de las fuentes del Nilo, El Cairo, el mar Rojo, la etíope Lalibela, Alejandría y Sicilia.
Con un gran despliegue de imaginación, vigor narrativo y sabiduría histórica, Jesús Maeso desvela los misterios de los algebristas de Alejandría y la vida de los místicos de las cuevas de Qumran, así como las intrigas de las cortes de Castilla y Aragón, a través de una trama subyugante y con escenas de gran intensidad que llevan al más insospechado desenlace.

EL SUEÑO DE GALILEO - Kim Stanley Robinson

El desconocido se aproximó a Galileo, se detuvo ante él, hizo una tiesa reverencia y luego le tendió la mano derecha. Galileo respondió con otra reverencia, tomó la mano y la estrechó. Era fina y alargada, como la cara del individuo.

En un latín gutural de acento muy extraño, con una voz aguda y cascada, el desconocido dijo:

—¿Sois domino signor Galileo Galilei, profesor de matemáticas en la Universidad de Padua?

—Así es. ¿Quién lo pregunta?

El hombre le soltó la mano.

—Soy un colega de Johannes Kepler. Recientemente hemos tenido la oportunidad de estudiar una de vuestras utilísimas brújulas militares.

—Me alegro mucho de oírlo —dijo Galileo con sorpresa—. He mantenido correspondencia con el signor Kepler, como imagino os habrá referido él mismo, pero nunca me lo contó en sus cartas. ¿Cuándo y dónde os conocisteis?

—El pasado año, en Praga.

Galileo asintió. La residencia de Kepler había cambiado tanto con los años que ya no intentaba mantenerse al corriente de su paradero. De hecho, no había respondido a su última carta al no haber podido terminar el libro que la acompañaba.

—¿Y de dónde sois vos?

—Del norte de Europa.

[...]

—¿De qué ciudad? ¿De qué país? —insistió Galileo.

—Echion Linea. Cerca de Morvran.

—No conozco tales ciudades.

—Viajo mucho. —La mirada del hombre estaba tan clavada en Galileo como si fuera la primera comida que veía en una semana—. En mi último viaje estuve en los Países Bajos, donde vi un instrumento que me hizo pensar en vos, a causa de la brújula que, como ya he dicho, me mostró Kepler. El artefacto holandés era una especie de cristal de observación.

—¿Como un espejo?

—No. Un cristal que se usa para mirar a través de él. O, más bien, un tubo con el que se pueden mirar las cosas, con una lente de vidrio a cada lado. Aumenta el tamaño de lo que se observa.

—¿Como la lente de un joyero?

—Sí…

—Esas lentes solo funcionan para cosas que están muy cerca.

—Pues éste permitía ver cosas situadas muy lejos.

—¿Cómo es posible?

El hombre se encogió de hombros.

Aquello sonaba interesante.

—Tal vez porque tenía dos lentes —dijo Galileo—. ¿Eran cóncavas o convexas?

El hombre abrió la boca, vaciló y luego volvió a encogerse de hombros. Estuvo a punto de ponerse bizco. Tenía ojos castaños, salpicados de manchas verdes y amarillas, como los canales de Venecia al llegar el crepúsculo.

—No lo sé —dijo finalmente.
 
Aquello decepcionó a Galileo.

—¿Tenéis uno de esos tubos?

—No aquí conmigo.

—Pero ¿tenéis uno?

—De ese tipo no. Pero sí.

—Y habéis decidido venir a contármelo.

—Sí. Por vuestra brújula. Hemos visto que, entre otras aplicaciones, se puede usar para calcular determinadas distancias.

—Pues claro. —Una de las principales funciones de la brújula era medir las distancias para los disparos de la artillería. A pesar de lo cual, pocos cuerpos u oficiales de esta arma habían adquirido una. Trescientas siete, para ser exactos, había conseguido vender a lo largo de un periodo de doce años.

—Tales cálculos serían más sencillos —dijo el desconocido— si pudierais ver las cosas desde más lejos…

—Muchas cosas serían más sencillas.

—Sí. Y ahora es posible
 
—Interesante —afirmó Galileo—. ¿Cómo decíais que os llamabais, signor?

El hombre apartó la mirada, incómodo.

