miércoles, 3 de abril de 2013

LA VIDA DE PI - Yann Martel

Con mi nombre no se acaba la historia sobre mi nombre. Si te llamas Paco, nadie te pregunta «¿cómo se escribe?». Si te llamas Piscine Molitor Patel, eso ya es otro cantar.
Algunos creían que me llamaba P. Singh y que era sikh, y no entendían por qué no llevaba turbante.

Mientras estudiaba en la universidad, fui una vez a Montreal con unos amigos. Una noche me tocó pedir pizzas. La mera idea de tener que aguantar que otro francófono se mofara de mi nombre me abrumaba tanto que cuando el hombre al otro lado del teléfono me dijo: «¿Me dice su nombre?», yo le respondí: «Apunte lo que quiera». Media hora después llegaron dos pizzas a nombre de «Roque Piera».

Es cierto que en la vida conocemos a personas que pueden cambiarnos, a veces de forma tan profunda que nunca volvemos a ser los mismos, ni siquiera en nombre. Piensa en Simón, que se llama Pedro; en Mateo, alias Leví; en Natanael, también llamado Bartolomé; en Judas, no Iscariote, que se hizo llamar Tadeo; en Simeón que adoptó el nombre de Níger; en Saulo que se convirtió en Pablo.

Me encontré con mi soldado romano a los doce años, una mañana en el patio. Acababa de llegar a la escuela. Me vio y un ramalazo de inspiración maléfica iluminó su mente obtusa. Levantó el brazo, me señaló y gritó:

—¡Mirad! ¡Ya ha llegado Pissing Patel!

En cosa de un segundo, todo el mundo se echó a reír. Las risas se disiparon mientras fuimos desfilando hacia el aula. Entré el último, luciendo mi corona de espinas.

Que los niños sean crueles no es ninguna novedad. Las palabras me llegaban flotando desde el otro lado del patio, sin querer, gratuitas: «¿Has visto a Pissing? Yo también lo estoy». O: «¡Pissing! Ay, perdona. Te he visto tan arrimado a la pared que creí que eras él».

O algo por el estilo. Si lograba no estremecerme, seguía con lo que estaba haciendo, como si no me hubiera enterado. Aunque el sonido desaparecía, el dolor persistía, igual que el olor a meado, incluso horas después de haberse evaporado.

Los profesores también tenían sus lapsus. Era el calor. A medida que pasaban las horas, la clase de geografía, que por la mañana había sido compacta como un oasis, se nos hacía más interminable que el desierto Thar; la clase de historia, tan viva a primera hora del día, se volvía reseca y polvorienta; la clase de matemáticas, tan precisa al principio, se volvía confusa. Debido a la fatiga de la tarde, mientras se secaban la frente y la nuca con un pañuelo, sin intención ni de ofenderme ni de ganarse una risa, hasta los profesores se olvidaban de la promesa fresca y acuática de mi nombre y lo distorsionaban de forma vergonzosa. A través de unas modulaciones casi imperceptibles siempre me llegaba el desliz. Era como si sus lenguas se convirtieran en aurigas arrastrados por caballos salvajes. La primera sílaba les salía sin problemas, Pi, pero al final el calor acababa venciendo y perdían el control de sus corceles que echaban espuma por la boca y se veían incapaces de remontar la segunda sílaba, siin. Ah no, lo que hacían era zambullirse con tesón, pronunciando un perfecto sing, y en el momento siguiente, todo estaba perdido. Levantaba la mano para responder a una pregunta y la recibían con ese: «A ver, Pissing». Los profesores casi nunca se daban cuenta de lo que acababan de llamarme. Después de unos momentos, me miraban cansinamente, sin entender por qué no soltaba la respuesta de una vez. Y a veces mis compañeros, también abatidos por el calor, ni siquiera reaccionaban. Ni una risita, ni una mueca burlona. Pero la afrenta nunca se me escapaba.

Pasé el último curso en el colegio de San José con la misma sensación que Mahoma en La Meca, profeta perseguido, la paz sea con él. Pero igual que él planeó huir a Medina, la Hégira que marcaría el inicio de la era musulmana, yo también planifiqué mi propia huida y el inicio de una nueva era para mí.

Después de San José, fui al Petit Séminaire, la mejor escuela secundaria de habla inglesa en Pondicherry. Ravi llevaba algunos años allí, e igual que todos los hermanos pequeños, me tocó sufrir el intento de seguirle los pasos a un hermano mayor muy popular. Fue el atleta de su generación en el Petit Séminaire, un lanzador temido y un bateador poderoso, el capitán del mejor equipo de criquet de la ciudad, nuestro preciado Kapil Dev. El hecho de que yo supiera nadar no produjo grandes olas, ni mucho menos. Parece ser que la gente que vive al lado del mar no se fía de los nadadores, igual que la gente de montaña no se fía de los alpinistas. Pero mi plan no era vivir eclipsado por nadie, aunque hubiera preferido cualquier nombre antes que «Pissing», aunque fuera «el hermano de Ravi». Tenía una idea mucho más brillante.

La llevé a cabo desde el primer día, desde la primera clase. Estaba rodeado por otros alumnos de San José. La clase empezó como suelen empezar todas las clases nuevas, es decir, con los nombres. Los dijimos en voz alta desde los pupitres, según el orden en que nos habíamos sentado.

—Ganapathy Kumar—dijo Ganapathy Kumar.

