viernes, 12 de abril de 2013

LOS PILARES DE LA TIERRA - Ken Follet

Jack vivía en Toledo con un pequeño grupo de clérigos ingleses. Formaban parte de una comunidad internacional de eruditos en la que se encontraban judíos, musulmanes y mudéjares. Los ingleses se ocupaban de traducir obras de matemáticas del árabe al latín, para que así pudieran leerlas los cristianos. Entre ellos existía un ambiente de excitación febril a medida que descubrían y exploraban el acervo atesorado por la sabiduría árabe. De manera fortuita habían admitido a Jack en calidad de estudiante. Daban acogida en su círculo a todo aquel que comprendiera lo que estaban haciendo y compartiera su entusiasmo. 

Eran semejantes a campesinos que hubieran estado labrando durante años para obtener una cosecha de una tierra pobre y, de repente, se encontraran en un fecundo valle de aluvión. Jack había abandonado la construcción para estudiar matemáticas. Hasta ese momento no necesitó trabajar por dinero. Los clérigos le facilitaban cama y toda la comida que quisiera, e incluso le hubieran dado indumentaria y sandalias nuevas si las precisara. Raschid era uno de sus mecenas. En su calidad de mercader internacional, dominaba varias lenguas y era en extremo cosmopolita en sus actitudes. En su casa hablaba el castellano, la lengua de la España cristiana, en lugar del mozárabe. Su familia también hablaba francés, la lengua de los normandos, que eran mercaderes importantes. A pesar de ser un comerciante, tenía un poderoso intelecto y una curiosidad abierta a todos los campos. Se deleitaba hablando con los eruditos acerca de sus teorías. Había simpatizado de inmediato con Jack, quien cenaba en su casa varias veces por semana.

- ¿Qué nos han enseñado esta semana los filósofos? -le preguntó Raschid tan pronto como empezaron a comer.

He estado leyendo a Euclides.

Los Elementos de Geometría de Euclides era uno de los primeros libros traducidos.

- Euclides es un extraño nombre para un árabe -apuntó Ismail, hermano de Raschid.

- Era griego -le explicó Jack-. Vivió antes del nacimiento de Cristo.

- Los romanos perdieron su trabajo, pero los egipcios lo conservaron, de manera que ha llegado hasta nosotros en árabe.

- ¡Y ahora los ingleses lo están traduciendo al latín! -exclamó Raschid-. Resulta divertido.

- ¿Pero qué has aprendido? -le preguntó Josef, el prometido de Raya.

Jack vaciló un instante. Resultaba dificil de explicar. Intentó exponerlo de una manera práctica.

- Mi padrastro, el arquitecto, me enseñó cómo realizar ciertas operaciones geométricas. Cómo dividir una línea en dos partes iguales, cómo trazar un ángulo recto y cómo dibujar un cuadrado dentro de otro, de manera que el más pequeño tenga la mitad del área del mayor.

- ¿Cuál es el objetivo de tales habilidades? -le interrumpió Josef.

Había una nota de desdén en su voz. Consideraba a Jack como un advenedizo y sentía envidia de la atención que Raschid le prestaba.

- Esas operaciones son esenciales para proyectar construcciones -contestó Jack en tono amable, simulando no haberse dado cuenta del tono de Josef-. Echad un vistazo a este patio. El área de las arcadas cubiertas todo alrededor de los bordes es exactamente igual al área abierta en el centro. La mayoría de los patios pequeños están construidos de igual manera, incluidos los claustros de los monasterios. Ello se debe a que esas proporciones son las más armónicas. Si el centro fuera mayor, parecería una plaza de mercado y, de ser más pequeño, daría la impresión de un agujero en el tejado. Pero, para obtener la impresión adecuada, el constructor ha de ser capaz de concebir la zona abierta en el centro de tal manera que sea exactamente la mitad de todo el conjunto.

- ¡Nunca pensé en ello! -exclamó Raschid en tono triunfal.

Nada le gustaba más que aprender algo nuevo.

- Euclides explica por qué dan resultado esas técnicas -siguió diciendo Jack-. Por ejemplo, las dos partes de la línea dividida son iguales porque forman los lados correspondientes de triángulos congruentes.

- ¿Congruentes? - inquirió Raschid.

- Quiere decir exactamente iguales

- Ah..., comprendo.

Sin embargo, Jack pudo darse cuenta de que nadie más lo entendía.

- Pero tú podías realizar todas esas operaciones antes de leer a Euclides, de manera que no veo que hayas aprendido algo nuevo -alegó Josef.

- Un hombre siempre se perfecciona al lograr comprender algo -protestó Raschid.

- Además, ahora que ya entiendo algunos principios de la geometría puede que sea capaz de concebir soluciones a nuevos problemas que desconcertaban a mi padrastro -manifestó Jack.

Se sentía más bien defraudado por aquella conversación. Euclides había llegado a él como el cegador destello de una revelación, pero estaba fracasando al tratar de comunicar la emocionante importancia de aquellos nuevos descubrimientos. Asi que, en cierto modo, cambió de táctica.

- Lo más interesante de Euclides es el método -dijo-. Toma cinco axiomas, verdades tan evidentes que no necesitan explicación, y todo lo demás lo deduce de ellas recurriendo a la lógica.

- Dame un ejemplo de axioma -pidió Raschid.

- Una línea recta puede prolongarse de manera indefinida.

No, no puede -intervino Aysha, que estaba dando vuelta a la mesa con un cuenco de higos.

Los invitados sintieron cierto sobresalto al oír que una joven intervenía en la conversación, pero Raschid se echó a reír indulgente. Aysha era su favorita.

- ¿Y por qué no? -le preguntó.

- En un momento dado ha de terminar -respondió ella.

- Pero en tu imaginación puede prolongarse indefinidamente -alegó Jack.

- En mi imaginación, el agua puede correr hacia arriba y los perros hablar latín -respondió con desenfado.

Su madre, que entraba en aquel momento en la habitación, oyó aquella réplica.


- ¡Aysha! -exclamó con dureza-. ¡Afuera!

Todos los hombres rieron. Aysha hizo una mueca y salió.

- Quienquiera que se case con ella se las va a ver y desear -comentó el padre de Josef.

Todos rieron de nuevo y también Jack. Después, se dió cuenta de que cuantos se hallaban presentes lo miraban como si la chanza estuviera dirigida a él.


SINOPSIS

El gran maestro de la narrativa de acción y suspense nos transporta a la Edad Media, a un fascinante mundo de reyes, damas, caballeros, pugnas feudales, castillos y ciudades amuralladas. El amor y la muerte se entrecruzan vibrantemente en este magistral tapiz cuyo centro es la construcción de una catedral gótica. La historia se inicia con el ahorcamiento público de un inocente y finaliza con la humillación de un rey. Los pilares de la Tierra es la obra maestra de Ken Follett y constituye una excepcional evocación de una época de violentas pasiones.
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