—Veo que los artesanos están guardando sus enseres para marcharse. Os estoy entreteniendo, tanto a vos como a ellos, y tengo una cita concertada con un hombre de Ragusa. Volveremos a vernos…

SINOPSIS

En la Venecia del Renacimiento un extraño personaje aborda a Galileo y le facilita información clave para que desarrolle sus inventos.

En 1609, un extraño aborda a Galileo en las calles de Venecia y le habla de la existencia de un aparato para ver más de cerca las cosas lejanas. A partir de esa información, Galileo redescubre y mejora el telescopio, iniciando así sus observaciones astronómicas que le llevarían a la confirmación de la «hipótesis» copernicana y le conducirían al juicio por herejía.

Algún tiempo después el extranjero vuelve a aparecer en la vida de Galileo, esta vez para conducirlo a Europa, la segunda luna de Júpiter, en un futuro lejano donde se requiere su presencia para mediar entre varias facciones.

domingo, 6 de abril de 2014

MATAR A LEONARDO DA VINCI - Christian Gálvez

«Es imposible que un templo posea una correcta disposición si carece de simetría y de proporción, como sucede con los miembros o partes del cuerpo de un hombre bien formado», decía el arquitecto romano Marco Vitruvio en el capítulo primero de su tercer libro de arquitectura.

El error en la búsqueda de las proporciones humanas se basaba en no saber diferenciar lo importante de lo urgente. Era urgente desentrañar el fenómeno pautado por Marco Vitruvio pero, a su vez, era necesario despejar la incógnita de qué era lo importante. Leonardo lo tuvo claro. Lo que pretendía era demostrar matemáticamente el canon de las proporciones humanas. El resto era secundario. Lo primero que haría sería dibujar un hombre cuyo cuerpo recrearía una cruz. Con ello, representaría la anatomía con sus miembros plenamente extendidos. Necesitaba un eje con el que diseñar el círculo donde contendría el estudio anatómico. No había posibilidad de errores. El ombligo, centro natural del cuerpo humano, era el epicentro del círculo que trazó con sumo cuidado. A partir de ahí, Leonardo evolucionaría el pensamiento. Si intentaba encajar el círculo dentro del cuadrado o viceversa, el resultado sería deforme. Bien los brazos o bien las piernas del hombre dibujado menguarían o engrandecerían en proporciones monstruosas.
 
—El elemento importante de la composición es el ser humano. No puedo prostituir su figura ante la geometría.
 
Leonardo pensó, discurrió. Probó con un trozo de papel nuevo, llenándolo de tinta con infinitas pruebas. Al final, la lógica, el sentido común, se impuso.
—Los problemas no tienen por qué tener una única solución. Tengo dos 
elementos: un círculo y un cuadrado. Tengo un cuerpo con un solo eje. ¡Añadiré un segundo eje!
 
Efectivamente, Leonardo, al añadir un segundo eje localizado en las partes genitales del hombre, que marcan la mitad del hombre, encajó el cuadrado como si de un simple y brillante puzle se tratara. Añadió dos brazos y sendas piernas para comprobar que matemáticamente era correcto y sonrió.
 
Por fin había desenmascarado el misterio. En honor a Vitruvio, el arquitecto, y a Vitruvio, su perro. Lo plasmó rápidamente en el último recoveco libre que agonizaba entre apuntes varios.
[...]
Debido a la escasez de espacio, sustituyó las palabras «cuadratura» y «círculo» por símbolos. El círculo, símbolo del todo, del universo, sin principio ni fin, representaba a Dios. El cuadrado, los cuatro puntos cardinales; incluso en el islamismo, la representación de las influencias de lo divino, lo angélico, lo humano y lo diabólico, como una vez le contó su madre cuando era niño. Las abreviaturas no restaban en absoluto importancia a tal descubrimiento. La simetría del cuerpo humano.

