martes, 30 de septiembre de 2014

LOS PECADOS PROVINCIALES - Álvaro de la Iglesia

EL NIÑO RICO DE LA ARITMÉTICA

El profesor, abriendo el libro de aritmética, se puso a leer en voz alta. Un intenso murmullo de admiración recorrió el aula con rumor de ola tempestuosa:

Había surgido Pepito.

¿Quién era Pepito, tan admirado por aquel grupo de párvulos? ¿Quién era el poderoso pequeñuelo que hacía lanzar vivas atronadores a los niños modestos, mientras por el contrario levantaba ronchas de envidia entre los bancos de los niños pudientes?

Nosotros también conocimos a Pepito en nuestra infancia. Surgía en el libro de aritmética como personaje de todos los problemas.

Pepito es el protagonista de nuestros primeros balbuceos matemáticos. Es la «vedette» inevitable de los cálculos elementales. ¡Niño sublime de padres millonarios, que parte y reparte entre sus amistades todos sus bienes y los regalos que recibe!

El profesor leyó:

—«Pepito tiene catorce lápices de diversos colores, que quiere repartir entre cinco de sus compañeros. ¿Cuántos lápices corresponderán a cada amigo de Pepito?

»Pepito tiene veinte libros.

»Pepito acaba de recibir una partida de setenta y dos conejos.

»Pepito reparte entre los pobres ochenta palos de “golf”.

»Pepito distribuye noventa chocolatinas…»

A medida que avanzaba la lectura del profesor, se extendían en el aula las manifestaciones de entusiasmo. Los párvulos modestos abrían sus ojos como grandes platos soperos, asombrados de las riquezas que poseía Pepito.

—¡Ochenta palos de golf! —murmuraba un modesto, lanzando breves gritos guturales.

El profesor continuó:

—«El caballo de Pepito come diariamente cinco kilos de cebada. ¿Cuánta cebada comerá el caballo de Pepito en tres años?»

Un alarido entusiasta partió de los últimos bancos.

—¡Tiene también un caballo! ¡Un hermoso caballo que se hincha de cebada! Porque cinco kilos diarios no se los come ni la mula de mi tío.

Varios chicos pudientes sufrieron ataques de rabia, pero pronto reaccionaron y optaron por morder enfáticamente sus pulidas uñas. Los desconcertaba la abrumadora riqueza de aquel niño; y, sobre todo, la magnitud y variedad de los inopinados regalos que recibía. Unas veces eran grandes cestas de frutas y verduras que él, bondadosamente, repartía entre las familias menesterosas. Otras, gruesas barras de azucaradas golosinas, que se apresuraba a fraccionar en pedazos para sus amiguitos. Otras, docenas de cachorros perrunos de las mejores razas.

¿Qué fortuna, que no fuera la del padre de Pepito, hubiera podido resistir tan dispendiosos obsequios? Pepito había eclipsado la magnificencia de los alumnos ricos, que a diario llegaban al colegio ataviados con gruesos paños y largas bufandas de cálida lana; eclipsaba asimismo el esplendor de sus relojes de pulsera, y también el fasto de sus blusas, bordadas en finos tules y sedas orientales.

—Mira qué sombrero tengo con la copa de terciopelo y el barbuquejo de charol —decía, a lo mejor, el benjamín de un ricachón a su compañero de banco.

—Eso no es nada comparado con las enormes riquezas que posee Pepito —respondía el otro—. Pepito tendrá, por lo menos, dieciséis sombreros como el tuyo. Y los repartirá cualquier día entre cuatro huérfanos.

El niño del ricachón se mordía el labio inferior, considerándose pobre y desamparado.

Y entonces comenzó una sorda conspiración de los colegiales más influyentes contra Pepito. Con alquitrán y brochas, escribieron en las paredes del colegio toscos letreros que decían:

«¡Abajo Pepito!»

«¡Abajo el farsante!»

«¡Pepito no es tan bueno como aparece en los problemas!»

«¡Pepito no reparte sus riquezas entre sus amigos! ¡Es todo mentira!»

Pero los párvulos humildes, embobados ante la abundancia y generosidad que presidían la vida de aquel niño, seguían admirándole.

—¡Cochinos envidiosos! —insultaban a los detractores de su ídolo.

El profesor, ajeno al estruendo de la lucha entablada entre sus discípulos, seguía leyendo en la aritmética abierta sobre su pupitre:

«Pepito ha comprado quince gallinas, que ponen treinta huevos semanales».

«Pepito quiere repartir treinta calcetines usados, pero en buen estado todavía, entre los niños pobres. ¿Cuántos calcetines le faltarán, suponiendo que haya cuarenta niños pobres con dos pies cada uno, y dos cojitos con un solo pie?»

Boquiabiertos, los admiradores de Pepito atendían al reparto de calcetines con los tímpanos tensos como tambores. Y así, admirado por unos y odiado por otros, el niño de la aritmética continuó durante todo el curso distribuyendo sus riquezas.

SINOPSIS
 
Amplio lote de relatos breves: biografías absurdas de personajes imposibles, viajes morrocotudos, embusteros impasibles, entrevistas y crónicas inventadas, historia de los descubrimientos (el gua, la barba, la suma, la nieve…). Un donjuán de fin de siglo. Un pobre hombre enamorado… Ejercicio de estilo codornicesco, con algo de ternura y en algún caso –el donjuán por ejemplo-, verdadera exhibición de dominiode la pluma.