lunes, 22 de abril de 2013

EL CRIMEN DE LA HIPOTENUSA - Emili Teixidor

Cuando llegué a la escuela aquella mañana de mediados de diciembre tenía el corazón encogido, y no por culpa de los primeros fríos que habían llegado a la ciudad aquella noche. Todo el mundo había desenterrado los abrigos, las cazadoras y las bufandas del fondo de los armarios, y andaba de prisa, como empujado por el viento helado. Pero yo sabía que mis temblores no eran de frío, sino de miedo.

El miedo a enfrentarme con el jaleo que provocaría en el colegio el asesinato de la Hipotenusa. La Hipotenusa, con mayúscula de nombre propio.

Es decir, no de nombre propio. De apodo propio, o sea, de sobrenombre de persona. La Hipotenusa. La señorita Cinta Olius, alias la Hipotenusa,
profesora de matemáticas de nuestro curso. Asesinada aquella misma noche.

Los compañeros de cursos superiores la llamaban también la Cinta de Moebius, pero daba igual: ninguno de sus malos nombres la había salvado del sacrificio, suponiendo que todo hubiera salido como estaba previsto.

El jaleo, la alarma y el desconcierto que produciría la noticia, el notición, si corría la voz por el colegio, sólo serían comparables al estallido de su resurrección. Porque una mujer con un carácter tan fuerte como el de aquella profesora, que se jactaba de mantener a sus alumnos tiesos como reclutas y de no dejar que pasaran curso ni una parte infinitesimal de estudiantes que no hubieran sudado todos los números, incluso los números imaginarios, seguro que no se quedaría quieta y tranquila en su tumba para siempre jamás.

Es decir, no se encontraba todavía en la tumba.
Debía de hallarse en el lugar donde la habían dejado los asesinos, hasta que la policía o la autoridad correspondiente dispusiera lo que ordenan las leyes para esos casos.

¡Uf, menudo trabajo!

Me parecía veda, menuda y nerviosa como una ratita, un manojo de nervios, los ojos azul pálido, muy hermosos tras unas gafas enormes de estudiante aplicada que aumentaban su hermosura, unos ojos que iluminaban una cara pálida y avispada de ardilla sabia; la nariz respingona, la boca siempre con una mueca de disgusto, el cabello estirado hacia atrás y recogido en la nuca con un lacito del color de los ojos, dos hoyuelos en las mejillas, siempre vestida de gris, siempre con su enorme cartera de repartidor de correos repleta de libros y papeles, y los zapatos de tacón alto para ganar unos centímetros ... Y siempre con los nombres de Pitágoras, Arquímedes, Euclides, Cantor ... en la boca. ¡Y Tales de Mileto, claro! ¡Faltaría más! ¡Imposible olvidarse del insigne Tales de Mileto! ¡Pobre Hipotenusa inocente!

La mayor parte de los apodos de los profesores se transmiten de curso en curso desde la prehistoria del colegio. Eso, aquellos que lo tienen. No todos los profesores gozan de ese privilegio, ventaja o prerrogativa. [...]

SINOPSIS

La profesora de matemáticas, apodada la Hipotenusa, desaparece misteriosamente dejando manchas de sangre. En el colegio, el inspector Arveja emprende un largo interrogatorio de los alumnos a los que la Hipotenusa iba a suspender: Nico, María, Román y Boris son algunos de ellos... Todos son sospechosos pero sólo uno es culpable. Y el inspector Arveja ha decidido desenmascararlo.
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