SINOPSIS
 
Europa, siglo XIV. Mientras España, Francia o Inglaterra ultiman su unificación, los Estados italianos se ven envueltos en conflictos permanentes por culpa de la religión, el poder y el ansia de expansión territorial. Lo único que les une es el renacimiento cultural de las artes, en el que los mecenas pujan por tener en sus filas a los mejores artistas del momento.
En la Florencia de los Médici, epicentro de este despliegue artístico, una mano anónima acusa a un joven y prometedor Leonardo Da Vinci de sodomía. Durante dos meses será interrogado y torturado hasta que la falta de pruebas lo ponga en libertad. Con la reputación dañada, Leonardo partirá hacia nuevos horizontes para demostrar su talento y apaciguar las secuelas psicológicas provocadas en prisión.
¿Quién lo acusó? ¿Con qué motivo? Mientras se debate entre evasión y venganza Leonardo descubrirá que no todo es lo que parece cuando se trata de alcanzar el éxito.

viernes, 4 de abril de 2014

EL ABUELO QUE SALTÓ POR LA VENTANA Y SE LARGÓ - Jonas Jonasson

Sin embargo, no se trataba sencillamente de empaquetar a Albert Einstein y enviarlo a Moscú. Antes tenían que localizarlo. Había nacido en Alemania, pero luego se había mudado a Italia, y después a Suiza y Estados Unidos, y desde entonces no había parado de moverse de un lado a otro, por el motivo que fuese.

En ese momento estaba establecido en Nueva Jersey, aunque, según los espías, la casa donde vivía parecía deshabitada. Además, Beria prefería que lo secuestraran, a ser posible, en Europa. Sacar a famosos clandestinamente de Estados Unidos y cruzar el Atlántico tenía sus complicaciones.

Pero ¿dónde se había metido el tío ese? Casi nunca avisaba antes de emprender un viaje y su impuntualidad era legendaria.
El jefe de los espías hizo una lista de lugares en los que Einstein podía tener vínculos más o menos cercanos y destinó sendos agentes para que los vigilasen. Se trataba de la casa de Nueva Jersey y de la villa de su mejor amigo en Ginebra. Además, estaba el publicista de Einstein, en Washington, y otros dos amigos, uno en Basilea y otro en Cleveland, Ohio.

Tuvieron que esperar unos días, pero al fin llegó la recompensa en forma de un hombre de abrigo gris, guantes y sombrero. Apareció andando tranquilamente por la calle hasta la villa de Ginebra donde vivía el mejor amigo de Einstein, Michele Besso. Llamó a la puerta y fue recibido por el propio Besso y por una pareja de ancianos. El agente que estaba de guardia llamó a su colega en Basilea, a unos cuarenta kilómetros de allí, y, una vez juntos, tras mirar por las ventanas durante horas y comparar las fotos que les habían proporcionado, ambos llegaron a la conclusión de que se trataba de Albert Einstein, de visita en casa de su mejor amigo. Los ancianos debían de ser el cuñado de Besso, Paul, y la esposa de éste, Maja, que a su vez era la hermana de Albert. ¡Una fiesta familiar en toda regla!

Albert se quedó dos días en casa de su amigo, aunque bajo estricta vigilancia, hasta que finalmente volvió a ponerse el abrigo, los guantes y el sombrero y se marchó de manera tan discreta como había llegado.

Sin embargo, apenas doblar la esquina lo atacaron por la espalda y lo metieron en el asiento trasero de un coche, donde lo durmieron con cloroformo. Desde allí, a través de Austria, lo trasladaron hasta Hungría, que, como es sabido, se mostraba muy complaciente con la URSS y no hizo preguntas sobre el avión ruso que aterrizó en el aeropuerto militar de Pécs, repostó combustible, recogió a dos ciudadanos soviéticos y a un hombre soñoliento e inmediatamente volvió a despegar con destino desconocido.

SINOPSIS

Momentos antes de que empiece la pomposa celebración de su centésimo cumpleaños, Allan Karlsson decide que nada de eso va con él. Vestido con su mejor traje y unas pantuflas, se encarama a una ventana y se fuga de la residencia de ancianos en la que vive, dejando plantados al alcalde y a la prensa local. Sin saber adónde ir, se encamina a la estación de autobuses, el único sitio donde es posible pasar desapercibido. Allí, mientras espera la llegada del primer autobús, un joven le pide que vigile su maleta, con la mala fortuna de que el autobús llega antes de que el joven regrese y Allan, sin pensarlo dos veces, se sube con la maleta, ignorante de que en el interior de ésta se apilan, ¡santo cielo!, millones de coronas de dudosa procedencia. Pero Allan Karlsson no es un abuelo fácil de amilanar. A lo largo de su centenaria vida ha tenido un montón de experiencias de lo más singulares: desde inverosímiles encuentros con personajes como Franco, Stalin o Churchill, hasta amistades comprometedoras como la esposa de Mao, pasando por actividades de alto riesgo como ser agente de la CIA o ayudar a Oppenheimer a crear la bomba atómica. Sin embargo, esta vez, en su enésima aventura, cuando creía que con su jubilación había llegado la tranquilidad, está a punto de poner todo el país patas arriba.