—Vipin Nath—dijo Vipin Nath.

—Shamshool Hudha —dijo Shamshool Hudha.

—Peter Dharmaraj —dijo Peter Dharmaraj.

Cada nombre se ganó una cruz en la lista y una mirada breve y mnemotécnica del profesor. Yo tenía los nervios de punta.

—Ajith Giadson—dijo Ajith Giadson, a cuatro pupitres…

—Sampath Saroja—dijo Sampath Saroja, a tres…

—Stanley Kumar

—Stanley Kumar, a dos…

—Sylvester Naveen—dijo Sylvester Naveen, el chico que tenía justo delante.

Me tocaba a mí. Había llegado la hora de deshacerme de Satán. Medina, allá voy.

Me levanté del pupitre y me dirigí rápidamente a la pizarra. Antes de que el profesor pudiera abrir la boca, cogí un trozo de tiza y dije, mientras escribía: Me llamo Piscine Molitor Patel, conocido por todos como (subrayé las dos primeras letras de mi nombre de pila) Pi Patel. Por si acaso, agregué:

Pi = 3,1416. 

Luego dibujé un círculo enorme y lo partí con un diámetro, para evocar aquella lección básica de geometría.

Hubo un silencio sepulcral. El profesor tenía los ojos clavados en la pizarra. Yo me estaba aguantando la respiración. Entonces dijo: 

—Muy bien, Pi. Siéntate. La próxima vez procura pedir permiso antes de levantarte del pupitre.

—Sí, señor. Me puso una cruz al lado del nombre y miró al chico siguiente. 

—Mansoor Ahamad—dijo Mansoor Ahamad. Me había salvado. 

—Gautham Selvaraj—dijo Gautham Selvaraj. Podía respirar tranquilo. 

—Arun Annaji—dijo Arun Annaji. 

Borrón y cuenta nueva. Repetí el mismo espectáculo con todos los profesores. La repetición es un factor esencial, no sólo para adiestrar a los animales, sino también a los humanos. Entre un chico de nombre corriente y el siguiente, salía disparado a la pizarra y estampaba en ella (en más de una ocasión con un chirrido estrepitoso) los detalles de mi renacimiento. Mis compañeros no tardaron en corear conmigo, un crescendo que acababa en clímax, tras una inhalación brusca mientras subrayaba la nota pertinente, haciendo una interpretación tan conmovedora de mi nuevo nombre que hubiera hecho delicias de cualquier director de coro. Algunos de mis compañeros susurraban con urgencia: «¡Tres! ¡Coma! ¡Catorce! ¡Dieciséis!», mientras yo escribía a toda prisa. Al final partía el círculo con tanto ímpetu que salían volando trocitos de tiza.

Ese mismo día, cada vez que levanté la mano aprovechando cualquier excusa, los profesores me concedieron la palabra con una sola sílaba que me sonaba a música celestial. Los alumnos siguieron su ejemplo. Incluso los diablos de San José. Es más, mi nombre se puso de moda. Sin lugar a dudas, somos una nación de ingenieros que aspiran a ser reconocidos: poco después, un chico llamado Omprakash se apodó Omega, otro que se hizo llamar Épsilon, y hubo una temporada en que teníamos un Gamma, un Lambda y un Delta. Pero yo fui el primero y el más perdurable de los griegos en el Petit Seminaire. Hasta mi hermano, el capitán del equipo de criquet, ese dios regional, le dio su visto bueno. La semana siguiente me llevó a un lado.

—¿Es verdad lo que dicen por ahí de tu nuevo apodo?

Me quedé callado. Porque fueran cuales fuesen las burlas que me tocara aguantar, me iban a tocar igual. No había forma de sortearlas.

—No sabía que te gustara tanto el color amarillo.

¿El color amarillo? Miré a mi alrededor. Nadie debía oír lo que estaba a punto de decir, y sus lacayos menos que nadie.

—Ravi, ¿a qué te refieres?—susurré.

—A mí me da igual, hermanito. Llámate como quieras, con tal de que no sea «Pissing». «Piña Patel» tampoco está tan mal.

Se alejó lentamente, sonrió y me dijo:

—Tampoco hace falta que te pongas tan colorado.

Pero guardó silencio.

Y de este modo me guarecí en aquella letra griega que parece una choza con techo de chapa de cinc, en aquel número esquivo, irracional a partir del cual los científicos intentan comprender el universo.


SINOPSIS
Pi Pattel es un joven que vive en Pondicherry, India, donde su padre es el propietario y encargado del zoológico de la ciudad. A los dieciséis años, su familia decide emigrar a Canadá y procurarse una vida mejor con la venta de los animales. Tras complejos trámites, los Pattel inician una travesía que se verá truncada por la tragedia: una terrible tormenta hace naufragar el barco donde viajaban.

En el inmenso océano Pacífico, una solitaria barcaza de salvamento continúa flotando a la deriva con cinco tripulantes: Pi, una hiena, un orangután, una cebra herida y un enorme macho de tigre de Bengala.Con inteligencia, atrevimiento y, obviamente, miedo, Pi tendrá que echar mano del ingenio para mantenerse a salvo y defender su liderazgo frente al único que, previsiblemente, quedará vivo. Aprovechando su conocimiento casi enciclopédico de la fauna qua habitaba el zoológico, el joven intentará domar a la fiera, demostrar quién es el macho dominante y sobrevivir con este extraordinario compañero de viaje.
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