domingo, 8 de junio de 2014

EL AMIGO DE GALILEO - Isaia Iannaccone

Schreck sintió que se posaba sobre él la mirada grave y profunda de un hombre con una sobria barba rizada, que había estado hasta ahora en un lado, apartado. Era Galileo Galilei, vestido con unos pantalones y un jubón negros, tan estrechos que subrayaban la desproporción entre sus piernas tan delgadas y el tórax aumentado. Con cuarenta y siete años, su rostro, marcado por un cansancio infinito, acogía dos grandes ojos redondos rodeados por arrugas grises que lo envejecían enormemente. Solo el brillo de sus pupilas y su movilidad revelaban el espíritu vital e indomable que había dentro.

—Buenas tardes, señor Terrentius —soltó—. También yo me acuerdo de vos cuando erais un oyente en Padua. Me alegra volver a veros, aunque me dicen que seguís mostrando un poco de reticencia acerca de mis descubrimientos. Creedme, en vez de ofenderme me despierta interés.

La posibilidad de volver a ver al científico después de años en la villa de Cesi había sido una de las principales motivaciones que habían llevado a Schreck, a pesar de los tiempos, a participar en la reunión.

—Estoy muy feliz de estar todavía y una vez más cerca de vos, señor Galileo. Permitidme felicitaros por vuestro nombramiento como primer matemático y filósofo del gran duque de Toscana —el otro le dio las gracias con un imperceptible gesto con la cabeza.

—Sobre vuestros descubrimientos —añadió Schreck—, más que escéptico, me considero cauteloso. Estoy de acuerdo con vos en que el lenguaje de las matemáticas nos permitirá leer el gran libro de la naturaleza, pero antes de abrazar la teoría de Copérnico y abandonar la de Tycho Brahe que deja a la Tierra tranquila e inmóvil en el centro del universo, y hace rotar a los planetas alrededor del Sol y todos juntos, alrededor de la Tierra, me gustaría discutir con vos la cuestión de las mareas y ver con mis ojos las maravillas de las que habláis y escribís. Utilizando vuestro instrumento que el príncipe ha llamado telescopio.

Fue en ese momento cuando Cesi se acercó de forma solemne al largo tubo con las lentes; lo sujetó con firmeza y lo situó a media altura. No se escuchaba ni siquiera el ruido de una mosca pasar cuando, en una pose que hacía que se pareciera a un sacerdote en un acto de sacrificio, dijo gravemente:

—Esta noche realizaremos por primera vez el valiente gesto que el señor Galileo ya ha realizado en solitario —abrazó con la mirada a los allí presentes—. Dirigiremos al cielo este instrumento.

Siguieron unos aplausos iniciales que se apagaron en un instante porque un «¡No!», gritado a pleno pulmón, heló el entusiasmo inicial. Todos se dirigieron hacia Cesare Cremonini que había lanzado el grito. Con el rostro casi blanco, la boca que le temblaba y los ojos que parecían casi saltársele de las órbitas, el viejo intentó seguir hablando y refunfuñó.

—¿Queréis negar a la Tierra el privilegio de estar en el centro del mundo? —pero le faltó el aliento para seguir.

Galileo lo miraba con conmiseración.

—No creo que esté en el centro del mundo, pero seguramente es el reino de la corrupción.

SINOPSIS

Roma, principios del siglo XVII. La Ciencia moderna se debate por nacer en un permanente enfrentamiento con la Iglesia y su Inquisición, deseosas de detener aquella revolución imparable. Persecuciones, procesos y condenas —a veces a muerte— aguardan a quienes se esfuerzan en estudiar el universo y la naturaleza, atreviéndose a poner en duda las leyes divinas.
El palacio del príncipe Federico Cesi acoge las reuniones clandestinas de la Academia de los Lincei, frecuentadas por el astrónomo Galileo Galilei, que escruta el cielo con su diabólicotelescopio, o el médico alemán Johann Schreck “Terrentius”, que efectúa en secreto autopsias para ahondar en los secretos del cuerpo humano, según las enseñanzas del maestro Vesalio: “Palpad, sentid con vuestras manos, y confiad en ellas”. En el curso de una estas autopsias, escapa de una emboscada, y hasta el propio Galileo se verá obligado a refugiarse en la campiña de la Toscana.
Tendrán entonces noticias de un país lejano, China, donde el poder está precisamente en manos de los sabios. Y la decisión de Terrentius de viajar hasta allí ni siquiera se verá frenada por la necesidad de integrarse en una misión de los jesuitas, únicos occidentales que han entrado en aquel remoto país. Terrentius toma los votos y se embarca pertrechado con sus instrumentos quirúrgicos, un gran herbolario y muchos libros. Y Galileo, que envidia su audaz decisión, promete enviarle los nuevos descubrimientos, para que pueda mostrárselos al emperador.
Entre tempestades y epidemias, la expedición pone rumbo a China. Pero lo que turba a Terrentius no son los peligros del viaje, sino la sospecha de que entre sus compañeros jesuitas está escondido un emisario de la Inquisición, quizás dispuesto a matar con tal de detenerlo…
Una novela épica y emocionante, construida como un thriller y con un final sorprendente, es el debut literario de un nuevo talento italiano