domingo, 30 de marzo de 2014

EL PINTOR DE BATALLAS - Arturo Pérez-Reverte

Se lo había planteado algo más tarde a un amigo, en un restaurante de Madrid. Necesito saber si es parte del juego, preguntó. Si hay una base científica para toda esa carne racional tendida al sol, en espera de que la despachen. Unas leyes ocultas en la vida o el mundo. Necesito saber si realmente mis fotos son la línea más corta entre dos puntos. El amigo era un hombre de ciencia joven y con buena cabeza, miembro de un par de academias y autor de libros divulgativos. Aristóteles, empezó este, y Faulques lo interrumpió diciendo no me salgas con Aristóteles, maldita sea. Yo hablo de vida y muerte real. Olor a cadáver bajo los escombros, olor a muerte que repta por la orilla de un río. Su amigo lo miró tres segundos en silencio. Aristóteles, prosiguió imperturbable, nunca se limitó a exponer lo que sucedía, sino que buscó el porqué. Para comprendernos, decía, hemos de comprender el universo; y para comprender el universo, hemos de comprendernos a nosotros mismos. Lo que pasa es que desde entonces ha llovido mucho. Al divorciarnos de la naturaleza, los hombres hemos perdido la capacidad de consuelo frente al horror que acecha ahí afuera. Cuanto más observamos, menos sentido tiene todo y más desamparados nos sentimos. Fíjate en que, gracias al aguafiestas de Gödel, ya ni siquiera es posible encontrar refugio en el único lugar que creíamos seguro: la matemática. Pero ojo. Si no hay consuelo como resultado de la observación, sí puede haberlo en el acto de la observación misma. Me refiero al acto analítico, científico, incluso estético, de esa observación. Es —Gödel aparte— como los procedimientos matemáticos: poseen tal seguridad, claridad e inevitabilidad, que proporcionan alivio intelectual a quienes los conocen y manejan. Son analgésicos, diría yo. Así volvemos a un Aristóteles algo maltrecho, pero todavía útil: la comprensión, incluso el esfuerzo por comprender, nos salva. O al menos consuela, porque convierte el horror absurdo en leyes serenas.

SINOPSIS


En una torre junto al Mediterráneo, en busca de la foto que nunca pudo hacer, un antiguo fotógrafo pinta un gran fresco circular en la pared: el paisaje intemporal de una batalla. Lo acompañan en la tarea un rostro que regresa del pasado para cobrar una deuda mortal, y la sombra de una mujer desaparecida diez años atrás. En torno a esos tres personajes, Arturo Pérez-Reverte ha escrito la más intensa y turbadora historia de su larga carrera de novelista. Deslumbrante de principio a fin, El pintor de batallas arrastra al lector, subyugado, a través de la compleja geometría del caos del siglo XXI: el arte, la ciencia, la guerra, el amor, la lucidez y la soledad, se combinan en el vasto mural de un mundo que agoniza.

EL CONTADOR DE ARENA - Gillian Bradshaw

La caja estaba llena de arena, una arena fina, cristalina, casi blanca, que había sido humedecida primero y aplanada después hasta obtener una superficie uniforme y lisa como la de un pergamino de la mejor calidad. Pero la luz del sol, que caía oblicuamente con el atardecer, centelleaba aquí y allá sobre los granos, capturando facetas demasiado pequeñas como para que el ojo pudiera distinguirlas, facetas innumerables que generaban puntos diferenciados de luminosidad, y el joven que las observaba se encontró de repente preguntándose si sería capaz de calcular el número de granos.

