martes, 6 de mayo de 2014

LAS LÁGRIMAS DE SHIVA - César Mallorquí

El despertador marcaba las seis menos diez de la madrugada cuando regresé a mi dormitorio. Sabía que no iba a conseguir dormirme de nuevo, así que ni siquiera lo intenté y me quedé tumbado sobre la cama con la vista perdida en el techo, pensando.

Me sentía muy confundido. El fantasma de Beatriz había escrito el nombre de Amalia y señalado el segundo cajón oculto, como si entre ambas cosas existiera una relación. Pero el compartimento secreto estaba vacío. ¿Qué significaba eso? Pasé mucho rato dándole vueltas a aquel enigma. El amanecer me había sorprendido enfrascado en mis reflexiones. Amalia y un cajón vacío, ésos eran los dos elementos que yo debía unir. Un cajón vacío, un compartimento donde no había nada.

Nada. Cero.

¿Cero?
 
De repente, recordé algo que había contado en clase el profesor de matemáticas. Según nos dijo, el cero fue la última cifra en aparecer. La inventaron los matemáticos indios allá por el siglo quinto de nuestra era, y luego los árabes exportaron la idea al resto del mundo. Por lo visto, las matemáticas no pudieron desarrollarse plenamente hasta la invención del cero, porque el cero suponía la adopción de un principio tan sencillo como importante: la ausencia de algo ya es algo.

La nada tenía un significado, pensé. ¿Qué significaba un cajón vacío? Comenzaba a dolerme la cabeza, pero tenía el presentimiento de que estaba a punto de llegar a alguna parte, así que me obligué a seguir pensando. ¿Por qué podía estar vacío un cajón?, me pregunté. Pues porque nunca había contenido nada; o bien, porque contuvo algo, pero alguien lo había cogido…

Exhalé una bocanada de aire y me incorporé bruscamente. ¡Claro, eso era! ¿Cómo podía haber estado tan ciego, cómo podía haber tardado tanto en comprender lo que Beatriz quería decirme?

Miré el despertador: eran las siete y media. Me puse bruscamente en pie y, sin perder tiempo en ducharme, ni en desayunar, ni en lavarme los dientes siquiera, me vestí a toda prisa, abandoné el dormitorio y me dirigí a la carreta a la planta baja.

Nadie se había despertado aún en Villa Candelaria cuando salí a la calle y eché a correr hacia la parada del autobús
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SINOPSIS

En cierta ocasión, hace ya mucho tiempo, vi un fantasma. Sí, un espectro, una aparición, un espíritu; podemos llamarlo como queramos, el caso es que lo vi. Ocurrió el mismo año en que el hombre llegó a la Luna y, aunque hubo momentos en los que pasé miedo, esta historia no es una novela de terror. Todo comenzó con el misterio de un objeto muy valioso que estuvo perdido durante siete décadas: Las lágrimas de Shiva.