viernes, 5 de abril de 2013

LOS MIL Y UN DÍA DE SHEREZADE - Antonio Altarriba

Aunque la curiosidad intelectual proporcionaba impagables satisfacciones, la dulzura de la vida bagdadí provenía de esa encantadora decadencia que permitía ponerlo todo en cuestión, que nada fuera totalmente pecado ni totalmente virtud, verdad y mentira a un tiempo, fantasía, y con apenas desearlo, realidad. Y este ambiente, más que de tolerancia, de convivencia de contrarios, de confrontaciones a menudo paradójicas, propiciaba lo que los habitantes más cultivados de la ciudad denominaban "disciplinas mixtas".

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También existían combinaciones, si no más entretenidas, sí más prácticas, como la que relacionaba la cocina con las matemáticas. Bastaba identificar cada ingrediente con una cifra y cada forma de cocinar con una operación. Así el guiso era la suma, el asado la resta, el adobo la multiplicación... Cada fórmula matemática se correspondía con un plato y, aunque a menudo los resultados dejaran mucho que desear, a veces se hacían maravillosos descubrimientos, como la esquisitez gastronómica preparada a partir de la ecuación con la que los árabes calculaban la hipotenusa del triángulo.