Era una vieja caja de madera de olivo, llena de marcas y melladuras, con las esquinas protegidas por unos remaches de bronce mate, salpicados de rasguños que le otorgaban un nuevo brillo. El joven la sujetaba por una de esas arañadas esquinas, calculando: la caja tenía cuatro dedos de altura, sin contar la ranura donde se insertaba la tapa, y la arena la llenaba sólo hasta la mitad. No necesitaba medir la longitud ni la anchura: hacía tiempo que había marcado los bordes con unas muescas distanciadas entre sí por el grosor de un dedo, veinticuatro en el lado largo y dieciséis en el ancho. Se puso en cuclillas junto a la caja, que había colocado con mucho esmero en la parte más tranquila de la cubierta de popa del barco, lejos de la vista de los marineros. Con la ayuda de una de las piernas del compás, empezó a garabatear cálculos en la arena. «Supongamos que en una semilla de amapola caben diez granos de arena, y que en el ancho de un dedo caben veinticinco semillas de amapola. Entonces habría en la caja seis mil por cuatro mil por quinientos granos de arena. Seis mil por cuatro mil son dos mil cuatrocientas miríadas, que multiplicadas por quinientos…» Pestañeó con el entrecejo fruncido, se deslizó las manos distraídamente a lo largo de las piernas y la punta del compás le arañó la espinilla. Aún absorto en sus cálculos, se frotó el rasguño, se llevó el compás a la boca y mordisqueó la charnela mientras seguía con la mirada fija. Tenía ante sí un problema interesante: el número de granos de arena que había en la caja era mayor de lo que podía expresar. Una miríada, es decir, diez mil, era el mayor número que su idioma podía nombrar, y su sistema de escritura no disponía de ningún símbolo para el cero que pudiese extender los números indefinidamente. No había manera de concebir un número mayor que una miríada de miríadas. ¿Qué término podía encontrar para expresar lo inexpresable?

Empezó por lo que conocía. El mayor número que podía expresarse era una miríada de miríadas. Muy bien, ésa sería una nueva unidad. La miríada se escribía M, de modo que la otra unidad podría ser M con una línea debajo: M, ¿Cuántas de ellas necesitaría?

La superficie blanca que tenía ante los ojos quedó de pronto oscurecida por la sombra de un hombre, y oyó una débil voz tras de sí:

—¿Arquímedes?

El joven se sacó el compás de la boca y volvió la cabeza, radiante. Era delgado, de miembros largos y angulosos, y su aspecto al girarse era el de un saltamontes que se dispone a saltar.

—¡Son ciento veinte miríadas de miríadas! —exclamó triunfante, echándose hacia atrás un mechón de cabello castaño y mirando con sus brillantes ojos castaños a quien lo había interrumpido.

El hombre que estaba a sus espaldas (algo mayor que él, fornido, de cabello negro y con la nariz rota) lanzó un suspiro de exasperación.

—Señor —dijo—, estamos llegando a puerto.

SINOPSIS

Adelantado a su tiempo y conocido universalmente por el célebre principio que lleva su nombre, el griego Arquímedes fue un pionero del actual método científico, además de notable matemático y pensador. Discípulo de Euclides e hijo del astrónomo Fidias, su azarosa vida resulta tan apasionante como formidable el poder de su intelecto. En esta rigurosa novela histórica, Gillian Bradshaw —autora de grandes éxitos como El faro de Alejandría, Púrpura imperial, Teodora, emperatriz de Bizancio y El heredero de Cleopatra— presenta al lector un Arquímedes de carne y hueso, un ser humano excepcional que, inmerso en la convulsa época que le tocó vivir, tuvo que enfrentarse a múltiples dilemas. Deslumbrado por las maravillas de Alejandría tras una estancia de tres años y decidido a radicarse allí para siempre, el joven Arquímedes se ve obligado a volver a Siracusa, su ciudad natal, para ocuparse de su padre enfermo. El contraste no puede ser mayor: de la deslumbrante cuna del saber ha pasado a una ciudad entregada a los frenéticos preparativos para una cruenta guerra contra la poderosa Roma. Convertido por las circunstancias y el destino en el principal artífice de los ingenios bélicos con que se intentará repeler la invasión del coloso romano, Arquímedes atrae la atención del tirano Hierón, quien intenta retenerlo a toda costa en su corte. Y pese a que el mayor deseo del genial griego es volver a Alejandría para perfeccionar sus conocimientos y reunirse con Marco, el leal esclavo que lo ha acompañado desde siempre, un inesperado motivo lo empuja a permanecer en Siracusa, un motivo que ni siquiera su pasión por el saber y la ciencia podrá obviar y que, a la postre, lo obligará a recorrer un sendero salpicado de gloria, amor, guerra y traición.